Una novela gana un premio internacional, recibe elogios de un jurado integrado por escritoras reconocidas y se prepara para circular en varios países. Después, una herramienta de detección de inteligencia artificial le atribuye un resultado que amenaza con convertir la celebración en escándalo: el 99% de sus aproximadamente 26.000 palabras habría sido generado por una máquina. Es lo que ha ocurrido con “Donde el agua trabaja”, del escritor peruano David Silva Rojas, ganadora del Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat. El autor niega haber utilizado inteligencia artificial; la editorial Almadía suspendió las presentaciones previstas en España y anunció una investigación.
El caso no solo pone en cuestión la autoría de una novela, sino también los mecanismos con los que la industria editorial intenta reconocerla y protegerla. ¿Cómo se distingue una herramienta de escritura de una que reemplaza al escritor? ¿Qué responsabilidad tienen los editores? ¿Hasta dónde puede confiarse en un detector? Y, acaso la pregunta más incómoda: ¿qué ocurre cuando la discusión sobre la autenticidad de una obra desplaza otra pregunta fundamental, la de su calidad literaria?
Para el editor peruano Yhon Chinchilla, el dilema ya forma parte de la rutina de quienes reciben manuscritos. Para el escritor español Hernán Migoya, que leyó la novela antes de que estallara la polémica, el problema empieza mucho antes de la aparición de la inteligencia artificial.
Un premio bajo sospecha
Convocado por la editorial mexicana Almadía y la fundación española Ventosa-Arrufat, el certamen recibió 2.204 manuscritos procedentes de 22 países. El premio, dotado con 20.000 euros, contemplaba también la publicación de la obra en México, España, Argentina, Colombia y Perú. El jurado estuvo integrado por Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda, quienes eligieron por unanimidad “Donde el agua trabaja”.
Ambientada en una hacienda vinícola de Ica, la novela aborda la explotación laboral en el sector agrícola y sigue a una joven que abandona su comunidad para trabajar temporalmente en una finca. La obra recibió elogios por su prosa de frases breves, sus silencios y la representación de un cuerpo sometido a condiciones laborales desiguales. Las bases del concurso, sin embargo, establecían expresamente que las obras no podían haber sido escritas, total ni parcialmente, mediante inteligencia artificial.
La investigación publicada este viernes 23 de octubre por el diario español “El País” señala que el detector Pangram, en su versión 4.1, atribuyó a la IA el 99% del contenido de la novela. La herramienta también identificó como generado por inteligencia artificial el 97% de las respuestas del autor en una entrevista publicada en la revista “Ulrica” y el 80% de un ensayo en el que explicaba el origen de su obra. La coincidencia de resultados en textos de distinta naturaleza alimenta las sospechas, pero no demuestra por sí sola cómo se escribió el libro ni quién produjo cada pasaje.
La distinción importa. Los detectores identifican patrones lingüísticos y estadísticos asociados con textos generados por modelos de IA; no reconstruyen automáticamente el proceso creativo. Un resultado elevado constituye un indicio que debe examinarse junto con otras pruebas. En este caso, el autor niega haber empleado la tecnología y la editorial ha optado por investigar antes de emitir una conclusión definitiva.
La tecnología puede señalar una anomalía estadística; no puede, por sí sola, reconstruir la historia de un manuscrito ni convertir una sospecha en una sentencia.
La IA en la mesa del editor
Chinchilla conoce el problema desde el otro lado del escritorio. En los últimos años, explica, las conversaciones sobre inteligencia artificial en el sector editorial han cambiado de naturaleza. Si antes predominaban las discusiones sobre quién debía considerarse autor de un texto producido a partir de instrucciones humanas, ahora el debate se concentra en cómo incorporar estas herramientas al trabajo sin borrar la intervención de quien escribe.
“En nuestro caso, lo que está pasando es que sí hemos identificado propuestas de autores que tienen sus textos bien corregidos, bien escritos, en todos los géneros”, cuenta. Recuerda incluso la recepción de un poemario que estaba formalmente bien resuelto, pero cuya escritura despertó sospechas.
