Pedirle a México que compre más gas estadounidense parece pedirle poco, porque ya le compra casi todo el gas que importa. El Financial Times contó que Donald Trump habló con Claudia Sheinbaum sobre la posibilidad de que México aumente sus compras. La presidenta admitió que el tema se ha tocado, aunque niega que sea una condición para cerrar el T-MEC (acuerdo comercial internacional que regula el comercio libre entre los tres países de América del Norte). Washington no necesita abrir un mercado que ya tiene; le interesa profundizar una dependencia existente y convertirla en influencia económica y estratégica sobre su vecino.
México importa alrededor de tres cuartas partes del gas natural que consume y casi todo sale de Texas, sobre todo de la Cuenca Pérmica. Los ductos que cruzan la frontera mantienen en marcha gran parte de la industria y las centrales eléctricas del país. Plan B no hay: México apenas tiene almacenamiento y su producción no alcanza para sustituir ese flujo. Cuando una helada paralizó Texas en el 2021, millones de usuarios del norte del país se quedaron sin luz. En estos asuntos, la infraestructura decide más que el discurso.
Así que cuando Washington pide comprar más gas, está reforzando un suministro casi monopólico. Para Trump la cuenta es simple: mayores réditos para sus productores y una economía vecina más atada a la suya. Está además el desequilibrio comercial, un tema que Trump saca casi siempre a relucir. Comprar más gas es una forma rápida de disminuir el superávit mexicano.
Del lado mexicano, el problema es otro. La industria necesita gas suficiente y a buen precio, pero Sheinbaum ha hecho de la soberanía energética una bandera, bastante demagógica por cierto. Las dos cosas no caben fácilmente en la misma frase y Washington lo sabe: tiene una ventaja comercial que puede cobrar en otros terrenos, con el T-MEC sin cerrar y los aranceles siempre al fondo. México necesita asegurar el abasto y proteger sus exportaciones sin perjudicar la inversión y el empleo local.
Aun así, México no llega con las manos vacías. Los productores de Texas tienen gas de sobra y un problema para sacarlo hacia Asia por el Canal de Panamá o rodeando África. La costa mexicana del Pacífico es el atajo: el gas llega por ducto, se licúa en Baja California o Sonora y sale en barco directo a Asia. Para que la industria tejana siga creciendo, Trump necesita que Sheinbaum dé luz verde a los proyectos pendientes y esa es precisamente la carta de los mexicanos: acceso al Pacífico a cambio de estabilidad arancelaria. Un balance geopolítico bastante relevante.
Después está China, que aparece al fondo de casi cualquier negociación. Un México más metido en el engranaje de América del Norte ayuda a Estados Unidos a reducir su exposición en las cadenas de suministro frente a Beijing. Lo que probablemente busca Washington es que integrarse con Estados Unidos le resulte tan conveniente a México que ahí encuentre su principal plataforma de crecimiento.
Reducir esa vulnerabilidad obligará a México a revisar los alcances operativos de su soberanía energética. Aunque el debate político se centra en Pemex, los agentes preponderantes en el mercado del gas son la Comisión Federal de Electricidad (CFE), en su calidad de principal comprador y entidad consumidora, y el Cenagas, como gestor técnico del sistema nacional de gasoductos. Pemex, debido a ineficiencias estructurales, presenta un déficit en el aprovechamiento de su propio gas, derivando en un alto índice de quema a la atmósfera. La respuesta de Sheinbaum, científica de formación, apunta a acelerar la transición energética: se mantendrá la importación de gas para indexarlo a la operación de las nuevas centrales de ciclo combinado si es técnicamente necesario, pero la planeación del sector se está reorientando hacia la diversificación con fuentes renovables como mecanismo estratégico para mitigar la dependencia externa.
La otra mitad de la conversación es la seguridad y la gran pregunta es si el comercio puede arrastrar a este terreno. Acá entra el Escudo de las Américas, la iniciativa de Washington contra los cárteles y la defensa y protección de sus Estados miembros. México ha sido cauto ante cualquier fórmula que considera que comprometa su soberanía o abra la puerta a operaciones extranjeras.
De momento, una adhesión mexicana no parece consecuencia inmediata del gas. Tampoco hace falta: con más intercambio de inteligencia y mejor coordinación fronteriza, ambos gobiernos podrían acercarse sin firmar declaraciones políticas de gran calado. A Sheinbaum le serviría para mostrar resultados sin presentarlos como una concesión; a Trump también, porque cualquier estrategia regional cojea sin México. Para ir más allá, Washington tendría que aceptar los límites políticos de México y este demostrar resultados verificables.
Cómo termine esto dependerá de lo que se firme. Habrá que ver si las empresas estadounidenses ganan espacio en el sector energético mexicano y si aparecen formas nuevas de cooperación en seguridad. El mayor logro de Trump sería que una relación más estrecha resulte conveniente a los propios mexicanos, sin tener que recurrir al amedrentamiento económico, migratorio o de cualquier otra índole. Los giros de este tipo empiezan con decisiones económicas pequeñas y, un día, las prioridades ya son otras.
Por ahora, el gas sigue cruzando la frontera por los mismos ductos de siempre.
(*) Irma Montes Patiño es licenciada en Relaciones Internacionales de la George Washington University.


