El Perú suele hablar de su riqueza mineral como si estuviera ahí abajo, esperando a que alguien llegue con una perforadora y la saque. Me refiero al cobre, oro, plata y ahora también de litio, grafito, tierras raras y otros minerales que empiezan a adquirir importancia a medida que el mundo electrifica su economía. La discusión sobre ellos recién suele comenzar cuando aparece una empresa interesada en explorar o cuando un proyecto promete miles de millones de dólares en inversión.
Pero hay una parte previa de esa historia que recibe bastante menos atención. Antes de extraer un recurso hay que encontrarlo, y antes de encontrarlo hay que conocer el territorio. Esa tarea requiere ciencia.
Un mapa geológico puede parecer, a primera vista, una pieza de información bastante modesta, pero en realidad contiene años de trabajo de campo, análisis de muestras, interpretación de estructuras y datos que permiten entender cómo se formó una determinada parte del territorio. Cuando esa información se cruza con estudios geoquímicos, geofísicos, imágenes satelitales y modelos computacionales, empieza a ser posible identificar zonas donde tiene sentido buscar determinados recursos.
La tecnología detrás del mapa
La tecnología está haciendo que ese trabajo sea cada vez más preciso. La geofísica aérea permite estudiar grandes extensiones sin necesidad de recorrerlas metro por metro; la geoquímica ayuda a detectar concentraciones anómalas de elementos que pueden delatar la presencia de un depósito; las imágenes satelitales permiten observar estructuras que desde el suelo resultan difíciles de distinguir; y los modelos de prospectividad mineral pueden combinar todas esas capas de información para estimar dónde existen mayores probabilidades de encontrar determinados recursos.
Es decir, estamos aprendiendo a hacer mejores preguntas al subsuelo. Y eso tiene un valor económico que solemos subestimar.
En Estados Unidos, un análisis publicado por el American Geosciences Institute a partir de miles de usuarios de mapas geológicos estimó retornos de inversión que van desde 7 dólares por cada dólar invertido hasta casi 35 dólares en determinadas zonas con infraestructura o recursos de alto valor. El cálculo incluye usos que van mucho más allá de la minería, como agua, construcción, transporte, planificación territorial y gestión de riesgos.
El dato merece atención porque cambia la forma en que deberíamos mirar el presupuesto destinado a la ciencia geológica. Un mapa es un producto científico que puede reducir la incertidumbre para quien decide dónde invertir, ayudar a determinar dónde construir infraestructura y aportar información para gestionar riesgos naturales.
El caso peruano
El Perú tiene además una razón bastante evidente para tomarse esto en serio. Seguimos siendo una potencia minera y tenemos grandes extensiones del territorio cuya información geológica todavía puede mejorar. Ingemmet, el servicio geológico del Perú, acaba de incorporar 31 Áreas de No Admisión de Petitorios que abarcan más de 289 mil hectáreas, con evidencias favorables para cobre, oro, hierro, plata y molibdeno. La información generada por sus estudios queda disponible como insumo para la exploración y la inversión.
Ese es precisamente el tipo de infraestructura científica que un país minero debería tratar como inversión económica. Y es también, no por casualidad, la misma entidad que hoy debe tener más recursos para seguir haciéndolo.
El instituto que vela por la geología tiene actualmente un presupuesto institucional de apertura de unos S/68,6 millones para 2026. El propio Ministerio de Energía y Minas señala entre las actividades previstas para este año la generación de nuevos datos geoquímicos, la identificación de nuevas áreas prospectivas y la actualización del potencial geológico del país.
En un país que busca atraer decenas de miles de millones de dólares en inversión minera, la pregunta que deberíamos hacernos es si estamos invirtiendo lo suficiente en saber qué tenemos. No conozco una buena razón para responder que sí.
Infraestructura de conocimiento
El Perú tiene uno de los territorios geológicamente más interesantes del planeta, pero todavía invertimos demasiado poco en conocerlo. Y mientras la demanda mundial por minerales críticos aumenta, conocer mejor nuestro subsuelo puede ser una ventaja que se vuelve más valiosa con cada año que pasa.
Aumentar el presupuesto de Ingemmet no debería presentarse como una concesión a la comunidad científica ni como un gasto adicional de una institución pública. Debería discutirse como lo que es; inversión en infraestructura de conocimiento.
Si queremos decidir mejor qué extraer, dónde construir y dónde invertir, primero necesitamos saber qué tenemos debajo de los pies. Para un país con nuestra riqueza, esa debería ser una prioridad bastante menos secundaria de lo que ha sido hasta ahora.
