Hacernos cargo de los problemas ajenos es difícil, más aún cuando millones luchan por sobrevivir. El Perú enfrenta tres desafíos ante desigualdades persistentes: reducir la pobreza monetaria y multidimensional, disminuir la vulnerabilidad económica y garantizar condiciones básicas de bienestar. ¿Cuánto nos interpelan? Según la Encuesta Nacional de Percepción de Desigualdades 2026, solo el 38 % considera inaceptable la desigualdad: una señal de su posible normalización.
Las cifras revelan que el 30,5 % de la población sufre inseguridad alimentaria moderada o severa; hay 2,3 millones de pobres más que antes de la pandemia; siete de cada diez jóvenes en Lima trabajan informalmente; 14,8 millones de peruanos carecen de acceso suficiente al agua, y el Perú ocupa el puesto 94 de 145 países en materia de brechas de género, que limitan la autonomía de las mujeres y se agravan por la insensibilidad institucional pública.
Sin embargo, la responsabilidad no recae solo en el Estado. La inclusión del otro, expresión de J. Habermas, nos invita a reconocer a quienes viven realidades distintas a las nuestras. ¿Qué hacemos, individual y colectivamente, para derribar barreras de inequidad? ¿Dejamos que prevalezcan el individualismo y la indiferencia? Los cambios sociales no son lineales; exigen políticas públicas y compromiso ciudadano.
Para ello, es fundamental promover la igualdad sustantiva: reglas idénticas pueden perpetuar desigualdades cuando las condiciones de partida difieren. No basta con reconocer formalmente los derechos. No se trata de concesiones ni privilegios, sino de dignidad, libertad y derechos efectivos para construir una nueva nación: El tipo de libertad que se ansía exige igualdad y eso solo es posible entre iguales (H. Arendt).
Hoy teje Nancy Goyburo Reeves, ingeniera, especialista en políticas de inclusión financiera y desarrollo.


