Poco después de haber sido premiadas sus novelas, en el transcurso del último mes dos escritores han sido acusados de haberlas escrito con IA casi en su totalidad según la herramienta de detección Pangram: el canadiense de origen haitiano Thélyson Orélien (C'était ça ou mourir) y el peruano David Silva Rojas (Donde el agua trabaja). Algunos ven en este clima de sospecha permanente respecto de si un escrito ha sido elaborado o no por un ser humano la marca característica de nuestra era digital. El IApocalipsis se expresaría también como el inicio del final de la literatura: la fascinación de los profetas de la IA que anunciaban grandes promesas los conduce ahora a advertir que caminamos hacia la posible destrucción de la humanidad ya que, como en el incidente revelado por OpenAI, diferentes modelos de IA agéntica serían capaces de tomar iniciativas autónomas para desactivar sus propios sistemas de protección. Frente a ellos, y producto precisamente de la proliferación de estos escenarios distópicos, otro sector reclama la preservación de espacios en los que la creación humana esté asegurada. Y no faltan quienes proponen que cada libro que adquiramos contenga un sello de calidad “garantía 100% humano”.
¿Cómo repensar el acto de escribir en esta atmósfera vertiginosa? Por un lado, es importante alejarse del fantasma del autor solitario exento de toda influencia, como si hubiese que reivindicar un tipo de escritura pura en oposición con una escritura aumentada por fuentes externas y contaminada por herramientas tecnológicas. Del mismo modo, si la IA produce textos codificados a partir de la recolección de probabilidades y, por lo tanto, en realidad se autoreconoce al identificar en un texto combinaciones de palabras ya conocidas, entonces tampoco hay que someterse al fantasma que pretende asignarle plena legitimidad en el juicio sobre qué porcentaje de un texto ha apelado a su uso (los falsos positivos).
Por otro lado, en lugar de plantear el debate en los términos del uso indiscriminado de la IA o del imperativo de prescindir de ella, conviene establecer una frontera entre la colaboración en el proceso de producción de un texto y la delegación del acto mismo de escribir para la obtención mecánica de un producto acabado. En efecto, a lo largo de nuestra historia, los escritores han colaborado no solo con la “masa de lo vivido” como inspiración de su obra, sino con los autores leídos e integrados a su propio estilo, con la tradición oral, con los primeros lectores de sus borradores, con las sugerencias de sus editores dictadas muchas veces por la industria cultural. Y a estos colaboradores hay que sumar los soportes materiales que van de la pluma y el papel a la máquina de escribir y la computadora, del diccionario de sinónimos impreso al virtual.
Ahora bien, podemos inscribir la IA en esta larga historia cultural siempre y cuando siga siendo uno quien escribe; dicho de otro modo, siempre y cuando siga habiendo alguien a quien pueda imputarse el acto de escribir: siempre y cuando no se delegue este acto a una máquina. Solo así quien escribe seguirá siendo el responsable del gesto singular en virtud del cual, a decir del filósofo Maurice Merleau-Ponty (1908-1961), el acto de escribir unifica las palabras en un todo único que “se carga de pronto de un sentido que desborda en los demás”, y que traduce así un movimiento de introspección personal en un vínculo original e indisociable entre forma y fondo. Solo así la sintaxis particular de estos versos que leo o el sorpresivo giro en esta trama que sigo dejarán en mi memoria la huella rítmica que, como una respiración, ya no podrá confundirse ni reunirse algorítmicamente con otras.
Finalmente, es necesario que escritores, lectores y editores tomen la palabra en el marco de una deliberación pública en la que, como sugirió la pensadora Hannah Arendt (1906-1975), distingamos lo que podemos hacer gracias a los avances de la ciencia, de lo que queremos hacer (dimensión política) y lo que debemos hacer (dimensión ética). En la línea de esta decisión sobre si queremos y debemos extender o regular el perímetro de acción de las nuevas tecnologías, una ética de la escritura exigiría de todos los actores involucrados un diálogo honesto que acompañe el proceso de producción de un texto para saber en qué momento y para qué tareas específicas se colabora con la IA. El acto de escribir demanda, pues, un trabajo de resignificación que incluye necesariamente una reflexión ética, política y cultural sobre las diversas maneras como empleamos hoy el lenguaje en las esferas pública y digital.


