Postergar una tarea importante suele relacionarse con la falta de disciplina, la pereza o las dificultades para organizar el tiempo. Sin embargo, el filósofo británico Simon May plantea una explicación diferente que invita a mirar más allá de los hábitos cotidianos. Según su análisis, las personas no siempre aplazan sus responsabilidades porque carezcan de objetivos, sino porque aquello que desean alcanzar tiene una importancia emocional tan grande que enfrentarse a ello puede generar miedo, inseguridad y dudas sobre sus propias capacidades.
Esta reflexión es el punto de partida de “¡Salta! Una nueva filosofía para vencer a la procrastinación", un ensayo publicado por Alpha Decay y traducido por Albert Fuentes. En esta obra, el autor cuestiona los consejos de autoayuda centrados en la productividad. En su lugar, propone comprender por qué evitamos nuestras prioridades y cómo afrontar esos bloqueos. Entre sus recomendaciones destacan adoptar una actitud lúdica, moderar la necesidad de reconocimiento, abandonar el perfeccionismo y prestar atención a las emociones que surgen cuando no avanzamos.
El miedo puede llevarnos a postergar lo que más deseamos
Para Simon May, el origen de la procrastinación no siempre está en la falta de voluntad. En ocasiones, una meta adquiere tanto valor que sentimos que nuestro bienestar y nuestra autoestima dependen de conseguirla. Esa presión puede convertirse en un obstáculo que nos impide comenzar.
“Cuando no hacemos lo que más queremos, a menudo es por una razón: el peso insoportable que tiene para nosotros esa gran prioridad vital”, explica el filósofo. El miedo a equivocarnos, a decepcionar a otros o incluso a alcanzar el éxito puede alimentar ese comportamiento. Así, aplazar una decisión permite mantener la ilusión de que algún día la cumpliremos sin afrontar todavía sus consecuencias.
Tener éxito no siempre significa cumplir nuestros sueños
May describe el caso de un abogado que consiguió una carrera destacada mientras preparaba su transición hacia el arte. Aunque estudió, acondicionó un taller y organizó su tiempo para crear, nunca terminó una obra.
El autor denomina este fenómeno “procrastinación triunfante”, porque una persona puede alcanzar grandes logros en un ámbito mientras evita aquello que realmente desea hacer. Incluso las técnicas habituales de productividad pueden resultar insuficientes cuando el problema tiene raíces emocionales.
La productividad constante también puede convertirse en una trampa
May considera que la sociedad actual está marcada por la exigencia de trabajar y demostrar continuamente nuestras capacidades. Esta mentalidad puede hacer que las personas midan su valor mediante sus logros, hasta el punto de convertir actividades como amar o criar a los hijos en obligaciones que también deben cumplirse con resultados.
A esta presión se suma la idea de que podemos controlar casi todos los aspectos de nuestra existencia. Cuando las cosas no salen según lo previsto, aparece la frustración y tendemos a responsabilizarnos por no tener suficiente fuerza de voluntad. Para el filósofo, esa culpa puede aumentar las dificultades para actuar, según informa la plataforma El Diario de España.
Convertir las tareas en juego ayuda a reducir la presión
Una de las estrategias de May consiste en imaginar que la actividad que más nos importa es una forma de entretenimiento o una pausa frente a otras obligaciones. Así, alguien que desea escribir una novela podría dejar de verla como una prueba definitiva de su talento y empezar a disfrutarla como una experiencia de exploración.
“Hay que centrarse en el disfrute y no en las recompensas que una tarea pueda traer cuando esté terminada”, explica. Esta actitud permite reducir la presión y dar espacio a la curiosidad, la espontaneidad y la experimentación, sin renunciar a la disciplina.
El aburrimiento y la atención pueden ayudarnos a cambiar
Aunque las redes sociales ofrecen distracciones constantes, no necesariamente resuelven el malestar que sentimos cuando evitamos una prioridad importante. Para May, el aburrimiento puede revelar conflictos relacionados con aquello que consideramos importante. Si aprendemos a escucharlo, puede transformarse en “una poderosa fuente de nueva motivación”.
Además, el filósofo considera que la atención es la herramienta más eficaz para avanzar. La define como “una concentración inmersiva, paciente y abierta en lo que tenemos delante”. Esta práctica permite recuperar el contacto con la realidad y comprender mejor nuestras dificultades. Por eso, concluye: “Si tuviera que elegir una sola técnica para superar la procrastinación, sería esta”.


