Una de las primeras cartas que puso el fujimorismo en el tablero político, al inicio de su mandato, fue pedir al nuevo Congreso la delegación de facultades para legislar.
Algunos críticos consideraron una torpeza haberlo pedido sin haber previamente coordinado con otras fuerzas políticas el apoyo en el Congreso; sin embargo, el objetivo era otro y jugaba mucho con la oportunidad para hacerlo. El pedido tenía que presentarse —necesariamente— en ese momento, para activar la nueva dinámica de la bicameralidad.
Era previsible que el Ejecutivo, antes de entregarse al juego político, tenía que verificar el funcionamiento y los alcances de su nueva creación: la bicameralidad. Por tanto, buscó, como primer acto, verificar cómo iba a funcionar este modelo para afirmar y dejar así establecido su poder en el Congreso.
El pedido de delegación de facultades ha generado cuestionamientos sobre el rol y los límites que le correspondió asumir a la Cámara de Senadores ante la propuesta legislativa de Diputados, pero ¿cuál ha sido el real objetivo del Ejecutivo con el pedido de facultades? Los ubicaría en escenarios como tener una justificación para que, cuando se cuestione la ineficiencia de la gestión gubernamental, se traslade la responsabilidad a los grupos políticos de oposición en el Congreso por no haber entregado —oportunamente— facultades para legislar. Se recurre al fetichismo legal, como si la realidad se agotara en la existencia de la ley. Digo ello porque las materias sobre las que se logró consenso en la Cámara de Diputados están vinculadas con la situación de emergencia climática y de alta criminalidad, que requieren ser abordadas, fundamentalmente, mediante la administración de recursos humanos y materiales para lograr una gestión eficiente.
¿Tirarse a la piscina sin tener las reglas claras?
El otro objetivo buscó vaciar de poder a la Cámara de Diputados y convertirla en una cámara «cascarón». Si tomamos como referencia una contienda deportiva, diremos que, a través del pedido de delegación de facultades, se buscó deliberadamente iniciar el partido y lograr que Diputados trasladara su propuesta legislativa a la Cámara de Senadores. Eso era lo que estaban esperando para sellar la debacle de la bicameralidad, y lo lograron, pues, a partir de ese momento, el Reglamento de Senadores se convirtió en «plastilina» en la Comisión de Constitución y luego en el Pleno. Al final, ha quedado establecido que la propuesta legislativa que envía Diputados al Senado puede ser modificada sin necesidad de requerir debate previo sobre esas modificaciones que se incorporan. Basta tener el número de votos en el Senado para aprobar el nuevo texto creado por ellos mismos, a su medida; y, como de votos se trata, el grupo político opositor Obras, liderado por Ricardo Belmont, entregó sus votos a favor del nuevo texto legal creado por el fujimorismo.
La delegación de facultades fue un pretexto
Adelantarse a conocer el escenario y al rival es una estrategia militar que se usa antes que recurrir a convencer, persuadir o negociar. En el juego de ajedrez, son jugadas de tanteo para ver reacciones y debilidades, algo similar a «provocar para ver qué hace». Bajo esa lógica, se podría decir que se envió el pedido de facultades como un globo de ensayo para saber cómo se comportarían los opositores políticos, con quiénes sí se puede negociar, quiénes son los radicales y los menos radicales y, ante la posibilidad de una negociación, conocer qué tan ingenuos son o se hacen los ingenuos.
Es conocido recurrir a la táctica de explorar al adversario para tener una ventaja, sin vaciar el marco democrático; pero, cuando se quiere no solo ganar una discusión, sino el juego para que los otros ya no puedan jugar en las mismas condiciones, esto ya es reprochable, pues se debilitan la confianza, la fiscalización y el reparto de poder en el ejercicio democrático.
En este caso, hemos visto en estas semanas cómo se han utilizado reglas, discursos o procedimientos solo como pantalla, mientras que, en el fondo, lo que se estaba buscando era no aceptar contrapesos, debilitar controles o concentrar poder. La clave para detectarlo debió ser observar —desde Diputados— si las acciones fortalecían la competencia democrática o más bien la neutralizaban, más aún si no tenían las reglas claras desde el Senado. Si la debilitan, no es solo astucia, es un riesgo para el sistema mismo.
En el ajedrez, cuando el jugador no se da cuenta de la jugada o asume que es una jugada neutra, eso se puede llamar un error de evaluación: no ver el trasfondo de la amenaza. En política, podríamos presentar el pedido de delegación de facultades como una maniobra de tanteo con intención oculta: un grupo lanza una idea o pregunta que parece inofensiva, como pedir delegación de facultades, pero lo que quiere es que el otro muestre sus cartas y conocer mejor sus debilidades. Si logra ello, es porque tal vez hubo falta de cálculo, de estrategia o subestimaron al adversario; pero, si se usan reglas democráticas como fachada para debilitar al otro, ya no es simple astucia, es una maniobra de engaño que erosiona la democracia misma, porque cambia las reglas del juego mientras los otros creen que están compitiendo limpiamente.
Frente a este poder, hay un contrapoder que ya no se podrá expresar a través de las instituciones. Las movilizaciones y los reclamos sociales serán una respuesta a ello y, por eso, para hacer frente a ese futuro escenario de manera previsora, se ha buscado otorgar mayor poder militar y policial para que, cuando tengan que intervenir y reprimir los reclamos, se les garantice su impunidad. Se invoca la lucha contra la criminalidad como una justificación, pues, en el fondo, poco o casi nada se viene haciendo al respecto.
No tirar el tablero
En el juego político, perder una partida no significa perder el derecho a jugar. Los grupos políticos opositores no deben abandonar la cancha; su tarea es recuperar las condiciones. De lo contrario, el partido de gobierno se quedará no solo con la victoria, sino con el poder de decidir quién juega la próxima vez. Y nosotros, los ciudadanos, debemos ser vigilantes y no perder la memoria de quienes en el Congreso traicionan nuestro voto.


