Si para Vidya Narine la visita a una tienda de orquídeas disparó la idea de su novela, el caso de Sophie Demange (1983, Rouen, Francia) resulta parecido, aunque el rubro del negocio resulta completamente distinto: una carnicería. En efecto, nos cuenta que en el mercado conoció a una joven carnicera de 20 años y le sorprendió porque era la primera vez que veía a una mujer atinándole al bife con el cuchillo de desollar. En Francia, las mujeres se encargan solo de la venta de la carne, pero preparar los cortes es una actividad especialmente masculina. Y le pareció interesante como el cuerpo femenino podía implicarse en ese trabajo, llevándola a la reflexión sobre el machismo en el oficio y la violencia hacia las mujeres. Un tema que ella, con una larga trayectoria de trabajo con asociaciones humanitarias que atienden a personas sin hogar y trabajadoras sexuales, conoce bien.
Demange visita Arequipa con motivo de su participación en el Hay Festival, trayendo con ella Las carniceras, novela que ha sido un éxito en Francia y que ha generado un intenso debate por su carga simbólica y su violencia deliberadamente exagerada: Anne decide hacerse cargo del negocio familiar en la ciudad de Ruán. Para ello recluta a su compañera de escuela Stacey y a la guineana Michèle, formando un trío de profesionales del despiece cárnico especialmente seductor. Unidas por el oficio, sus heridas y sus pasados, ellas han decidido ejercer la justicia desde una carnicería en un barrio de clase media de Ruan, por su propia mano y con sus cuchillos. En este adictivo thriller feminista hay sororidad, violencia latente y emociones afiladas. La novela negra no es un simple mecanismo de intriga, sino una forma de mirar aquello que la sociedad francesa prefiere no mirar.
— Tu novela es una denuncia muy fuerte del machismo en Francia. El tuyo es un país especialmente machista?
Una pregunta difícil. Creo que Francia es más machista de lo que piensa. La violencia es fuerte y detrás de su imagen de país civilizado, limpio y muy educado, se esconden cosas muy sucias, muy hipócritas. Y eso lo quería decir en la novela. He visto también cosas muy fuertes en la India y en América Latina, de hecho, una amiga mía fue asesinada en México, quemaron su cuerpo. Y eso es algo que está muy presente en mi memoria. Como también lo está en mi trabajo en Francia, en centros de protección de niñas y niños, donde veo cosas terribles. Es un tema universal en todo el mundo y sociedades. Pasa en todos los países, la verdad.
— Hay en tu novela mucha sangre y violencia, y, sin embargo, haces hincapié en que las vitrinas de la carnicería, que construyes casi como un escenario teatral, deben estar impecables e higiénicas. ¿Esa limpieza es una metáfora de la hipocresía frente al tema?
Tienes razón. La violencia no toca solamente las clases pobres, sino también las clases más educadas, aunque aparenten no tener que ver con la violencia hacia las mujeres. En cualquier clase social, las mujeres pueden ser víctimas de la violencia.
— Está claro que en tu libro la rabia es un detonante literario. ¿Crees que, culturalmente, se sigue educando a las mujeres para reprimir su enojo, su furia?
Sí. De hecho creo que la rabia me viene por una parte de América Latina. Creo que en América Latina la asumen mucho más. En Francia la rabia es cosa de hombres. Las mujeres tienen que ser dulces, suaves y lindas. En cambio, en América Latina, las mujeres están mucho más conectadas a ese sentimiento. La rabia puede salir, puede expresarse. Y eso me gusta. Es un derecho de las mujeres poder estar enojadas. Como lo es el derecho a la legítima defensa, algo olvidado la mayor parte del tiempo. En mi novela, mis protagonistas están en peligro de muerte, y su reacción de defenderse es legítima. Luego experimentan el deseo de vengarse, y eso era algo que me parecía interesante explorar. Era su manera de sacar su rabia y de hacer justicia. Porque en Francia tenemos un problema con la justicia.
— A propósito, no puedo evitar preguntarte por la violencia desatada en Francia la noche del 17 de octubre. ¿Cómo explicas ese clima de inseguridad y crispación que hoy se vive en el país?
