Durante las tres semanas que duró el rodaje de la parte histórica de “El pintor de los milagros”, su actor principal y músico, Omar Cruz, procuró mantenerse descalzo. A sus compañeros de reparto les pareció una extravagancia, de esas que atribuyen a los actores del método, pero para él era importante acostumbrarse a sentir las piedras y las ramas del fundo de Chincha, donde interpretó al hombre esclavizado que pintó la imagen del Señor de los Milagros. Sus pies debían moverse ante la cámara con la naturalidad de alguien habituado a trabajar en el campo. Desde que llegaba a maquillarse intentaba prescindir del calzado, aunque las jornadas de grabación eran largas y esforzadas, sobre todo en las coreografías de pelea que inevitablemente le dejaban pequeñas heridas en las plantas de los pies.
Había, además, una razón íntima, más mística, para andar sin zapatos, y tenía que ver con su salud. Días antes de viajar a Chincha, Cruz sufrió un intenso dolor lumbar que no se le iba con nada. “Era tan fuerte que no podía caminar”, recuerda. Para complicar las cosas, le sobrevino una gripe y hasta se le hinchó un brazo. Parecía premiado por la mala suerte. El primer día de rodaje necesitó inyecciones. Mientras rumiaba esos malestares, un colega actor le hizo una pregunta que lo dejó pensando: si ya le había pedido permiso al pintor y a Dios para interpretar al personaje. Caminar descalzo adquirió entonces el sentido de una penitencia, como la de quienes avanzan de rodillas hacia un altar. “Todo para que el pintor me diera el permiso”, dice Cruz con una sonrisa.
La película, que se estrena este 29 de octubre, construye una ficción alrededor de un vacío histórico en el que pocos reparan: quién fue en verdad el hombre esclavizado autor del mural que dio origen a la devoción más grande del país. La tradición le ha asignado un nombre, Pedro Dalcón, conocido también como Benito, un angoleño cuya célebre pintura sobrevivió al terremoto del 13 de noviembre de 1655, en plena era virreinal. Ese fue el inicio de todo. “El pintor de los milagros” es dirigida por Álex Hidalgo, el mismo de “Vaguito”, ese improbable taquillazo nacional sobre un perro que espera a su amo en la orilla. En esta nueva historia, la acción va del presenteal siglo XVII y su protagonista no tiene nombre. “En la película me dicen solo Pintor”, cuenta Cruz sobre este trabajador del campo cuyo talento está a la vista de todos, en el Santuario de Las Nazarenas, en el Centro de Lima.
Problema de representación
Aceptar el papel, sin embargo, le exigió resolver primero algunas dudas comprensibles en un actor afroperuano. “Me acuerdo de que me pregunté mucho: ¿por qué mi primer protagónico no puede ser el de un abogado que liberó a alguien?”. Antes había rechazado propuestas televisivas en las que reconocía un estereotipo racial. “Es la típica de que te llaman para que hagas del negro payaso”, recuerda. Prefería esperar, aunque eso significara ajustarse económicamente, antes que aceptar personajes con los que no estaba de acuerdo. “Siento que hacer personajes afroperuanos ya de por sí carga cierta responsabilidad social, cierta responsabilidad con mi comunidad”, sostiene. Fue después de conversar con colegas y con el propio director que encontró el centro de su interpretación: el pintor era, ante todo, un hombre de talento.
Sus reparos tienen un contexto. Los protagonistas afroperuanos han ocupado un espacio muy limitado en el largometraje nacional. Historias como la de María Elena Moyano en “Coraje” o la de Jefferson Farfán en “La Foquita: el 10 de la calle” son referentes de una presencia que todavía resulta excepcional. Cruz quisiera ampliar ese horizonte: interpretar a alguien que viaja, inventa, sueña; personajes cuyas vidas no estén determinadas únicamente por su origen. Reconoce también el esfuerzo de los actores que lo precedieron por conseguir papeles dignos. “Yo quiero tener la libertad de interpretar cualquier papel”, proclama.
El Señor de los Milagros, en cambio, siempre formó parte de su vida. Su abuela Dora cantaba en los homenajes que acompañaban las procesiones, y él iba con ella por Barranco y Chorrillos. Dos de sus tíos eran cargadores. De la tradición recuerda las alfombras de flores, la comida, el incienso y los bebes que los adultos alzaban hacia el anda. “Cuando mencionan al Señor de los Milagros, lo primero que se me viene a la cabeza es mi abuela”, cuenta. De joven fue católico y catequista. Hoy describe su espiritualidad como una conexión que permanece, aunque ya no dependa de la asistencia a una iglesia.
Dora también lo acercó al escenario. Mientras su padre esperaba verlo jugar fútbol (entrenó en las divisiones menores de Alianza Lima hasta cerca de los dieciséis años), ella lo inscribió a escondidas en un taller de teatro. Su primera obra fue una adaptación de “La caperucita roja”, en la que interpretaba a un narrador que confundía los cuentos y provocaba las correcciones del público infantil. Todavía recuerda el momento de abrir el telón y recibir en la cara la luz caliente del reflector. “Cuando sentí eso me dije que quería hacer esto toda mi vida”. //


