Las noticias no solo informan, también definen lo que una sociedad aprende a tolerar. Los noticieros repiten una y otra vez una violación o una muerte, pero rara vez informan qué sanción recibieron los responsables. El público retiene la agresión, pero no la consecuencia, y la impunidad termina pareciendo la norma. Por eso preocupa lo ocurrido en las últimas semanas, y sobre todo la rapidez con que dejamos de sorprendernos.
En agosto de 2023, en el colegio Saint George’s de Chorrillos, dos alumnos usaron inteligencia artificial para convertir fotos de sus compañeras en desnudos falsos y venderlos. Fue una advertencia de lo que un celular puede hacer en manos de un adolescente sin supervisión, y no la escuchamos. Tres años después, las agresiones dejaron la pantalla. El 15 de setiembre, un estudiante de 16 años del Liceo Naval Almirante Guise denunció haber sido agredido sexualmente por sus compañeros. Días después, el padre de uno de los investigados escupió a la prensa y calificó lo ocurrido como un juego. El 7 de octubre, en Talara, una alumna habría sido llevada con engaños por dos compañeras hasta un aula, donde un grupo de alumnos la habría agredido. Y el 20 de octubre surgió en el Liceo Naval una nueva denuncia, esta vez contra un profesor, por presuntos tocamientos a una alumna.
Todos los casos siguen en investigación, pero hay preguntas que no pueden esperar una sentencia. ¿Por qué nadie advirtió las señales a tiempo? La OMS alerta que la violencia sufrida en la infancia eleva el riesgo de depresión, ansiedad, consumo de drogas e incluso suicidio. Son heridas que no se cierran con el paso del tiempo.
Las cifras confirman que no son hechos aislados. Entre enero y setiembre de 2026, el SíseVe, la plataforma del Minedu para reportar violencia escolar, registró 2 907 reportes de violencia sexual, 29,4% más que en 2025. En 1 744 de ellos, el presunto agresor era otro estudiante. Los reportes de violencia física y psicológica también crecieron más de 20%. Son alertas, no sentencias, pero lo que sale a la luz es apenas lo que alguien se atrevió a contar.
Sería cómodo culpar solo al colegio, pero la escuela no reemplaza a la casa, y la casa ha cambiado. Según el INEI, el 68,3% de las madres peruanas forma parte de la población económicamente activa. En muchos hogares, padre y madre trabajan de lunes a viernes y los hijos quedan al cuidado de la abuela, la tía o la niñera. Pero en la práctica, quien más los acompaña es el celular. El mismo instituto reporta que, en el segundo trimestre de 2026, el 92,1% de los adolescentes de 12 a 17 años usaba internet.
El problema no es la tecnología, sino el tiempo de compañía que le quita a la familia y lo que un menor consume sin nadie a su lado. La Universidad de Carolina del Norte siguió durante tres años a adolescentes de 12 y 13 años. Quienes revisaban sus redes sociales más de 15 veces al día mostraron cambios en la forma en que su cerebro responde a la aprobación y al rechazo de los demás, justo en una etapa de pleno desarrollo. Otro estudio publicado en JAMA Pediatrics encontró que los jóvenes que admitieron haber ejercido violencia sexual reportaban mayor exposición a contenidos sexuales y violentos. Lo que un adolescente ve sin acompañamiento puede terminar replicándose con quien tiene al lado.
Ninguna aplicación enseña que el cuerpo del otro se respeta, que un “no” se acata y que mirar sin intervenir también es participar. Eso se aprende en casa. Los hijos no aprenden lo que les decimos, aprenden lo que nos ven hacer. Como escribió la filósofa francesa Simone Weil, la atención es la forma más rara y más pura de la generosidad.
Por ello, mi principal recomendación es que las familias reserven, desde que sus hijos son pequeños, un espacio diario sin pantallas para inculcarles valores, respeto y empatía. Cuando son los propios padres quienes no logran manejar sus emociones, pedir ayuda profesional no es una debilidad, es una responsabilidad. Los colegios deberían incorporar un curso sobre violencia, acoso escolar, respeto al cuerpo y uso responsable del celular, y si no lo hacen, esa conversación debe darse en casa. Al Estado le corresponde garantizar que cada denuncia tenga respuesta, sin importar el prestigio del colegio ni si fue anónima, y que las sanciones se conozcan con la misma visibilidad que los hechos.
La tecnología seguirá avanzando, y eso no depende de nosotros. Lo que sí depende de nosotros es criar con presencia, con valores y con empatía. El verdadero peligro está en que mañana leamos esto como una noticia más y sigamos con nuestro día. Si eso ocurre, habremos fallado todos. Y el precio lo pagarán las nuevas generaciones.


