En algún rincón del Perú, un prefecto despierta con la noticia de que cayó el gobierno, que un golpe de Estado se llevó a cabo y que un militar ahora es presidente. Lejos de alarmarse, el funcionario hace cuentas y se acomoda al nuevo orden con la naturalidad. Escrita en los años sesenta, “Confusión en la prefectura”, pieza breve de Julio Ramón Ribeyro, regresa junto a la obra “El último cliente” en “2 de Ribeyro”, obra que se encuentra de temporada hasta el 31 de octubre en el Teatro de Lucía.
Las dos obras parten de escenarios modestos y, sin embargo, abarcan mucho. En “El último cliente”, una casa de alquiler de trajes de novio en el centro de Lima parece el lugar de una situación cotidiana, hasta que las tensiones, los intereses y las pequeñas miserias de sus personajes comienzan a salir a la superficie. “Confusión en la prefectura”, en cambio, lleva al público a una oficina pública perdida en una provincia remota, donde la comedia de enredos se alimenta de la burocracia, el poder y el absurdo. Allí, el gobierno pasa de una mano a otra y el prefecto se va alineando con lo que ve y con lo que más le conviene.
“Son historias y personajes que no pasan por una época, sino que se quedan en el tiempo, están presentes en el Perú que escribió Ribeyro y en el de hoy”, dice Bernasconi. Sobre el tono de comedia, Valdés menciona que es la clave para que el mensaje llegue. “Si tú le quitas la comedia a las tragedias que viven todos los peruanos a diario, yo creo que salen y se tiran por el precipicio”, menciona.
Una dirección entre tres
La historia de esta puesta empezó durante la pandemia, cuando fue pensada para ser grabada y vista en formato stream, ya que los teatros estaban cerrados. Cuando por fin reabrieron con un aforo de 30%, los actores decidieron llevarla a escena. Con el tiempo, la sala llegó al 50% y descubrieron que la gente disfrutaba, hacía catarsis y salía encantada. La dirección de aquel primer montaje fue de Alberto Ísola, con quien trabajaron mano a mano Bernasconi y Ruiz. Cuando ahora se presentó la oportunidad de una temporada de cinco semanas, le contaron a Ísola, quien siempre había dicho que era necesario volver a hacerla.
“Nos hemos basado en la dirección de Alberto, la hemos respetado mucho y es prácticamente el mismo montaje”, explica Bernasconi. Lo que ha cambiado es el modo de trabajarlo. Ella, Valdés y Ruiz funcionan ahora como un trío que se mira desde afuera: cuando uno actúa, los otros observan, y esa distancia les permite ajustar detalles “Eso nos permite dar sugerencias o ir ajustando ciertas cosas”, cuenta Valdés.
Ese reencuentro con el texto tuvo además un efecto inesperado. Según Bernasconi, mientras más se vive, más herramientas se tienen para volver sobre una obra, y los años transcurridos les permitieron profundizar en lo que antes solo habían ensayado. Ayuda también que los tres sean actores con años de oficio, que conocen la obra “de derecho y al revés”. “A esta edad nos tomamos las correcciones más como una ayuda que como una afrenta, ya estamos grandecitos”, bromea Valdés.
Detrás de este esfuerzo colectivo hay también una mirada sobre el país que los actores comparten con el público. Para ellos, el peruano afronta las crisis con creatividad y con humor, y de ahí que sepa reinventarse, a veces de maneras insospechadas. Lo ilustran con una anécdota reciente, la de un vendedor de cortinas que contó que un extorsionador le exigía dinero para poder trabajar y argumentó que aquello era su oficio, igual que el suyo. Escenas así no desentonarían en una obra de Ribeyro, y quizá por eso sus personajes no necesitan ser actualizados, solo ser vistos.

