Los ojos desorbitados, la melena rubia chicoteada por el viento, los dientes apretados a punto de morder. Así era Klaus Kinski en un rodaje, en una escena y en la vida real. Psicópata, monstruo, depredador, mitómano, los adjetivos se suceden y no logran captar la desbocada existencia de uno de los actores más emblemáticos de los años 60, 70 y 80 del siglo pasado, quien rodó en el Perú dos de sus filmes protagónicos más importantes: Aguirre, la ira de dios (1972) y Fitzcarraldo (1982). Ambas películas dirigidas por Werner Herzog, quien lo convirtió en su ‘enemigo íntimo’, para parafrasear el título de un documental realizado en 1999, donde el director alemán define así al actor: “No era del todo normal, su carácter era diabólico… Juntos éramos como dos masas críticas que formaban una mezcla peligrosa al entrar en contacto”.
La relación explosiva entre Herzog y Kinski fue tal que —se dice— durante la filmación de Aguirre, en plena selva peruana, el actor tuvo un ataque de ira y abandonó el rodaje. El director no tuvo mejor idea que amenazarlo con un fusil para hacerlo volver a escena. Esto no evitó, por supuesto, que volviera a llamarlo diez años después para rodar Fitzcarraldo.
Más allá de las pantallas, la vida de Kinski fue también turbulenta: hijo de un farmacéutico y de una obrera, sufrió una infancia y juventud marcadas por la pobreza y la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, con ingresos a sanatorios e intentos de suicidio. A lo largo de su vida fue responsabilizado de diversos hechos violentos, pero la acusación más lapidaria llegó tras su muerte. En 2013, su hija mayor, Pola Kinski, reveló que su padre había abusado de ella, entre los cinco y diecinueve años.
El mito Kinski
Para José Carlos Cabrejo, crítico y director de la revista Ventana Indiscreta, las obsesiones del propio Herzog, interesado en personajes afectados mentalmente, coincidieron con la naturaleza de Kinski. Por eso, lo convirtió en su actor fetiche, pero mucho de lo que se ha dicho sobre la relación entre ambos puede formar parte de un mito.
“Hace uno o dos años, estuve en la presentación del documental Sepa, nuestro Señor de los Milagros, dirigido por Walter Saxer, quien fue productor de los clásicos de Herzog —cuenta Cabrejo—. Entonces, le pregunté sobre los conflictos en los rodajes y la respuesta de Saxer fue directa: ‘Eso es mentira. No pasó nada. Todo es falso’. Yo creo que la corporalidad y carnalidad que muestra Kinski en la pantalla fueron tales que uno toma por verosímiles historias que pueden ser fabuladas. Es decir, verlo interpretar al tipo alucinado que quiere encontrar El Dorado como en Aguirre, o hacer su ópera en la selva como en Fitzcarraldo, nos lleva a pensar que esas actitudes pueden trasladarse a su vida”.
El Spaghetti western
Pero más allá de las colaboraciones con Herzog, Kinski también destacó en el spaghetti western. Un especialista en el género es el crítico Gustavo Vegas, quien resalta la participación del actor en tres películas: Por unos dólares más (1965), de Sergio Leone, El gran silencio (1968), de Sergio Corbucci e Y Dios dijo a Caín (1970), de Antonio Margheriti.
“En El gran silencio hace uno de sus mejores papeles —dice Vegas—. Es un sujeto despiadado y maquiavélico capaz de dispararle a alguien, azotar su cadáver y arrastrarlo con un caballo. Esta película subvierte el género, porque triunfa el mal sobre el bien”. Sin ánimos de espóiler, Vegas recuerda la escena del duelo, cuando el personaje de Kinski clava una bala entre las cejas de su oponente, sin darle ninguna ventaja.
En esta película, como en su vida, Kinski hizo alarde de ferocidad. Pero esto no atenúa ninguna acusación póstuma contra un actor que en sus memorias escribió: “La creación es violenta. Nacer es un proceso violento. Una tormenta, un terremoto son movimientos violentos de la naturaleza. Mi violencia es la violencia de la vida”.


