Lo que empieza con un apodo vejatorio o una humillación en el patio del colegio puede camuflarse bajo el típico —y peligroso —rótulo de “cosas de chicos”. Sin embargo, cuando estas conductas se toleran, la violencia puede escalar y adquirir una gravedad que va mucho más allá de un problema de disciplina.
El caso del Liceo Naval Almirante Guise vuelve a poner esta problemática en el centro de la discusión. Mientras seis adolescentes permanecen internados en Maranguita por la presunta agresión sexual contra un compañero, una nueva denuncia de ataque entre los propios investigados dentro del centro juvenil vuelve a encender las alarmas a puertas de una audiencia clave este 15 de octubre.
Sin duda, este caso reaviva una interrogante incómoda, pero necesaria de plantearse: ¿qué puede llevar a un adolescente a participar en una agresión extrema y qué señales suelen pasar inadvertidas antes de que la violencia alcance consecuencias graves? Para entender cómo influyen el entorno, la presión de grupo y la respuesta de los adultos, en Somos consultamos con especialistas.
Del “es una broma” a la violencia: ¿dónde está el límite?
La línea entre un conflicto cotidiano y una conducta violenta no siempre resulta evidente para los adultos, pero reconocerla es fundamental. Aunque el acoso escolar suele caracterizarse por la repetición de las agresiones y un desequilibrio de poder entre quien agrede y quien las recibe, la violencia no necesita reiterarse para ser grave.
“Una sola agresión grave puede ser violencia, aunque no cumpla con esa repetición. La línea empieza a cruzarse cuando la diversión depende del sufrimiento de otro, cuando hay humillación, miedo o coerción”, explicó el psicólogo Álvaro Álvarez, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
El criterio, por tanto, no depende únicamente de la intención que el agresor atribuya a sus actos, sino también de lo que ocurre con la persona que los recibe.
En algunos casos, la violencia escala progresivamente mientras el entorno se acostumbra al hostigamiento. En este proceso puede intervenir la desconexión moral, un mecanismo psicológico que permite justificar o minimizar conductas dañinas con argumentos como “solo estábamos jugando” o “se lo buscó”. Estas explicaciones reducen la percepción de responsabilidad y facilitan que el comportamiento continúe.
Por eso, detectar esta escalada exige prestar atención a señales que las familias y los colegios no deberían pasar por alto: humillaciones públicas, exclusión deliberada, acoso digital, amenazas o un aumento en la intensidad de las agresiones físicas. También es importante observar los cambios en la víctima, como el aislamiento, una caída en el rendimiento escolar, lesiones sin explicación o miedo a asistir a clases.
“Muchas situaciones extremas fueron precedidas por hechos que parecían menores. La prevención comienza cuando dejamos de esperar una lesión grave para aceptar que ya existía un problema”, enfatizó el psicólogo.
Cuando el grupo alimenta la agresión
Si una conducta violenta puede normalizarse cuando el entorno la minimiza, también puede agravarse cuando quienes la presencian la celebran o prefieren guardar silencio. En la adolescencia, la necesidad de pertenecer y obtener reconocimiento de los pares puede influir en las decisiones individuales hasta convertir una agresión en una forma de demostrar poder frente a los demás.
Según Álvaro Álvarez, el grupo tiene un peso importante en esta etapa porque allí se construyen la pertenencia, el reconocimiento y el estatus. Bajo esa influencia, un adolescente puede agredir para parecer valiente, demostrar lealtad o evitar ser visto como débil. Si golpear provoca risas o admiración, el problema no reside únicamente en la impulsividad individual, sino en aquello que el grupo premia.
Esta dinámica se intensifica cuando intervienen varios jóvenes en una misma agresión. Rosa Cornejo, psicóloga del Servicio Psicopedagógico de la Universidad de Piura, señaló que algunos adolescentes se involucran por temor al rechazo o la necesidad de ser aceptados. Además, cuando la violencia ocurre en grupo, la responsabilidad se diluye: “Cada participante puede pesar que su intervención es insignificante porque los demás también están involucrados. Sin embargo, la presión de los pares no elimina la responsabilidad individual”.
