Cada 31 de octubre, el Perú parece enfrentarse a una elección: celebrar Halloween o rendir homenaje a la canción criolla. De un lado, disfraces y calabazas; del otro, guitarras, cajones y canciones que forman parte de nuestra memoria colectiva. Pero, ¿realmente tenemos que elegir?
Una encuesta de Ipsos realizada en octubre de 2024 reveló que el 52% de los peruanos urbanos prefería celebrar el Día de la Canción Criolla, frente al 16% que elegía Halloween. Sin embargo, entre los jóvenes de 18 a 25 años, la situación era distinta: el 34% prefería Halloween y apenas el 39% la canción criolla. Entre los mayores de 43 años, esta última alcanzaba el 60%.
Las cifras revelan algo más interesante que una competencia entre celebraciones: una diferencia generacional en nuestra manera de relacionarnos con la cultura.
Durante mucho tiempo entendimos la identidad como algo que debíamos proteger de las influencias externas, como si incorporar nuevas costumbres significara renunciar a las nuestras. Sin embargo, las nuevas generaciones parecen construir su identidad de manera más abierta, combinando tradiciones locales con experiencias globales.
Y el entorno en el que crecen ayuda a comprenderlo. Según el INEI, durante el segundo trimestre de 2025, el 95,9% de los peruanos entre 19 y 24 años utilizaba Internet. Estamos frente a generaciones cuyos referentes culturales ya no se construyen únicamente en el hogar o la comunidad, sino también a través de plataformas que conectan al mundo.
Esto plantea una pregunta fundamental: ¿estamos perdiendo nuestras tradiciones o simplemente necesitamos nuevas maneras de transmitirlas?
La canción criolla forma parte de nuestra historia. Su celebración fue instituida en 1944 y, más de ocho décadas después, continúa siendo una expresión importante de nuestra identidad. Pero preservar una tradición no significa recordarla únicamente una vez al año. Significa mantenerla vigente, acercarla a nuevas audiencias y permitir que evolucione sin perder su esencia.
Quizá deberíamos preguntarnos menos por qué los jóvenes celebran Halloween y más por qué no estamos encontrando suficientes maneras de acercarlos a nuestra música.
Esta reflexión también alcanza al mundo empresarial. Las organizaciones que permanecen relevantes no son necesariamente aquellas que abandonan su historia para perseguir cada tendencia. Son las que comprenden qué deben preservar y qué necesitan transformar para conectar con nuevas generaciones.
Nuestra gastronomía es un ejemplo extraordinario. Ha sabido incorporar influencias internacionales, reinventarse y proyectarse globalmente sin renunciar a su identidad. ¿Por qué no aspirar a lo mismo con otras expresiones culturales?
Porque la tradición sin evolución corre el riesgo de convertirse en nostalgia. Y la innovación sin identidad puede terminar siendo una moda pasajera.
Tal vez el 31 de octubre no debería representar una competencia entre celebraciones, sino una oportunidad para comprender que nuestra identidad es suficientemente rica para incorporar nuevas costumbres sin olvidar nuestras raíces.
El futuro no se construye eligiendo entre tradición y modernidad, sino encontrando la manera de crecer con ambas.


