Bruce Dickinson tiene 68 años y la preocupación por un tumor que ya no está. Once años antes, los médicos le sacaron de la base de la lengua lo que amenazaba con quitarle el oficio. Hace cuatro noches, aún se vieron las secuelas en el estadio Olímpico Atahualpa de Quito. Dickinson terminó la decimocuarta canción, “The Trooper”, y en lugar de flamear la bandera del Reino Unido, se detuvo y se fue a los camerinos. Cantó desde el backstage, regresó furioso y pidió que no encendieran bengalas porque, dijo, son veneno para su voz. Este sábado, en el Estadio Nacional del Perú, las bengalas regresaron, pero con otro desenlace.
La primera vez que Dickinson vino a Perú, en 2009, él mismo piloteaba el avión que trajo a Iron Maiden al Estadio Nacional. Su experiencia transportando tropas durante el conflicto en Afganistán fue más que suficiente. Esta vez viaja como pasajero, junto a su esposa. El resto de la banda tampoco pide un avión privado donde los rumores varían o se pierden entre “historias de la vida metalera”. Esta vez pasean, se toman el tiempo de ser turistas antes que músicos, para luego presentarse como leyendas más que como veteranos.
La noche del sábado, gente de todas las edades —y diferentes tratamientos capilares— llegó al Estadio Nacional con ropa negra, jeans y parches que muestran sus gustos musicales. Se colaron por cada rincón del recinto y esperaron la salida de Iron Maiden junto a The Raven Age, la banda encargada de encender la noche antes de que subiera la banda británica. El resto se resuelve con un ingreso al ritmo de riffs de guitarra y la inconfundible voz de Dickinson rompiendo el silencio con “The Ides of March”.
La Dark Army
Tan solo una semana atrás, mareas de adolescentes y niñas paralizaban la ciudad en busca de siete coreanos que hicieron tres sold out. Hoy, señores de melena variada buscan a su propio ídolo del sold out de último minuto. Si en el Estadio San Marcos se repartía agua para que las ARMY no sufrieran insolación, lo que aquí hay es cerveza en abundancia, la suficiente para lanzar por los aires vasos repletos, así como sostenes, correas y al metalero más flaco.
En el aire también aparecen condones inflados, una banderola improvisada y polos agitados al ritmo de “Killers”, “Phantom of the Opera” y “The Number of the Beast”, tema que desde su aparición en 1982 fue criticado por sectores religiosos, aunque el tema vaya por otro lado. “Nosotros cantamos sobre lo que pasó, sobre la historia”, menciona el artista, quien continúa con un tema que no se suele tocar en concierto, “Infinite Dreams”.
La escena avanza con el ingreso de un Eddie gigante que amenaza con cortarle el cuello al guitarrista, mientras otro ingresa para ver al público, que repite la postal de los grandes conciertos en Lima: los celulares grabando en lo alto mientras la otra mano sostiene una cerveza, que bien podría ser una ARMY BOMB en el caso de BTS o una pancarta como lo ocurrido en el concierto de Robbie Williams. Cuando llega el tema “Run to the Hills” —cuyo coro da nombre a esta gira—, todo queda terriblemente registrado, pues es difícil enfocar cuando se salta y se arman los grandes pogos en la cancha.
Un show a la altura
Para quien fue a los dos únicos conciertos de Iron Maiden en Lima, la experiencia de verlos esta vez es distinta: los fuegos artificiales son un clásico, así como las llamas; sin embargo, la pantalla transmite espíritus, retrata a la muerte, la destrucción de las calles, los campos de guerra, un combate aéreo protagonizado por Eddies, la cabina espacial y aquella figura icónica del Eddie calavera sosteniendo la bandera británica.
Los solos de guitarra son otro infaltable: preceden grandes temas y uno en particular se toma cinco minutos para evidenciar la maestría de sus 50 años de trayectoria. La nostalgia invade. Algún padre sostiene a su hijo mientras ve el pogo, al que sus responsabilidades ya no le permiten entrar. El calvo aún sacude la melena de sus recuerdos al compás de las palmas de la multitud. Y por otro lado, aún hay señores intentando descifrar cómo dejar de grabar con la cámara selfie de sus celulares.
El solo acaba y empieza “The Trooper”. Sobre el escenario, Dickinson aparece vestido como soldado británico del siglo XIX; lo acompaña un Eddie vestido para la ocasión que se roba las cámaras. Los pogos se reavivan, la cerveza vuela y, a diferencia de la experiencia ecuatoriana, no se ve ningún atisbo de bengalas.
El respeto rebelde
Luego del falso retiro, con el público coreando y pidiendo una canción más, Iron Maiden regresa para tocar “Aces High”, mientras los reflectores apuntan al cielo, emulando un Londres expectante ante un bombardeo aéreo. La música comienza y aún un señor sigue intentando grabar con la cámara frontal. El sudor es evidente en todos, condimentados con la pasión metalera, el cansancio y “finas hierbas”.
La noche sigue con uno de los temas más esperados del concieto. Dickinson aparece como sepulturero, con una linterna en una mano y el micrófono en la otra. Canta las primeras palabras de “Fear of the Dark”, la gente va armando las rondas, los vendedores de cerveza se ponen a buen recaudo y aquellas cuatro bengalas escondidas se preparan.
Si bien la petición fue no encender las bengalas, ningún headbanger rebelde entiende a la primera o a la segunda. Llega el coro y una bengala se enciende en Campo B; las otras tres, en Campo A. La gente se arremolina alrededor. Una de ellas es apagada rápidamente por el mismo público; el resto se mantiene. Dickinson observa y sigue cantando porque las bengalas están lo suficientemente lejos para no afectarlo y, además, el viento sopla en sentido contrario al escenario, alejando el humo.
Bien pudo ser el golpe de suerte de los metaleros peruanos, el momento preciso para sacarlos o la resignación de Dickinson, quien, tras concluir el siguiente y último tema, “Wasted Years”, da su veredicto: “¡Qué increíble noche! Tengan una buena semana, y la siguiente, y la siguiente. Tengan una vida increíble porque ustedes se la merecen. Regresaremos porque somos como James Bond”.