La participación, además, no se limita a quienes golpean. También es importante distinguir entre quienes agreden directamente, alientan, observan o defienden. Aunque sus responsabilidades—como precisó Álvarez—son distintas, sus reacciones condicionan el desenlace: la risa puede reforzar al agresor, mientras que grabar o compartir el video prolonga la humillación mucho después del episodio.
Sobre eso, la psicoterapeuta Liliana Tuñoque, de Clínica Internacional, advirtió que la presencia de una cámara puede transformar la agresión en una actuación para conseguir popularidad o reconocimiento. Quien graba o difunde las imágenes puede concentrarse en las reacciones que obtendrá y creer, equivocadamente, que su responsabilidad es menor por no haber agredido físicamente.
Por eso, ante una situación de violencia, la prioridad no debería ser sacar el celular, sino buscar ayuda, acompañar a la víctima y evitar que las imágenes circulen. Enseñar a los adolescentes a no reforzar ni difundir estas conductas es fundamental para impedir que el grupo termine convirtiéndose en el impulso que las hace escalar.
¿Qué hay detrás de una agresión extrema?
Si el grupo refuerza una conducta violenta, entender por qué un adolescente llega a participar en una agresión extrema exige mirar también sus circunstancias individuales y los entornos en los que se desarrolla. Y es que no existe una causa única ni un perfil predeterminado.
De acuerdo Álvarez, pueden intervenir factores como la impulsividad, la dificultad para regular emociones, los antecedentes de exposición a la violencia, las experiencias de victimización y la búsqueda de reconocimiento. Sin embargo, ninguno de ellos determina automáticamente que un adolescente vaya a agredir gravemente a otra persona. La clave está en analizar cómo se combinan estos elementos y qué circunstancias pueden aumentar el riesgo.
En esa evaluación, la familia importa, pero no explica por sí sola todo lo que ocurre. El psiquiatra Zeyd Khan, de Cleveland Clinic destacó que el entorno familiar influye en el aprendizaje de límites, el respeto por los demás y la gestión emocional. No obstante, también intervienen las relaciones con los pares, la experiencia escolar, la exposición a la violencia y la presencia —o ausencia— de adultos capaces de detectar señales de alerta e intervenir oportunamente.
Por eso, incluso en familias consideradas funcionales pueden presentarse estas situaciones, lo que demuestra que atribuir la agresión únicamente a la crianza es un error de diagnóstico social.
Esta perspectiva multidimensional permite comprender, además, cómo alguien puede continuar agrediendo pese al sufrimiento evidente de la víctima. Liliana Tuñoque aclaró que esto no implica necesariamente una falta de empatía estructural. En determinadas circunstancias, puede desconectarse emocionalmente de las consecuencias de sus actos, sobre todo cuando busca la aprobación del grupo o empieza a justificar lo que hace. Pensar que la víctima “se lo merece”, que “no es para tanto” o que “todos participan” puede reducir su percepción de responsabilidad y facilitar que la agresión continúe.
Por ello, como advirtió Cornejo, resulta peligroso recurrir de inmediato a etiquetas como “psicópata” o asumir que “todo viene de casa”. Reducir lo ocurrido a una sola causa impide identificar los factores que intervinieron y las medidas necesarias para prevenir nuevas situaciones.
“Comprender no significa justificar ni restar gravedad al hecho. Significa analizar qué ocurría con el adolescente, qué dinámicas existían en su entorno y qué oportunidades de intervención pudieron perderse. Solo así es posible diseñar respuestas que no se limiten a sancionar lo ocurrido, sino que también contribuyan a reducir el riesgo de que vuelva a suceder”, subrayó la psicóloga.
