El desierto de nosotros mismos: la lucidez crítica de Éric Sadin
El 30 de noviembre de 2022 marca un punto de inflexión insoslayable para la historia intelectual de nuestro tiempo. La irrupción masiva de los primeros agentes conversacionales alteró de modo sustantivo el ecosistema cultural, pedagógico y productivo de las sociedades contemporáneas. Cuatro años después, la publicación de El desierto de nosotros mismos: el giro intelectual y creativo de la inteligencia artificial (Sadin, 2026) ofrece un marco teórico indispensable para calibrar la hondura civilizatoria de esta mutación.
RPP••Actualizado: 23 oct. 2026, 4:00 p. m.
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Para ponderar la gravedad del diagnóstico es preciso situar el itinerario de Éric Sadin (París, 1973). A lo largo de dos décadas, el filósofo francés ha articulado una rigurosa genealogía de la razón computacional. Desde Vigilancia global (2009) y La sociedad de la anticipación (2011), anticipó con precisión la conversión de los datos individuales en mapas dinámicos de control y prospección de conductas. Más adelante, en La humanidad aumentada (2013; ed. esp. 2017) y La silicolonización del mundo (2016), examinó la emergencia de una cognición artificial facultada para orientar la decisión humana y mercantilizar la cotidianidad. Con La inteligencia artificial o el desafío del siglo (2018), Sadin evidenció cómo el cálculo informático abandonaba la mera función instrumental de archivo para erigirse en potencia aletéhica, capaz de enunciar una verdad incuestionable. Heredero de la tradición humanista de Jacques Ellul, Günther Anders y Hannah Arendt, su pensamiento se distancia tanto del entusiasmo corporativo como de los comités consultivos que convalidan a posteriori los dictados del mercado. En El desierto de nosotros mismos, Sadin propone una sugerente alegoría: la de una comunidad de ruiseñores que, acostumbrada durante generaciones al aprendizaje disciplinado y paciente del canto para afirmar su singularidad, acoge con júbilo unos artilugios mecánicos que producen melodías sin requerir esfuerzo vocal alguno. Sedadas por la aparente gratuidad del dispositivo, las aves abandonan su práctica y se repliegan en la inercia del nido. La fábula ilustra con crudeza la docilidad con la que vastos sectores han festejado la automatización de la escritura y el pensamiento. Esta cesión voluntaria reposa sobre dos pilares históricos: el utilitarismo clásico de Bentham y Mill —que consagró la optimización del provecho y la economía de esfuerzos como fines supremos— y la desposesión del obrero fabril frente al ritmo de la máquina durante la Revolución Industrial. La novedad actual radica en que la transferencia no atañe ya al músculo o a la destreza física, sino a las facultades simbólicas, reflexivas e imaginativas del ser humano. A esta producción algorítmica Sadin la denomina tanatologos: un antilenguaje desvitalizado surgido en el seno del capitalismo lingüístico. Mientras la palabra humana brota del titubeo interior, de la fricción con la materia y de la experiencia encarnada en un contexto cívico e histórico, los modelos probabilísticos operan recombinando colecciones digitalizadas de enunciados pretéritos. La repercusión práctica es constatable en las aulas y en el debate público: el reemplazo del esfuerzo de articulación conceptual por diagnósticos predeterminados, la delegación de discursos en el ámbito político y la sumisión de la deliberación íntima a la tutela de consultores digitales. El segundo eje medular del libro examina la fractura del homo faber y la instauración de un capitalismo asomático. Al suprimir el contacto sensible con la materia, la cultura visual y textual contemporánea engendra quimeras sintácticas que estimulan un encierro narcisista. La economía de posguerra operó bajo la premisa de la destrucción creativa schumpeteriana: cuando la mecanización desplazó a los trabajadores de las fábricas, estos fueron absorbidos por el sector terciario, un ámbito que exigía discernimiento, interpretación y juicio. Los sistemas generativos contemporáneos erosionan este estrato laboral sin que se vislumbre una esfera ulterior capaz de acoger a las comunidades desplazadas —desde traductores y diseñadores hasta docentes y analistas—, al tiempo que precarizan la mano de obra invisible que limpia y etiqueta datos en el sur global. Frente a la consolidación de esta «anhumanidad», donde la figura humana corre el riesgo de borrarse como un rostro de arena al borde del mar, las respuestas de la institucionalidad estatal resultan insuficientes. Los mismos gobiernos que debaten restricciones al uso de pantallas destinan cuantiosos subsidios para sostener a los consorcios de cálculo algorítmico, asumiendo una falsa inevitabilidad técnica. Del mismo modo, la eventual compensación social a través de un ingreso básico universal se perfila, bajo la mirada del autor, como la administración de una ociosidad asistida que confina a los sujetos fuera de la participación comunitaria y del goce de la obra útil. Descartada la ingenuidad de esperar una autolimitación del modelo corporativo, Sadin recupera la lección ética del movimiento Arts and Crafts de William Morris: reivindicar el oficio, el cuidado paciente de la obra y el valor irreemplazable de la mano y de la conciencia. La preservación de nuestra dignidad común no depende de perfeccionar la métrica de los algoritmos, sino del ejercicio soberano y cotidiano de la negativa. Jueces, médicos, profesores y ciudadanos están llamados a defender la primacía irreductible del juicio crítico y de la deliberación libre frente a cualquier pretensión de tutela técnica sobre el destino humano.
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