El Perú vuelve a mirar el mar con preocupación. Las proyecciones de las autoridades advierten que el calentamiento del Pacífico provocará lluvias intensas en el país. Incluso el Enfen estima –con 88% de probabilidad– que el fenómeno de El Niño tendrá una magnitud extraordinaria hasta enero y que sus efectos podrían extenderse hasta el otoño del 2027.
Ante este escenario, es cierto lo que distintas voces de la industria ya han señalado: necesitamos anticiparnos y proteger la infraestructura aeroportuaria para mantener las operaciones aéreas. Sin duda, uno de los mayores riesgos es que las lluvias dejen vías de acceso y aeropuertos inoperativos; pero el impacto no solo sería ese. La afectación también puede presentarse de formas menos evidentes, incluso cuando las pistas están en condiciones de operar.
Hace poco, el Senamhi advirtió sobre condiciones térmicas superiores a las habituales en distintas regiones del país, las cuales pueden limitar el peso de las aeronaves y, eventualmente, llevar a las aerolíneas a hacer ajustes en la cantidad de pasajeros o carga transportada. Es decir, un aeropuerto puede estar abierto y, aun así, enfrentar restricciones para mantener su operación habitual.
En las últimas semanas, hemos estado advirtiendo los efectos que las altas temperaturas podrían tener en nuestra operación en algunas ciudades de la sierra. En Ayacucho, por ejemplo, hace poco se llegó a los 30°C, no vistos hace años. Como aerolínea, estamos viendo posibles ajustes en nuestras rutas expuestas a estas condiciones, con el objetivo de anticipar posibles restricciones y reducir el impacto sobre los pasajeros.
Ante este escenario, es fundamental que el sistema aeroportuario sea capaz de adaptarse a las nuevas condiciones meteorológicas, con mayor flexibilidad horaria y mecanismos ágiles para realizar ajustes de itinerario; y que tenga la capacidad de anticipar posibles ajustes en los cronogramas de mantenimiento, considerando el deterioro que las lluvias intensas provocarán en las pistas.
Pero este desafío no puede ser solo nuestro. Autoridades, operadores aeroportuarios y aerolíneas debemos trabajar sobre escenarios de contingencia compartidos, que contemplen tanto la infraestructura como las condiciones necesarias para dar continuidad a la operación durante El Niño y después que sus efectos hayan pasado.
Esta preparación debe partir de que, cuando las carreteras se ven afectadas, el transporte aéreo toma un rol mucho más relevante aún para mantener conectadas a las regiones. Por eso, preservar la oferta aérea debe ser una prioridad. En un escenario donde el precio del combustible se ha duplicado, cabe evaluar incentivos temporales que contribuyan a estimular la demanda y sostener la oferta de vuelos, especialmente en zonas que puedan tener más afectación.
El objetivo es que todos los actores sepamos cómo responder cuando las condiciones cambien, sin tener que empezar recién cuando ocurre una emergencia. Frente a El Niño, el éxito de nuestra preparación no debería medirse únicamente por cuántos aeropuertos logramos mantener abiertos, sino también por nuestra capacidad de mantener conectados a los peruanos.