Antes de que sea demasiado tarde
Si la violencia no aparece necesariamente de un momento a otro, la pregunta es qué señales estamos pasando por alto antes de que una agresión alcance consecuencias irreparables.
Para el doctor Khan, el bullying, las amenazas, las peleas, la intimidación y la violencia física requieren atención, especialmente cuando se acompañan de cambios importantes de conducta, irritabilidad prolongada, aislamiento, síntomas de ansiedad o depresión y un descenso en el rendimiento escolar.
También debe alertar que un adolescente recurra persistentemente a las amenazas o reaccione con agresividad ante los conflictos. Aunque no toda conducta desafiante indica un trastorno, cuando el comportamiento se repite, daña a otros o afecta la vida familiar, escolar o social, no debería minimizarse como “cosas de chicos”.
Reconocer estas señales, sin embargo, es solo el primer paso. Cuando un adulto descubre que un adolescente está agrediendo a otro, la prioridad debe ser detener la violencia y proteger a la víctima. Después, corresponde establecer responsabilidades y consecuencias, pero sin confundir la corrección con la humillación.
“No basta con suspender al estudiante si luego regresa al mismo entorno sin que se hayan abordado los factores que sostenían su conducta. Es necesario evaluar los riesgos, escuchar por separado a los involucrados, informar a las familias y activar los protocolos escolares o recurrir a las autoridades competentes cuando corresponda”, sostuvo Álvarez.
También se deben trabajar la regulación emocional, la empatía, las creencias que justifican la violencia y las dinámicas del grupo. Las prácticas reparadoras pueden contribuir a ese proceso, siempre que no expongan a la víctima ni sustituyan las medidas de protección.
Esta respuesta debe contemplar, además, la posibilidad de rehabilitación. El psicólogo nos recuerda que “sancionar y rehabilitar no son objetivos opuestos”: incluso después de actos graves, la adolescencia ofrece oportunidades para trabajar en la rehabilitación y la reinserción. Las intervenciones especializadas tienen más posibilidades de favorecer cambios cuando involucran no solo al adolescente, sino también a su familia, la escuela y su entorno social.
Por el contrario, la persistencia de la violencia, el consumo problemático de sustancias, la vinculación con pares que delinquen, la desvinculación escolar y la falta de supervisión pueden elevar el riesgo de reincidencia.
Los límites consistentes, los vínculos significativos y las oportunidades reales de reinserción son parte de la respuesta. Responsabilizar a un adolescente, por tanto, no significa darlo por perdido, sino exigirle que asuma las consecuencias de sus actos y acompañar un proceso de cambio.
Pero esa responsabilidad no recae únicamente en quien agrede. También interpela a las familias, los colegios y una sociedad que con frecuencia espera a que ocurra una tragedia para reconocer la gravedad de las señales previas. Álvarez recalcó que, antes de una agresión extrema, pueden haberse acumulado burlas, humillaciones, exclusión, amenazas, golpes y silencios colectivos que normalizaron la violencia.
Si los compañeros se ríen y ningún adulto interviene, el grupo aprende que esa conducta tiene cabida. Por eso, la prevención exige enseñar a los estudiantes a pedir ayuda y defender a quien está siendo agredido, involucrar a las familias y garantizar que los colegios detecten las señales y activen oportunamente los protocolos, incluidas las rutas del Ministerio de Educación y el sistema SíseVe en el Perú.
No se trata de convertir cada burla en un delito, sino de dejar de confundir la tolerancia con la prevención. Una humillación no siempre terminará en una agresión extrema, pero eso no significa que debamos esperar a que ocurra para intervenir. Cuando el entorno aprende a reírse del sufrimiento, guardar silencio o mirar hacia otro lado, la violencia encuentra espacio para crecer.
Por eso, la verdadera prevención empieza mucho antes de que sea demasiado tarde: cuando las familias dejan de justificar el daño, los colegios actúan ante las primeras señales y los adolescentes aprenden que la aceptación de sus compañeros nunca debería depender del sufrimiento de otra persona.


