El 26 de julio de 1872, mientras estaba descansando, el presidente Balta fue acribillado a balazos en el cuartel de San Francisco, en Lima. Poco después, su cuerpo, que también presentaba heridas de bayoneta, fue expuesto en el patio del cuartel. Finalmente, el cadáver fue cargado hasta la capilla de Santa Rosa de Viterbo, y luego a la casa de su familia. La reacción no se haría esperar. Al amanecer del 27 de julio, el cuerpo del coronel Tomás Gutiérrez y el de su hermano, acusados por el homicidio, iban a aparecer colgados de la Catedral de Lima. Los hermanos Gutiérrez, tratando de impedir la subida al poder de Manuel Pardo, y pensando en que perderían sus privilegios, iban a protagonizar uno de los episodios más espantosos en la historia peruana.
Cuando Ricardo Palma se enteró de la muerte de Balta, todo cambió para él. Había sido su secretario durante cuatro años. Había estado en la fortaleza del Real Felipe en 1866 durante el ataque de la flota española. Había salvado allí la vida al salir de la Torre de la Merced (donde murió José Gálvez) que minutos después fue destrozada. Había desembarcado en Guayaquil durante la guerra con Ecuador. Había participado en un asalto a la casa presidencial del presidente Castilla, liderado por José Gálvez. Había sufrido destierros y exilios.
Pero el mismo año de la muerte de Balta, en 1872, decidió que esa vida de combatiente había terminado. Ya que la acción había fracasado, lo que iba a hacer desde entonces era dedicarse a construir un país a través de las palabras. Recogiendo la serie de textos históricos que había iniciado unos años antes, publicó el primer volumen de las “Tradiciones peruanas”. Le faltaban algo menos de cincuenta años para morirse, y esa sería su misión.
Acaba de cumplirse un nuevo aniversario de Palma, muerto el 6 de octubre de 1919. Parques, calles y una universidad llevan su nombre. El doctor Oswaldo Holguín ha escrito una estupenda biografía y numerosos ensayos sobre su obra. En las antiguas casas de Lima, decía Raúl Porras, todas las familias tenían una colección de sus “Tradiciones”.
No las olvidamos. El alacrán de Fray Gómez, que se convierte en una alhaja para salvar la vida de alguien. Las genialidades de la Perricholi, cuando ella se baja de su carroza y se la ofrece a un sacerdote que va a oficiar la extremaunción. La historia del cañoncito cuando el presidente Castilla recibe el regalo y lo pone en su mesa advirtiendo que está cargado. Y uno de mis preferidos, “Un litigio original”, tema de un cuadro de Teófilo Castillo. El incidente ocurrió a fines del siglo XVII cuando dos carruajes de familias nobles se encontraron en una calle estrecha, cerca de la iglesia de San Agustín. Ninguno de los dos quiso dejar pasar al otro. Se arguyeron linajes nobiliarios de ambos lados. Los propietarios, el marqués de Santiago y el conde de Sierrabella, decidieron dejar en la calle sus carruajes hasta que la autoridad decidiera. El virrey, el conde de la Monclova, transfirió la decisión al rey. Para cuando esta llegó, años después, los dos carruajes estaban vandalizados y se habían podrido en la calle. Mucho de nuestra vida política se cifra en esta tradición.
“Gracias, viejo socarrón”, escribió Julio Ramón Ribeyro. La tragedia y el humor entrelazadas son la mejor forma de entendernos. Ya lo sabía quien fundó el Perú en las palabras.

