En 2023, visitamos por primera vez el Monasterio de Santa Teresa de Ayacucho para cubrir una noticia alentadora: un proyecto para catalogar y adecuar su depósito de obras de arte, presentado por el equipo de la Universidad de Ingeniería y Tecnología (UTEC) obtuvo los 250 mil dólares del Fondo del Embajador para la Preservación de la Cultura de la Embajada de los Estados Unidos. El reto era enorme. Por primera vez en 350 años, las religiosas dejaban entrar a especialistas en patrimonio y permitían estudiar una colección calculada entonces en 700 piezas de valor museístico.
Se quedaron cortos. Finalizado el proyecto, volvemos al monasterio para contemplar los resultados: una transformación literalmente milagrosa. Luego de tres años de trabajos, resultaron 1,700 las piezas catalogadas de un registro de 2500 pinturas, esculturas, textiles, mobiliario, joyería, imaginería, objetos utilitarios y numismática. Esta enorme producción proviene no solo de centros de producción local, sino de talleres mexicanos, españoles, italianos o flamencos, incluso muebles alemanes, loza francesa o mantones de Manila importados de Filipinas, entre otras piezas conservadas por la comunidad Carmelita, antes fuera de la vista del público.
La oportunidad de ver el antes y el después resulta conmovedora. Donde antes hubo una sala discreta con obras amontonadas, apreciamos una galería climatizada de impecable curaduría. Y en el coro alto, donde los muebles se apilaban y las monjas se turnaban cada noche para hacer guardia contra los ladrones sacrílegos, ahora nos recibe una sala envidiada por cualquier museo de arte religioso. Por cierto, ahora el monasterio cuenta con un circuito de veinte cámaras y un centro de monitoreo que les ayuda a sentirse más seguras.
Así se trabajó
El equipo investigó en cuadros icónicos como “La última cena”, que se exhibe en el templo, con Jesús y sus apóstoles rodeados por 21 religiosas carmelitas orando para la protección de la ciudad. Sobre la mesa, un cuy se acompaña por panes de la región, además de ajíes, frijoles y las uvas asociadas con la Eucaristía.
Como nos explica Andrés de Leo, investigador del Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio de UTEC, se trata del cuadro más célebre de la pintura ayacuchana, aunque su autor, Luis Carvajal, espera aún ser estudiado como merece. Pero también los especialistas investigaron piezas inéditas que hacen único a este monasterio, como los cuatro escritorios alemanes de uso civil construidos a fines del siglo XVI, cuya presencia en el monasterio resulta un misterio. O la pintura de la Virgen de Pomata realizada a fines del siglo XVIII, que bajo un repinte los rayos X muestran la presencia de un niño difunto colocado a sus pies a manera de ofrenda.
En estos tres años de operaciones, surgieron imprevistos que había que resolver. Por ejemplo, corregir el daño en las estructuras del monasterio causado por anteriores intervenciones, como una capa de concreto en el suelo que amenazaba la integridad del segundo piso y que hubo de reemplazar por ligera y más cálida madera. Asimismo, la escalera de piedra también se liberó de capas de cemento, devolviéndosele su diseño original, se eliminaron las filtraciones del techo, se resanaron paredes, recuperaron muebles, adecuaron instalaciones eléctricas e implementó estantería metálica para el depósito.
Ángeles y santos virtuales
En mi visita, observo atento las esculturas y pinturas coloniales. Algunos baúles sirven de originales vitrinas. Delicados bordados pueden verse tirando de iluminadas gavetas. Una de las monjas me señala orgullosa una serie de preciosos angelitos de tela. Me cuenta que acompañaban el nacimiento cada Navidad. “Lo hicieron nuestras madres antiguas”, dice. En efecto, además de las canónicas obras de arte, estas confecciones que las monjas atesoran (y cuyo vínculo ellas transmiten a las siguientes generaciones de religiosas), hacen aún más original y enriquecedora la experiencia en el monasterio.
La visita incorpora además 16 experiencias gratuitas de realidad aumentada, disponibles en el celular mediante códigos QR. Permiten conocer las imágenes obtenidas a partir de los estudios con rayos X sobre distintas obras, revelando detalles imperceptibles a primera vista. A las religiosas les divierte especialmente que sea la escultura de San Francisco de Borja, quien reciba virtualmente al público desde la escalera, antes de contar la historia del monasterio fundado en 1667.
¿Es replicable el modelo?
Hoy celebramos los resultados a la vista en el Monasterio de Santa Teresa de Ayacucho. Sin embargo, no podemos olvidar que muchas son las iglesias y conventos en la región cuyo patrimonio artístico se encuentra en permanente riesgo. ¿Cómo replicar el proyecto del Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio de UTEC en otros casos urgentes? Para sus investigadores, se trata de construir una relación con tiempo. Diana Castillo Cerf tiene una experiencia de 15 años trabajando en Cusco con la comunidad jesuita, mientras que su colega Andrés De Leo colaboraba con las madres carmelitas en Lima. “La confianza se gana poco a poco, a través del trabajo. Eso permitió que las madres finalmente nos dieran la oportunidad de conocer los rincones de su monasterio”, explica Castillo.
Si bien el Ministerio de Cultura debería asumir esta tarea de preservación, las religiosas nos contaban que funcionarios del ente oficial habían aparecido años antes solo para tomar fotos de las piezas más visibles, sin compartir luego ninguno de los resultados de su investigación. Como advierte De Leo, la desconfianza general en la gestión pública local hace parecer inviable abrir estas instituciones a una posible iniciativa estatal. Castillo prefiere pensar que valdría la pena imaginar iniciativas públicas y privadas conjuntas. “Pienso, por ejemplo, en proyectos privados con posibles financiamientos estatales. Creo que sí puede ser un modelo replicable, pero faltan las voluntades”, afirma.
Trabajo local
Según Andrés de Leo, es fundamental entender que todo el patrimonio que existe en el Perú no puede ser restaurado. “No hay capacidad financiera ni privada, ni pública, ni extranjera que pueda solventarlo”, explica. No obstante, proyectos como este permiten retrasar el deterioro natural. “Una intervención preventiva siempre será más barata. Los proyectos de prevención son un eje clave para conservar el patrimonio”. Como señala Castillo, de la austeridad surge la creatividad. “Nosotros hemos tenido muchas experiencias de trabajo muy económicas, pero con un efecto multiplicador a partir de soluciones creativas”.
Si pensamos que la construcción del aún inactivo Museo Nacional del Perú (MUNA) costó aproximadamente 550 millones de soles, proyectos como este, realizados con 250 mil dólares, nos hace pensar en la urgencia de soluciones creativas. Por ejemplo, el proyecto decidió trabajar solo con proveedores locales, lo que redujo costos en un 80%, si se hubiera preferido traer desde Lima. “Trabajamos de la mano con carpinteros, herreros, vidrieros y maestros albañiles ayacuchanos. Eso fue una gran experiencia, porque se ganaron habilidades y se generaron nuevas formas de ingreso”, señala De Leo. Ese ahorro permitió al proyecto invertir en la realización de manuales, la organización de talleres, la publicación de libros o el desarrollo de un software que funciona como repositorio de la información producida creado por estudiantes de la carrera de Ciencia de la Computación de la UTEC.