Un joven murió baleado durante un enfrentamiento entre presuntos barristas en Villa El Salvador, mientras supuestos hinchas de Sport Boys atacaron con bombas algunas viviendas de San Miguel el último martes. No son hechos aislados ni simples excesos de fanatismo. Son expresiones de una violencia que debe ser condenada sin contemplaciones.
Resulta intolerable que algunos sujetos utilicen los colores de un equipo como coartada para agredir, destruir y sembrar miedo. ¿Desde cuándo alentar a un club significa perseguir al rival, atacar una vivienda o disparar contra otro ciudadano? La rivalidad entre equipos forma parte de la esencia del fútbol; la delincuencia, no.
Pero la responsabilidad no termina en las tribunas ni alcanza únicamente a los barristas violentos. También resulta condenable la conducta de quienes, por su posición y experiencia, deberían actuar con mayor mesura. Lo ocurrido en el estadio de Alianza Lima con el entrenador de Cienciano, Horacio Melgarejo, quien realizó el gesto de la «U» frente a los hinchas blanquiazules, fue una provocación innecesaria. El fútbol necesita profesionales que sepan competir, no personajes dispuestos a echar combustible al fuego.
La reacción descontrolada de los gerentes aliancistas Franco Navarro padre e hijo tampoco contribuye a recuperar la serenidad. Quienes ocupan cargos de responsabilidad en una institución deportiva no pueden comportarse como hinchas exaltados.

