Hay películas que prefieren instalar al espectador en un territorio de permanente sospecha y “La casa de las galletas”, ópera prima de Rodolfo Zavala Chian, es una de ellas. Desde sus primeras escenas propone un universo donde la realidad parece perder estabilidad, los espacios adquieren una dimensión inquietante y la narración se resiste a entregar respuestas inmediatas. Es una apuesta arriesgada, que juega con las expectativas del espectador y se permite transitar por terrenos narrativos poco convencionales. Una decisión valiente, sobre todo cuando se trata de una primera incursión en el largometraje de ficción, tanto desde el guion como desde la dirección.
La película comienza bajo los códigos de un cine de autor, con una atmósfera que parece privilegiar los estados emocionales, las relaciones familiares y una realidad que progresivamente adquiere contornos extraños. Sin embargo, conforme avanza, la narración va desplazándose hacia el misterio y el thriller psicológico. Lo onírico cede espacio a lo inquietante y lo que inicialmente parece una exploración íntima termina convirtiéndose en un juego de revelaciones, pistas e intrigas
En ese tránsito aparecen algunas referencias cinematográficas que ayudan a situar su propuesta. Hay algo de las realidades movedizas de Charlie Kaufman, de esos universos ligeramente desacomodados de Spike Jonze, aunque aquí sin su habitual sentido del humor, y también del M. Night Shyamalan más serio y enigmático. No se trata necesariamente de influencias directas, sino de parentescos narrativos y atmosféricos. Zavala Chian parece interesado en que el espectador no se limite a observar la historia, sino que desconfíe de ella.
Uno de los aciertos está precisamente en la construcción de ese universo. La ambientación no parece separarse nunca del guion: los espacios, los objetos y las referencias visuales participan de la incertidumbre que atraviesa el relato. Incluso la dimensión temporal parece deliberadamente esquiva. No siempre es sencillo establecer en qué momento transcurren los acontecimientos, ya que, por ejemplo los automóviles modernos conviven con vehículos policiales que parecen remitirnos a las décadas del setenta u ochenta, generando una extrañeza que puede leerse como parte del desconcierto general, aunque también deja algunas interrogantes sobre la continuidad y la coherencia visual de la propuesta.
El ritmo como un elemento crucial en el desarrollo narrativo
La película avanza en una progresión creciente, administra la información y reserva algunas de sus mejores cartas para el tramo final. Es una estructura que exige paciencia y disposición para dejarse conducir. El problema es que, por momentos, el riesgo se le escapa de las manos. Hay pasajes en los que el misterio parece alimentarse de sí mismo, como si la acumulación de preguntas bastara para sostener el interés. Y no siempre es así. Una película puede ser enigmática sin ser necesariamente profunda; la diferencia está en lo que queda después de resolver el acertijo; uno que, en este filme, no está planteado de manera directa.
Las revelaciones y el desenlace constituyen, probablemente, su mayor atractivo, pues reorganizan la experiencia previa y ofrecen una lectura distinta de lo que hemos visto. . Algunos de sus mecanismos y soluciones remiten a convenciones del género que el cine ha transitado muchas veces. La película consigue utilizarlos con eficacia, pero no necesariamente reinventarlos. Quizá una narración menos empeñada en ocultar sus intenciones y más dispuesta a desarrollar algunas de sus posibilidades dramáticas habría alcanzado una dimensión emocional mayor.
Sobre las interpretaciones y la intención
Urpi Gibbons (Juliana) sostiene el centro de la historia con solvencia y mantiene la incertidumbre emocional que requiere su personaje. Su interpretación funciona desde la contención, aunque en los momentos de mayor exigencia dramática habría sido deseable una intensidad más pronunciada. Leonardo Torres Vilar (Richard), por su parte, está impecable. Su presencia y precisión contribuyen a darle consistencia a una narración que juega permanentemente con las percepciones.
También destacan las actuaciones de los niños y de la actriz que interpreta a la madre, quienes aportan una dimensión especialmente convincente al universo familiar. Valeria Escandón (Esperanza) cumple con su cometido, aunque hay algo en su presencia escénica que despierta un interés que va más allá de las exigencias de su personaje.
La música ocupa un lugar protagónico en la construcción de la atmósfera. Acompaña las imágenes, acentúa la tensión y contribuye a ese estado de extrañamiento que la película busca instalar. El tratamiento sonoro, sin embargo, no siempre alcanza la misma precisión. Hay irregularidades en la edición y en la articulación de los sonidos que interrumpen, en determinados pasajes, la experiencia que la música y la puesta en escena habían conseguido construir. Es una lástima, porque en una película tan dependiente de lo que sugiere y oculta, el sonido no es un elemento accesorio: es parte fundamental de su arquitectura.
Conviene, finalmente, situar esta película en el contexto de su producción. Hacer cine en el Perú sigue siendo una empresa que demanda tenacidad, imaginación y una buena dosis de obstinación. Levantar un largometraje, reunir un equipo, sostener una propuesta y llevarla hasta la pantalla es ya una tarea considerable. Pero reconocer esas dificultades no significa renunciar a la exigencia. Al contrario: el cine peruano necesita películas que se atrevan a explorar otros registros y también una crítica capaz de reconocer sus hallazgos y señalar sus limitaciones sin paternalismos.
“La casa de las galletas” es una película imperfecta, pero no indiferente. Tiene personalidad, ambición y una voluntad de riesgo que se agradece. A ratos parece más interesada en desconcertarnos que en conmovernos; en otros, consigue que sus piezas encuentren un lugar y que el espectador mire retrospectivamente la historia con otros ojos. Tal vez su mayor limitación sea confundir, en ciertos momentos, la complejidad con la opacidad. Pero sería injusto no reconocer lo que hay detrás de esa apuesta: el deseo de hacer una película distinta, de no recorrer siempre los caminos conocidos.
Y eso, en un cine que necesita ampliar sus posibilidades, tampoco es poca cosa. No todas las casas esconden un misterio que merezca ser resuelto. Esta, al menos, tiene la virtud de conseguir que queramos abrir la puerta.


