Mucho antes de que el fast food se volviera cotidiano con la llegada de KFC a Miraflores en 1981 —y solo años después de que la Coca-Cola irrumpiera en el país en 1936—, el 31 de octubre comenzó a disputarle el terreno al feriado religioso del 1 de noviembre. Sin embargo, el fenómeno no nació en las calles de Lima, sino al norte del Perú, en los enclaves petroleros de Talara y Piura.
Allí, bajo la administración de la International Petroleum Company (IPC) —subsidiaria de la Standard Oil que operó los yacimientos de La Brea y Pariñas hasta su expropiación en 1968 por el general Juan Velasco Alvarado—, los estadounidenses comenzaron a importar sus propias tradiciones.
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, los estantes nacionales empezaron a recibir esqueletos de plástico, fantasmas de nailon y figuras de brujas, transformando una costumbre extranjera en la semilla de lo que hoy conocemos como Halloween en el Perú.
HALLOWEEN: LOS INICIOS DE LOS AÑOS 30 Y 40
Con el paso de los años 40, la fiebre de Halloween rompió las fronteras de los campamentos petroleros y se instaló con fuerza en colegios y centros culturales peruano-norteamericanos, consolidando su avance en Lima y otras ciudades.
Aunque el diario El Comercio ya había mencionado la palabra “Halloween” en febrero de 1921 a través de relatos sobre Chicago, y en enero de 1934 el Teatro Princesa (jirón Lampa, Centro de Lima) proyectaba el cortometraje sonoro “Noche de Brujas”, fue en la década de 1940 cuando la celebración despegó con cierto sentido de masas.
Un hito de esta expansión, que tuvo un carácter solidario al inicio, ocurrió el 30 de octubre de 1945, cuando la Sociedad Juvenil de la Commonwealth Británica anunció una fiesta con causa benéfica en Miraflores para ayudar a los niños afectados por la recién concluida Segunda Guerra Mundial.
Por cinco dólares, los asistentes disfrutaron de una velada de disfraces, bailes y sorpresas en la calle miraflorina de José Gálvez, fusionando el entretenimiento extranjero con un noble propósito humanitario.
EL HALLOWEEN ANGLOSAJÓN DE LOS AÑOS 50
A comienzos de los años 50, la IPC mantuvo viva la tradición en el norte: el Club de Negritos de Talara y las oficinas del Callao —reflejadas en la revista institucional TIP— convirtieron la Noche de Brujas en un clásico encuentro social comparado entonces con los alegres carnavales limeños de febrero.
La fiebre pronto se instaló en las aulas y hogares de la capital. Coincidiendo con la apertura de la clásica fuente de soda Tip Top en Lince (1953), colegios tradicionales como el Mater Puríssima de San Isidro y el Villa María comenzaron a organizar coloridas fiestas de disfraces cada 30 o 31 de octubre.
A ellos se sumó el Colegio Peruano-Norteamericano de Miraflores, dirigido por la doctora Esther Katz de Dávila, donde en noviembre de 1956 destacaron los hermanos Barandiarán disfrazados de toreros y la coronación de la pequeña reina Delia Granda.
El entusiasmo alcanzó su punto máximo en las residencias de la colonia estadounidense en Miraflores y San Isidro. El fenómeno fue inmortalizado con agudeza el 31 de octubre de 1957 por el periodista Pablo de Madalengoitia en su columna de El Comercio, donde comparaba el jolgorio norteamericano —exento de agua, pero generoso en whisky y calabazas iluminadas— con una fiesta única donde incluso se esperaba la presencia de la flamante Miss Universo, Gladys Zender.
