Las primeras palabras de agradecimiento del papa León XIV, tras ser elegido Romano Pontífice, fueron en castellano. En ese momento, su intelecto se trasladó espiritualmente a aquellos lugares donde fue auténticamente feliz y nada pudo contener que el castellano fluyera dócilmente de sus labios mientras acurrucaba en la memoria a su Chiclayo querido. Todos vuelven a la tierra en que nacieron, dice el vals que tanto debió escuchar el Santo Padre en el Perú, quien no nació aquí, pero decidió ontológicamente hacerse peruano. Volverá a la tierra que no le dio la vida, sino a la que él decidió entregarle buena parte de la suya.
Todavía emocionan las imágenes de la visita de Juan Pablo II, pero creo que podríamos estar al frente de una más emotiva con León XIV. No viene un desconocido carismático que intentará comprender nuestros sentimientos y nuestras costumbres. Viene aquél que las conoce al punto de tener un archivo fotográfico que brota de peruanidad, ya sea desde las tortas de galletitas y serpentinas hasta a ser recluido en una prisión imaginaria a cambio de una donación en una kermés. Vuelve el misionero que llegó a Chulucanas en 1985 y que aprendió el oficio pastoral en nuestro país. Así que el Perú recibe a uno de sus hijos adoptivos más ilustres, uno que tiene DNI y hasta SIS.
Pero también vuelve el sacerdote que comprende los dolores comunes que afligen al Perú, sus carencias y sus traumas. Porque pudo ponerse en la vanguardia para enfrentar las inundaciones en el norte –arremangado, anegado y con botas de hule–, porque también entendió que había que reconciliar al país y reunió firmas para crear la Comisión de la Verdad en tiempos donde la jerarquía eclesiástica era tan ajena a entrar en esos temas. Porque combatió las precariedades de la pandemia con tantísimas iniciativas que todavía quedan en la memoria de su gente. No llega un ermitaño que se fue a la montaña a contemplar, sino un pastor que entendió nuestras fragilidades, alguien a quien no necesitamos explicarle nuestras tristezas para reconocerlas.
Llega también a un país remecido por las denuncias de víctimas de abuso en contra de sus pastores. Llega al país donde el Sodalicio y muchas otras instituciones produjeron heridas hondas que muchos no olvidan, aunque otros pretendan –incluso esta misma semana– enterrarlas. Ojalá la visita permita, al menos, sanar más heridas.
Intelectualmente llega, también, aquel lúcido pensador que debe haber escrito uno de los textos más hermosos que interpela el uso de la inteligencia artificial. En un mundo que parece tan dispuesto a recibir esta tecnología sin reparos, el Pontífice unió a su bando a humanistas del mundo entero, dispuestos a ir a la batalla con él, a no claudicar en la búsqueda de la belleza, a no reconocerle conciencia ni juicio moral a una tecnología que no la tiene, y a alertar sobre las desigualdades patentes que ya produce. Llega el peruano más universal, “uno di noi” (“uno de nosotros”), ojalá estemos a la altura.