En otra ocasión, una editorial recibió una narración cuyo autor negó inicialmente haber utilizado inteligencia artificial. Al someterla a uno de los detectores gratuitos disponibles en internet, el resultado indicó aproximadamente un 90% de contenido generado por IA. La editorial consideró que el texto tenía una temática interesante, pero sugirió al escritor conservar esa materia narrativa y encontrar una personalidad propia en la escritura.
El dilema editorial ya no consiste únicamente en detectar un texto generado por una máquina, sino en decidir qué hacer cuando existen sospechas y no hay herramientas concluyentes para resolverlas.
La experiencia ilustra una dificultad práctica: no todas las editoriales tienen acceso a herramientas especializadas ni cuentan con protocolos uniformes para examinar los manuscritos. En el caso de la literatura, Chinchilla señala que todavía existe una considerable dependencia de la confianza depositada en los autores. Una de las medidas a las que han recurrido es solicitar una declaración jurada que certifique la originalidad de la propuesta y que el texto pertenece a quien lo presenta.
“En la literatura todavía sigue siendo complicado este asunto”, reconoce. Por eso, su editorial trabaja en un protocolo que permita establecer con mayor claridad qué usos de la IA son admisibles y cómo deben declararse.
La declaración de un autor puede establecer un compromiso, pero no resuelve por sí sola cómo comprobarlo ni qué procedimiento debe seguirse cuando aparecen indicios de un incumplimiento.
No se trata, sin embargo, de rechazar toda aplicación de la tecnología. Chinchilla explica que la inteligencia artificial ha permitido reducir considerablemente el tiempo dedicado a tareas editoriales. Durante el rescate de una novela de los años sesenta, por ejemplo, la transcripción del material habría requerido alrededor de un mes de trabajo; con estas herramientas, el proceso se completó en aproximadamente cuatro días. También facilitan la transcripción de entrevistas y la revisión de referencias bibliográficas en publicaciones académicas.
“Lo entendemos más como una herramienta”, precisa. La diferencia aparece cuando su función deja de ser auxiliar y se convierte en sustitución. “Lo que sí definitivamente notamos nosotros es cuando se usa de manera generativa, o sea creativa, cuando reemplaza a la autoría”.
El problema, entonces, no es que una máquina ayude a corregir un texto, ordenar referencias o transcribir una entrevista. Es que termine ocupando el lugar de quien debe tomar las decisiones narrativas y responder por ellas.
Para Chinchilla, el reto está en aprovechar la eficiencia de la IA sin renunciar al criterio humano que da sentido al trabajo editorial.
Hernán Migoya: el problema también es la calidad
El escritor español Hernán Migoya introduce una objeción distinta, menos interesada en la eficacia de los detectores que en el valor de la literatura premiada. Mientras preparaba un reportaje sobre nuevos autores peruanos con presencia en España para “El Mundo”, recibió la sugerencia de leer “Donde el agua trabaja”. Solicitó el libro, lo leyó y decidió no entrevistar a Silva Rojas ni incluirlo entre las obras recomendadas.
Según explica, no percibió entonces que la novela pudiera haber sido escrita con inteligencia artificial. Simplemente le pareció una obra fallida. En sus palabras, le faltaban sensibilidad y sinceridad; además, cuestionaba la manera en que la narración apelaba a la gravedad de la realidad social que representaba.
La objeción de Migoya es anterior al escándalo: no sospechó que la novela estuviera escrita con IA; consideró que no merecía figurar entre las obras que quería recomendar.
Migoya describe esa estrategia como “pornomiseria”: el recurso a una realidad terrible para convertirla en argumento de autoridad moral, sin que necesariamente exista una elaboración literaria que la trascienda. Su crítica apunta a lo que considera una tendencia a confundir el compromiso temático con la calidad estética, como si denunciar una injusticia garantizara por sí mismo el valor de una novela.
En su reportaje sobre autores peruanos, el escritor ya había contrapuesto esa tendencia con “Las nerviosas”, de Rosa Chávez Yacila, una obra que, a su juicio, incorpora la ironía, la crudeza y el cuestionamiento personal en lugar de limitarse a presentar una tragedia como garantía de relevancia. La comparación revela que sus reparos a “Donde el agua trabaja” antecedían a la denuncia sobre la inteligencia artificial.