“Si esta noche usted se encuentra por Miraflores o San Isidro -o tal vez en la misma ciudad- con un personaje vestido de vaquero, pirata, bailarina de can-can o marquesa, no crea que es Ud. víctima de alucinaciones o que el cocktail que le acaba de invitar un amigo le está produciendo insospechados efectos. Tampoco crea que el personaje que usted encuentra es un loco escapado del asilo. No, amigo. Hoy los norteamericanos celebran el día de Halloween que es el equivalente de nuestros carnavales. Pero para ellos se llama “Noche de Brujas” y las calabazas vacías son recortadas en formas terroríficas y previa colocación de una vela en su interior se cuelgan en las ventanas de las casas donde se efectúan bailes de fantasía”.
“Es un carnaval sin agua, pero con whisky y el norteamericano bonachón y sano se divierte en una sola noche todo lo que nosotros nos divertimos en tres días de baldazos, corso y baile con dominó (…) Se rumorea que Gladys Zender concurrirá a la fiesta y su presencia pondrá un toque de belleza latina entre tanta atractiva y hermosa yanqui”, decía el buen Pablo de Madalengoitia.
La presencia de la radiante Gladys Zender —la única peruana en ser coronada Miss Universo, título que ostentaba tras su triunfo en julio de 1957— se convirtió en el principal reclamo para realzar estas exclusivas reuniones.
Lejos de ser eventos ostentosos sin propósito, la mayoría de estas veladas de Halloween tenían un marcado carácter benéfico: los asistentes pagaban su entrada en efectivo y sin fines de lucro, destinando lo recaudado a obras de ayuda social para las comunidades más necesitadas de Lima.
LA CRIOLLIZACIÓN DEL HALLOWEEN A FINES DE LOS 50
Aquella curiosa “gringada” conocida como Halloween traía consigo la tradición de vaciar zapallos o calabazas, esculpiéndoles un rostro terrorífico iluminado por una vela en su interior para espantar a los malos espíritus a partir de las 7 de la noche del 31 de octubre.
Los cronistas de la época conocían al dedillo estas costumbres de la colonia norteamericana instalada en una Lima bautizada entonces como el “Monstruo del millón de cabezas”. A diferencia de hoy, el ritual de los años 50 seguía al pie de la letra la usanza estadounidense: los niños disfrazados recorrían vecindarios exclusivos como Chacarilla, Santa Cruz y San Isidro pidiendo el clásico “Trick or Treat”.
Si los vecinos no ofrecían dulces, sufrían las bromas pesadas de los pequeños, quienes les garabateaban las lunas de las casas con jabón. Así, entre grupos alborotados en puro divertimento, una fiesta típicamente extranjera comenzaba a volverse, sin proponérselo, parte de nuestras propias costumbres.
Aunque originaria de Inglaterra y Estados Unidos, a mediados del siglo XX la festividad distaba mucho de ser el fenómeno global que es hoy. En el Perú del presidente Manuel Prado Ugarteche (1956-1962), un aliado clave del gigante del norte, Halloween cobró impulso y se socializó principalmente en las esferas altas y media-altas de la sociedad —en contraste con su carácter actual, mucho más popular y democrático—.
Su masificación fue un proceso gradual. No fue sino hasta 1958 cuando se consolidó la presencia de las brujas cada 31 de octubre en Lima, impulsada por un crecimiento comercial que hizo indispensable la oferta de disfraces.
Días antes de aquella celebración de 1958 –y esto aumentó en los siguientes años—, los avisos económicos de este diario ya promocionaban “lindos vestidos con sombreros, auténticos texanos, para niños de doce y trece años” en un punto de venta clave: la avenida Petit Thouars 1983, en el distrito mesocrático de Lince.
Por entonces, la celebración no se limitaba estrictamente al 31 de octubre; las reuniones y fiestas de Halloween se extendían durante cualquier viernes o sábado del mes siguiente, convirtiendo a noviembre en una prolongación natural de la diversión de las brujas y sus comparsas.
Así surgió y se consolidó Halloween en la tierra del anticucho y la chicha morada durante el siglo XX. Y seguirá presente, sin duda, en este inescrutable siglo XXI.


