Una persona puede comenzar a experimentar síntomas de ansiedad durante la adolescencia y pasar buena parte de su vida adulta sin recibir tratamiento. Puede acostumbrarse a vivir con preocupación permanente, miedo o insomnio y asumir que simplemente se trata de su forma de ser. Algo similar ocurre con otros trastornos: las adicciones pueden ocultarse durante años, la bipolaridad confundirse inicialmente con depresión y quienes padecen esta última pueden buscar ayuda recién cuando su funcionamiento cotidiano se encuentra seriamente comprometido.
En entrevista con El Comercio, Alfredo Saavedra Castillo, director general del Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado-Hideyo Noguchi, explica que este fenómeno es conocido como “retraso en el tratamiento”: el período que transcurre entre la aparición de los primeros síntomas de un trastorno mental y el inicio de una atención adecuada.
Los rangos que menciona proceden de investigaciones epidemiológicas internacionales y de estudios vinculados a la Iniciativa de Encuestas Mundiales de Salud Mental de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Estos muestran que la demora puede extenderse durante años e incluso décadas, dependiendo del trastorno.
—¿Cuánto tiempo pasa, en promedio, desde que una persona empieza a presentar síntomas de un trastorno mental hasta que recibe atención especializada en el Perú? ¿Qué ocurre durante ese período?
En el ámbito de la salud pública, uno de los indicadores más críticos para evaluar la efectividad de un sistema sanitario es el tiempo que transcurre entre la aparición de los primeros síntomas de una enfermedad y el inicio del tratamiento adecuado. En salud mental, este período suele ser dramáticamente extenso.
Diversos estudios epidemiológicos a nivel mundial, liderados por investigaciones de la Organización Mundial de la Salud a través de la Iniciativa de Encuestas Mundiales de Salud Mental, han documentado que los pacientes pueden padecer durante años, e incluso décadas, antes de recibir atención especializada.
Este fenómeno, conocido como “retraso en el tratamiento”, representa años de sufrimiento crónico, deterioro progresivo de la calidad de vida, pérdida de oportunidades laborales y académicas y un desgaste profundo en el núcleo familiar.
—¿En qué trastornos se producen las mayores demoras para recibir tratamiento?
Los trastornos que presentan las demoras más prolongadas son, paradójicamente, algunos de los más comunes. Los grandes estudios de la OMS revelan que una persona con trastornos de ansiedad —como fobias sociales, trastorno de ansiedad generalizada o ataques de pánico— puede tardar entre 11 y 20 años en recibir tratamiento.
Esta demora se explica principalmente por la normalización del sufrimiento. Muchas personas asumen erróneamente que la ansiedad constante o el miedo irracional son simplemente “su forma de ser” o un rasgo de su carácter y no buscan atención especializada.
—¿Qué ocurre con los trastornos por consumo de sustancias? ¿Por qué una persona puede tardar tanto en buscar o recibir tratamiento?
Los trastornos por uso de sustancias registran un retraso de entre 8 y 15 años. Una de las principales barreras es el estigma social y la negación de la propia adicción.
La persona afectada y, muchas veces, su familia pueden ocultar o minimizar el consumo problemático hasta que las consecuencias médicas, familiares, laborales o legales resultan difíciles de esconder. Ese tiempo sin intervención permite que el trastorno se consolide y sus consecuencias se acumulen.
—¿Por qué el trastorno bipolar puede ser difícil de identificar y tratar oportunamente?
El trastorno bipolar presenta uno de los cuadros más complejos, con un retraso diagnóstico y terapéutico que puede ubicarse entre 6 y 10 años.
Los pacientes suelen acudir al médico durante las etapas de profunda tristeza, pero muchas veces no reportan los episodios de euforia, aceleración o irritabilidad —hipomanía o manía— porque pueden considerarlos períodos de “alta productividad”, “mucha energía” o “buen humor”.
Esto puede llevar inicialmente a confundir el cuadro con una depresión y retrasar el diagnóstico correcto del trastorno bipolar y, con ello, el tratamiento adecuado.
—En el caso de la depresión, ¿qué explica que muchas personas no busquen atención desde los primeros síntomas?
En el trastorno depresivo mayor, el retraso oscila entre 3 y 8 años. Aunque hoy existe mayor información sobre la depresión, el primer contacto con un psiquiatra o psicólogo suele producirse cuando el paciente llega a un punto de quiebre.
Este puede estar caracterizado por una incapacidad severa para funcionar en su vida cotidiana, como ausentismo laboral o escolar crónico, o ante la aparición de ideación o intentos suicidas.
—¿Qué ocurre en cuadros más graves, como la psicosis o la esquizofrenia? ¿La atención suele llegar más rápido?
En condiciones graves como la psicosis y la esquizofrenia, la demora para iniciar tratamiento puede ubicarse entre 1,5 y 3 años.
Las causas van desde la falta de detección precoz en los establecimientos de atención primaria hasta el temor al estigma y las interpretaciones culturales de los síntomas, donde las alucinaciones o delirios pueden atribuirse a “sustos”, “brujería” o simplemente a una “rebelión adolescente”.
—¿Cuál es hoy el trastorno mental más subestimado en el Perú, aquel que afecta a muchas personas pero que las familias todavía confunden con “una etapa”, falta de carácter, rebeldía o estrés?
Los problemas psiquiátricos y conductuales más incomprendidos y que generan importantes brechas de atención son la depresión y la ansiedad generalizada, entre otros.
En la depresión, la fatiga constante, el aislamiento y el llanto repentino suelen justificarse como simple “cansancio” o “agobio pasajero”. También persiste la creencia de que se supera “poniendo de su parte”, etiquetando la apatía y el desgano como “flojera” o “falta de fortaleza”.
En la ansiedad ocurre algo similar. La persona puede vivir en constante preocupación, presentar tensión muscular, irritabilidad, taquicardia o insomnio, pero su entorno termina considerándola alguien “muy nervioso por naturaleza” o que “no sabe manejar la presión”. Esta normalización retrasa la búsqueda de ayuda.
—¿Qué tendría que cambiar para que una persona no espere tantos años antes de recibir ayuda?
Acortar estos años de espera es uno de los mayores desafíos para los sistemas de salud. Reducir esta brecha no depende solamente de construir más centros de salud mental o contratar más psiquiatras, sino también de una labor constante de psicoeducación, desmitificación y erradicación del estigma en todos los niveles de la sociedad.