Desde mi trabajo observamos cómo la violencia aumenta muy fuerte entre los jóvenes que no se sienten reconocidos, escuchados ni estimados. Creo también que las desigualdades en Francia están aumentando muy visiblemente. La calidad de vida resulta mucho más precaria de como la recordamos. Hemos realmente perdido en nivel de vida. Mucha gente comparte el sentimiento generalizado de sentirse despreciada por el gobierno y por el poder político. Pienso que la violencia machista que denuncio en mi novela y la violencia que vemos en las calles tiene el mismo origen: un profundo sentimiento de injusticia y de desprecio hacia la gente.
— ¿Hasta qué punto tu labor en centros de acogida para menores se refleja en los personajes en tu novela? ¿Cómo los traumas que adviertes en tu trabajo humanitario alimentan tu trabajo literario?
Tanto en esta novela como en la próxima que estoy terminando, la conexión es muy fuerte. Mi protagonista está muy inspirada en niñas que he cuidado en el centro. De hecho, conocí a una carnicera que había sido víctima de incesto. Por supuesto, de mi experiencia con muchas personas sale un personaje.
— Sé que tu siguiente libro tiene que ver con la explotación sexual de menores.
Tiene que ver con lo que es ser un trabajador social. Y el sentimiento de impotencia que se produce. También aborda la explotación sexual, y la hipocresía social que mira a otro lado sabiendo lo que pasa con las niñas más vulnerables, cómo son vendidas a hombres de poder, o clientes que pueden ser policías, abogados, médicos, lo mismo da. Para mí eso es impresionante. Pareciera que estas niñas no valieran nada. Son como la basura de la sociedad. Hablo de eso: de la impotencia del trabajador social y de cómo una niña que sufre esta tragedia puede ser fuerte y tener capacidad de manejar su vida.
— En los años 70 se pusieron de moda las películas en que los ciudadanos tomaban en sus manos la justicia, como las que protagonizó Charles Bronson en la saga del Vengador Anónimo, lo que motivo debatir si el fin justificaba los medios. Más allá de su éxito, ese debate ha vuelto a surgir en Francia con tu novela.
Me han preguntado mucho sobre la moral en mi novela. Pero es un tema del que no me hago cargo. La ficción está para liberarse de eso. Muchas lectoras me escribieron para contarme que leer la novela les resultó un placer, porque en su vida real no se sienten autorizadas a tener un sentimiento como el de la venganza. Ojo que no hablo de actuar, sino solo de pensar en ella. Somos libres para pensar en coger nuestros cuchillos metafóricos.
— Ante el auge de los discursos de odio, la xenofobia y el machismo en Europa, ¿la literatura debería tener un propósito de resistencia?
No lo creo. Pero yo lo necesito para mí. No sé si lo voy a hacer siempre, pero actualmente lo necesito para escribir. Es lo que me enciende. Pero para el arte en general o la literatura, no tiene por qué serlo.
— A pesar de la dureza de los temas que desarrollas en tu novela, hay un humor negro muy presente. ¿La ironía es lo que te permite escribir sobre la violencia?
Para mí, la ironía es un arma genial y necesaria. Y también te permite alejarse. Me hace más tolerable la vida.
— Has mencionado en alguna entrevista que mientras las mujeres mayores de 40 años han conectado con la novela, lectoras más jóvenes adoptan posturas más moralistas, ¿Por qué crees que hay este choque de perspectivas?
Eso me ha sorprendido. No sé si representa a todas las lectoras, porque lo que te dicen algunos lectores siempre resulta parcial. Pero lo cierto es que son las jóvenes las que me hacen preguntas sobre la moral de la novela, mientras que las mujeres mayores asumen sin problemas este humor y esta ironía. Quizás estamos frente a una sociedad más moralizada, quizás un poco más hipócrita también.
— ¿Alguna lectora te ha comentado si la lectura de tu novela, el dejarse llevar por tu ficción, le resultó una forma de expiar el dolor personal?
Eso sí. Me lo han dicho varias veces. Que les permitió una catarsis. Como a mí al escribirla. También hay mujeres que me han dicho que han leído la novela con su esposo en la cama ¡y que les daba algo de pudor leerla con él a su lado!


