Fundado el 3 de enero de 1956 por un grupo de empresarios y profesionales encabezado por Enrique Pardo Heeren, el Club de la Banca y Comercio nació en el edificio del Banco Continental, en el Centro de Lima. En 1977 se trasladó a San Isidro y, tras superar el atentado de 1992 y distintas dificultades económicas, inauguró su actual sede en el 2009. Con ese legado, Isabel Arias, su flamante presidenta y la primera mujer en ocupar el cargo, plantea una gestión orientada a fortalecer los vínculos entre sus asociados y abrir el club a nuevos perfiles.
—El Club cumple 70 años. ¿Cuál ha sido su principal aporte?
El Club es parte de la historia empresarial del país. Fue fundado el 3 de enero de 1956 en el Banco Continental por un grupo de visionarios que tenían algo muy claro: sin amistad y confianza no hay negocios ni progreso. Nombres como Enrique Pardo Heeren, Ricardo Bentín o Aurelio García Sayán resaltan como miembros. Durante 70 años ha sido el lugar donde se cruzan generaciones de empresarios. Su mayor aporte ha sido mantener viva esa confraternidad. En un mundo donde todo es digital, la confianza personal vale más que nunca.
—¿Qué representa que una mujer asuma por primera vez la presidencia?
Un nuevo capítulo. Yo entré a fines de los 80 y fui la primera socia mujer. En esa época, que un club de banca le abriera la puerta a una mujer era una decisión de avanzada; es algo que habla muy bien de este Club. Hoy, casi 40 años después, me eligen como primera presidenta. No lo tomo como un logro personal, sino como una responsabilidad. Dice mucho de nuestra institución: que entendemos el futuro y que valoramos la inclusión como criterio, no como moda. Mi trabajo es dejar la puerta aún más abierta de lo que la encontré para que vengan más presidentas.
—¿Qué lo diferencia de otras instituciones?
Su historia y la calidad humana de su gente. No somos un club masivo. Somos una institución con 70 años, con una sede propia de 960 m² en pleno corazón de San Isidro, en Santo Toribio, y con una identidad muy clara: aquí se cultivan relaciones que duran décadas.
—¿Cuáles serán las prioridades de su gestión?
Fortalecer y crecer. No voy a administrar nostalgia. Vamos a actualizar esa amistad que nos fundó. Queremos pasar de 120 a 300 socios, traer jóvenes, fintechs, emprendedores y muchas más mujeres ejecutivas. Revitalizar la actividad y hacer que el socio quiera venir todos los días.
—¿Cómo va a lograr pasar de 120 a 300 socios?
Mostrando valor. Las nuevas generaciones necesitan espacios donde la relación personal pese más que un chat. Vamos a buscar activamente a empresarios jóvenes, a ejecutivos de tecnología y finanzas, y a las familias de nuestros actuales socios. Tenemos un legado de padres a hijos, como la familia Carriquiry, con don Pablo Carriquiry Maurer y su hijo Pablo Carriquiry Blondet, seis veces presidente. En mi caso, ese legado también tiene un significado muy especial. Mi padre, don Jesús Arias Dávila, fue socio del Club de la Banca y Comercio. Fue él quien me acercó a esta institución y me transmitió el valor de pertenecer a ella, de cultivar amistades y de mantener vivos los vínculos que nos unen. Gracias a él, este Club también se convirtió en parte de mi propia historia. Ahora queremos que ese legado también sea de madres a hijas e hijos.
—¿Qué le ofrece el Club a un joven empresario hoy?
Lo que más escasea: confianza. Vivimos hiperconectados, pero con pocos lugares para construir relaciones de verdad. Aquí un joven puede sentarse con un empresario que ya pasó por tres crisis. Esa conexión entre experiencia e innovación es nuestro diferencial.
—¿Cómo aprovecharán la sede de San Isidro?
Tenemos una joya poco aprovechada: 960 m² en Santo Toribio. Es una ubicación privilegiada. Vamos a potenciarla para reuniones empresariales, encuentros y confraternidad. Que sea una casa viva, no solo un local.
—El Club sobrevivió a una bomba y a crisis económicas. ¿Qué lecciones dejan estos episodios?
Que somos resilientes. En 1992, un carro-bomba destruyó nuestra sede de San Isidro. Nos reconstruimos con Jorge Roeder. Luego vino la crisis de locales y deudas. Si sobrevivimos a crisis y hasta a una bomba, es porque la fortaleza no está en los ladrillos, está en la gente.
—¿Qué legado deja el señor Julio Salazar, quien fue presidente por más de 10 años?
Julio asumió hace 14 años, en el 2011, para enfrentar grandes retos. Fue un verdadero mecenas. Con su directorio hizo una gran gestión: resguardó el patrimonio y logró sanear las finanzas. Nos deja la valla altísima y una institución ordenada y con futuro. Le he pedido que se quede como Past President. Cuento con él y con directores de lujo muy experimentados.
—¿Por qué es importante el legado familiar?
Es nuestra esencia, somos una posta generacional. El caso Carriquiry es el mejor ejemplo. Queremos que esa tradición continúe, pero ampliada: que nuestras hijas y nietas también sientan que esta es su casa.
—¿Cómo imagina al Club en los próximos años?
Como un Club de 300 socios, diverso, activo, con jóvenes y mujeres liderando. Que conserve el prestigio de 70 años, pero conectado con la nueva economía. Que vuelva a ser referente.
—¿Qué le diría a quien no conoce el Club?
Que nos vengan a conocer. Somos parte de la historia empresarial del Perú, pero no vivimos del pasado. Estamos abriendo el Club a nuevas ideas e integrando nueva gente. Hace 70 años sus fundadores se juntaron por amistad para forjar futuro y hoy nos toca a nosotros. Nuestro propósito es que los próximos 70 años empiecen hoy.


