Cuando un colegio cita a unos padres porque su hijo ha agredido a un compañero, la reacción habitual es defenderlo: “Mi hijo jamás haría eso”. “Lo provocaron”. “Son cosas de chicos”. Lo mismo ocurre cuando el hijo es la víctima: muchos padres asumen que no hizo absolutamente nada. En ambos casos prevalece la misma convicción: mi hijo no puede estar equivocado.
Proteger al agredido es indispensable. Pero si queremos reducir el bullying, también debemos mirar al agresor. Con frecuencia no es el origen de la violencia, sino un eslabón más de una cadena. Descarga sobre otros el maltrato, la humillación, el rechazo o el abandono que él mismo vive. Comprenderlo no significa justificarlo; significa intervenir donde nace el problema.
También conviene abandonar la imagen de la víctima impecable frente a un agresor perverso. Hay niños y adolescentes que, sin merecer jamás el acoso, contribuyen a deteriorar la convivencia difundiendo chismes, revelando secretos, humillando compañeros, excluyendo a otros o provocando constantemente. Nada de ello justifica el hostigamiento, pero ignorarlo impide educar para relaciones más sanas.
Los padres no deberían actuar como abogados defensores de sus hijos, sino como educadores. Antes de buscar culpables, necesitan comprender qué ocurrió, qué responsabilidades tiene cada uno y qué aprendizajes deja el conflicto. Educar no consiste en demostrar que nuestros hijos siempre tienen razón, sino en ayudarlos a reconocer sus errores, reparar el daño cuando corresponda y desarrollar la empatía que les permita romper, en lugar de perpetuar, la cadena de la violencia.

