Un día, Catalina recibe una visita inesperada. Tiene 27 años y quien llega a su puerta es la Muerte, que no trae guadaña ni viene envuelta en sombras, sino con una cercanía casi cotidiana. Su mensaje es breve y exacto: le queda un año de vida. Desde ese momento, la joven deja de pensar en lo que viene y empieza a mirar lo que ha dejado para después. Esa es la premisa de “Mañana, la muerte”, que se presenta del 20 al 28 de octubre en el Teatro de Lucía.
Con dramaturgia de la mexicana Aline Lemus Bernal, la puesta en escena se aparta de las representaciones habituales de la Parca y propone un viaje íntimo en el que Catalina deberá enfrentarse a los sueños postergados, a las decisiones que nunca tomó y a las personas que dejó esperando. Para acompañarla en ese recorrido, la Muerte no tiene una identidad fija: en cada escena aparece con una voz, una cadencia y una personalidad distintas, como si probara máscaras hasta encontrar la que le permita conectar con Catalina, interpretada por Macarena Carrillo.
“Esta no es una muerte clásica, sino una que se presenta de diferentes formas, con distintas personalidades. La construcción del personaje no depende de lo que se ve, sino de su mensaje”, explica Bazán.
Frente a la muerte
Bazán se acerca a la Muerte desde la distancia, no desde la familiaridad. Confiesa que siempre le ha tenido “un poco de respeto y temor”, pues, aunque ha perdido a personas queridas, nunca ha atravesado un duelo profundo. “Todavía no la conozco tan cara a cara”, admite. Por eso, asumir este papel también le permite aproximarse a algo que siente lejano y tratar de despojarlo de parte de su carga emocional.
Su estrategia para lidiar con ese miedo consiste en cambiar la perspectiva. “No hay muerte sin pensar en la vida primero”, sostiene. Sin embargo, esa reflexión también puede resultar aterradora: obliga a preguntarse cómo aprovechamos el tiempo, desde que despertamos hasta que nos vamos a dormir. Lo mismo le ocurre cuando imagina la pérdida de sus padres, sus hermanos o su abuelo. “No quiero decir qué ‘debí’ hacer o qué ‘debí’ haber hecho, aunque siento que, cuando ocurra, será inevitable decirlo”, agrega.
Su manera de entender el final tiene raíces familiares. Su madre, que vivió de cerca la muerte de su propia mamá, le ha insistido en desmitificarla y en no concebirla únicamente como una experiencia desgarradora. “Cuando yo muera, quiero que mi funeral sea un acto a la vida, que pongan la música que me gusta, que estén felices por lo que hice”, repite su madre a Bazán, incluso cuando va al médico a hacerse chequeos de rutina. “Lo dice bromeando, pero a veces siento que es su forma de prepararme para que el tránsito de su partida, para que,cuando llegue el momento, sea más amable el duelo”, reflexiona la actriz.
A esa enseñanza se suma la fe. Bazán creció en un hogar católico, con una madre muy creyente. Aunque hoy no es tan practicante, conserva la convicción de que existe algo más allá de la vida. “No creo que simplemente se apague la tele”, afirma. Cree en las energías y en que el ser humano es más que carne, una visión en la que conviven su formación católica y la posibilidad de la reencarnación. “Eso me tranquiliza, porque me hace pensar en la muerte como algo menos trágico”, dice.
Con esas dudas e incertidumbres, Bazán interpreta a una Muerte que, paradójicamente, parece más viva que Catalina, quien empieza a contar los días que le quedan. El dilema de la protagonista —qué hacer con el tiempo cuando se sabe cuánto queda— también lleva a la actriz a imaginar ese escenario. A sus 27 años, piensa en su próxima obra, en nuevos proyectos, quizá en el cine o en hacer más teatro. Pero, “si supiera que solo me queda un año, con los vínculos que tengo ahora, podría irme bastante en paz”, concluye.


