Iquitos, febrero de 1985: la multitud corea al Papa y Juan Pablo II devuelve el cariño en medio de su discurso: “El Papa se siente charapa”, afirma. El acento polaco no estorba. Acaso ayuda: ese hombre que viene de tan lejos acaba de convertirse en uno de los nuestros.Hay maneras de ganarse al público y luego está esta.
Juan Pablo II entendía la televisión. Una frase dirigida a quienes tenía delante llegaba lejos a través de las cámaras, a otras ciudades, otras familias. Su presencia otorgaba a una institución de siglos la cercanía de alguien que acaba de entrar en casa. El periodista estadounidense Bill Blakemore, jefe de la oficina de la cadena ABC en Roma, entre 1978 y 1984, lo describió como la primera superestrella de la aldea global. El Papa era el mensaje.
Aquel oficio ante las cámaras tenía detrás una larga historia de aprendizajes. Mucho antes de la televisión, la Iglesia había tenido que entenderse con otros ingenios capaces de llevar su mensaje más lejos y de poner en circulación palabras que escapaban a su autoridad. Cada oportunidad de hacerse escuchar traía también la necesidad de revisar cómo ejercer su influencia.
—Una historia incunable —
La imprenta había planteado ese desafío desde el siglo XV. Si una sola palabra añadida al credo (‘filioque’, que significa ‘y del Hijo’) había contribuido a un cisma, comprenderemos las razones para mirar con inquietud aquellos tipos móviles que permitían componer y multiplicar tantas otras. Las palabras podían viajar y nadie garantizaba que al llegar encontraran una interpretación autorizada.
El teólogo alemán Martín Lutero (1483-1546) tuvo en los textos breves y transportables un vehículo formidable para sus cuestionamientos. Sus críticas a las indulgencias encontrarían en la imprenta un vehículo formidable. La misma tecnología editorial había servido para extender una práctica y luego para difundir su impugnación.
Los sermones seguían escuchándose, pero la discusión prosperaba fuera del púlpito, alrededor de un impreso. De pronto, la palabra cabía en una mano. El lector podía detenerse, volver atrás, comparar y leer para otros. Roma respondió con vigilancia, censura y un índice de libros prohibidos, pero también imprimió para enseñar y extender su doctrina. Los talleres de Gutenberg imprimieron indulgencias papales antes y durante la elaboración de su célebre Biblia, terminada hacia 1455. Aquellos documentos constituían un negocio rentable.
En Lima, en 1584, el Tercer Concilio Limense hizo publicar la Doctrina cristiana en castellano, quechua y aimara. Evangelizar exigía traducir, organizar la enseñanza y encontrar las mejores palabras para dirigirse a otros pueblos. La tecnología que facilitaba la impugnación de Roma también sirvió para ampliar su presencia. A partir de entonces, desde los tipos móviles hasta la inteligencia artificial, la Iglesia católica y sus históricos pastores han sabido adaptarse a cada revolución tecnológica para difundir su mensaje, transformar su autoridad y redefinir su relación con los creyentes.

