Por Kurth Mendoza Gutiérrez
Han pasado más de 1.280 días desde que Robert Prevost Martínez dejó el Perú. Hoy, que aguardamos su regreso, es importante hacer una comparación entre el país que dejó el hoy Papa León XIV antes de abordar un avión que lo llevaría a Roma para asumir uno de los más altos cargos a los que puede acceder un Obispo, Prefecto del Dicasterio para los Obispos de la Santa Sede (lugar desde donde se encargaría de seleccionar y recomendar a los candidatos para Obispos de todo el mundo), y la realidad de nuestros días.
Desde aquella misa de despedida en su querida Diócesis de Chiclayo, en abril de 2023, el país que monseñor Prevost dejó atrás ha cambiado poco en lo esencial y ha empeorado en lo más urgente. La pobreza, aunque retrocedió del 29% en 2023 al 25,7% en 2025 según el INEI, todavía alcanza a uno de cada cuatro peruanos, sigue por encima de los niveles previos a la pandemia y mantiene a más de un millón y medio de compatriotas en pobreza extrema.
En la niñez, el estancamiento es todavía más elocuente: la anemia en menores de 6 a 35 meses sigue en torno al 43%, prácticamente igual que hace tres años, y la desnutrición crónica en menores de cinco años subió de 11,5% a 12,1%, de acuerdo con la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (ENDES) del INEI.
Pero es en la seguridad ciudadana donde el deterioro resulta innegable: la tasa de homicidios pasó de 9,3 a 10,7 por cada 100 mil habitantes entre 2023 y 2025, según cifras presentadas por el INEI y validadas con la Policía y el Ministerio Público; el Sistema Informático Nacional de Defunciones (Sinadef) registró 2.218 homicidios en 2025 frente a 1.511 en 2023, y las denuncias por extorsión superaron las 26 mil en un solo año. El Perú de 2026 es un país con menos pobres que en 2023, pero con más miedo.
Por todas estas razones es que hoy resulta impostergable que, más allá de la emoción que sentimos los peruanos por el regreso de nuestro pastor convertido en el Vicario de Cristo en la tierra, Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, hagamos un esfuerzo ciudadano por comunicar más sobre la cruda realidad de nuestro país, a fin de que el Papa León XIV pueda acompañar “las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren (GAUDIUM ET SPES)” con un mensaje de esperanza porque él nos conoce, ha caminado entre nosotros, ha visto el rostro de los más afligidos.
En ese sentido, me gustaría mirar cómo los pastores, por ejemplo, de Argentina, el segundo destino de la gira Apostólica de León XIV, luego de pasar primero por Uruguay, han hecho un esfuerzo por transparentar la realidad de sus pueblos. La semana pasada el Arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Jorge García Cuerva, sostuvo que “El Papa se va a encontrar con una Argentina herida, una Argentina dividida. Duele un porcentaje muy grande de hermanos que la están pasando mal, de hermanos muy pobres desde hace muchos años. (…) Las heridas de la descalificación, de la intolerancia, de la violencia física y verbal supuran y parece que están infectando el corazón del pueblo”.
Estas palabras encajan perfecto con lo que sucede hoy en el Perú, y pueden ser también un llamado de atención para no enfrascarnos en insultos y peleas absurdas, como la ocurrida en el Congreso el fin de semana, dejar de agredirnos entre nosotros y ponernos de acuerdo en lo mínimo para poder avanzar. No se trata hoy solo del crecimiento económico, sino de abordar problemas sencillos de la gente de a pie: una salud mínimamente aceptable y una educación que no tolere la violencia de ningún tipo.
Al cierre de esta columna, el Santo Padre informó al culminar el rezo del Ángelus desde la Plaza de San Pedro en Roma, con absoluta entereza y transparencia, que será operado debido a un nódulo pulmonar. Estamos seguros de que saldrá fortalecido de la cirugía con la ayuda de la oración de los millones de peruanos que esperan pronto verlo de regreso en su nación.
Kurth Mendoza Gutiérrez, magíster en Ciencia Política y Gobierno, y experto en temas de la Iglesia Católica.
X: @kurthmgPeriodista