“Me da igual que estén escritos por IA o por Rita la Bailaora”, sostiene Migoya. Su indignación, explica, no se debe principalmente a la posibilidad de que una máquina haya producido el libro, sino a que una obra que considera deficiente haya recibido un premio de semejante importancia económica y simbólica.
Su crítica se extiende a los certámenes literarios en español, que, en su opinión, llevan décadas premiando obras sentimentales y denuncias sociales que parecen responder mejor a una determinada expectativa moral que a una exigencia estética. Para Migoya, el caso revela un problema anterior a la inteligencia artificial: la predisposición de algunos jurados a valorar el tema, el discurso y la imagen pública del autor por encima de la escritura.
En su lectura, la inteligencia artificial no habría creado el problema de los premios literarios: habría añadido una nueva dimensión a una discusión sobre los criterios con los que se consagra una obra.
Se trata de una opinión polémica y deliberadamente severa, no de una demostración de que el jurado de este concurso haya actuado de manera irregular. Las tres escritoras que eligieron la novela lo hicieron por unanimidad, y no hay información pública que permita afirmar que conocían una posible intervención de IA. Pero la crítica de Migoya abre una discusión legítima: qué criterios deben orientar un premio literario y cómo se distingue la importancia de un asunto de la calidad con que ha sido narrado.
¿Quién escribe cuando escribe una máquina?
La controversia obliga a separar tres cuestiones que suelen mezclarse: la calidad de una obra, la autenticidad de su autoría y el cumplimiento de las reglas de un concurso. Una novela puede ser mala y haber sido escrita íntegramente por una persona; puede ser excelente y haber sido generada por una máquina; o puede combinar trabajo humano e inteligencia artificial de maneras difíciles de determinar. Ninguna de esas posibilidades resuelve automáticamente las otras.
La calidad literaria no demuestra quién escribió un libro, del mismo modo que la sospecha de uso de IA no demuestra que el libro sea malo. Son preguntas diferentes, aunque en esta controversia hayan terminado entrelazadas.
En el caso de Silva Rojas, la condición del premio era explícita: no se permitía utilizar IA, ni total ni parcialmente, en la escritura. Si una investigación demostrara que se incumplió esa regla, habría una cuestión reglamentaria que resolver, independientemente de los méritos literarios del manuscrito.
También será necesario establecer qué evidencia puede sostener una conclusión. Los resultados de un detector, incluso cuando son elevados y coinciden en distintos textos, no sustituyen una revisión independiente. Los borradores, las versiones sucesivas del manuscrito, las notas y los materiales de trabajo podrían ayudar a reconstruir el proceso creativo. La transparencia del autor y la respuesta de la editorial serán fundamentales para determinar los siguientes pasos.
La credibilidad de un concurso no depende solo de elegir una buena novela, sino también de garantizar que las obras participantes cumplan las reglas que aceptaron sus autores.
Mientras tanto, el testimonio de Chinchilla muestra que el sector editorial necesita criterios más precisos para distinguir los usos auxiliares de los generativos. El de Migoya recuerda que la discusión sobre la tecnología no debería servir para eludir una pregunta esencial sobre la literatura: qué hace que una obra merezca ser leída y reconocida.
La inteligencia artificial puede producir páginas correctas, imitar estilos y organizar relatos. Pero los concursos no premian solamente la capacidad de ensamblar palabras: también consagran una autoría, una trayectoria posible y una determinada idea de lo que la literatura puede hacer con la experiencia humana.
El caso de “Donde el agua trabaja” sigue abierto. El 99% atribuido por Pangram ha encendido las alarmas, el autor niega haber utilizado IA y la editorial ha suspendido las presentaciones mientras examina la controversia. Falta establecer qué ocurrió realmente durante la escritura de la novela.
Quizá la discusión más importante no consista en decidir si una máquina puede escribir un libro, sino en saber qué debe declarar quien lo firma, qué está dispuesto a exigir quien lo publica y qué criterios utiliza quien lo premia. Porque, antes de que la inteligencia artificial pusiera en cuestión la autoría, el mundo literario ya tenía una tarea pendiente: explicar por qué unos libros merecen reconocimiento y otros no.


