El republicano Ron DeSantis, gobernador de Florida, calificó lo ocurrido el supermartes de las elecciones intermedias en Estados Unidos como el impacto de un “meteorito” sobre su partido político. No solo eso, DeSantis, quien acuñó la frase “Don’t Say Gay” (“No digas ‘gay’”), propuso el uso de armas sin permiso legal y caracterizó veladamente de “mono” a su contendiente afroamericano, también añadió la palabra “extinción” al panorama que vino luego del contundente triunfo demócrata. No es difícil imaginar a dinosaurios corriendo sin cabeza por los pasillos de la Casa Blanca mientras sus diestros adversarios se disponen a tomar por asalto las dos cámaras, sumado a los distritos tradicionalmente republicanos, como Texas, cuyos votantes latinos repudiaron en las urnas la brutalidad del monstruo ICE.
Para los estrategas demócratas de la campaña del 2024, donde DeSantis disputó la nominación presidencial con Donald Trump, el gobernador de Florida era aún más peligroso que su contendor. El análisis anterior contemplaba su inteligencia, su terco conservadurismo y sus habilidades camaleónicas que le permitieron evadir el reciente meteorito electoral para, luego, reaparecer en los medios portando una narrativa de resistencia atrincherada, cuya finalidad es convertirlo en el candidato idóneo del 2028. Mientras este político no oculta sus ambiciones, incluso teniendo al dinosaurio mayor aún tibio en la Casa Blanca, republicanos de la talla de Mitt Romney que se negaron a ser parte de la comparsa de quien petardeó el partido fundado por Abraham Lincoln señalan que la prioridad es la corrección de rumbo de su asociación política y de la nación. Todo esto sin olvidar las políticas erráticas, la impulsiva guerra a Irán, la violencia de ICE, la asociación con Epstein, el abandono a los aliados, el mimo a los enemigos y las gravísimas acusaciones de corrupción que penden sobre Trump.
Al Partido Republicano le queda una larga travesía por el desierto del arrepentimiento y la ambición desmedida, mientras se desintoxica del veneno que “el presidente más peligroso de la historia de EE.UU.” –dijo Bernie Sanders– le inoculó en el corazón. Es Sanders referente político de la nueva generación de demócratas que hoy nos vuelve a sorprender con su lucidez. Para él, el trumpismo nació de la falla del Partido Demócrata que por mucho tiempo dejó a su suerte a las familias trabajadoras. Esta situación, según el veterano congresista, no puede continuar en la coyuntura de una gran riqueza acompañada de la desigualdad y del declive de la democracia norteamericana. Es, en este complicado momento, cuando el partido de Franklin D. Roosevelt debe pasar de las palabras a la acción y, para ello, el tema fundamental es la apuesta por la vida. En breve, Sanders apunta a la defensa de un sistema de salud para todos, un programa de vivienda para los más vulnerables, el acceso a la educación universitaria, el control de ICE, una moratoria a la construcción de centros de datos para la inteligencia artificial y una reforma tributaria bien pensada que repare un hogar común devastado por el “yo primero” del presidente rey.
Sorprende, en este cambio de era, tan sangrienta y aleccionadora a la vez, la sincronía de una multiplicidad histórica que emerge para dar esperanza a una república que enfrenta la tiranía de un demente. El renovado discurso político que apunta al bienestar material de una nación sedienta de justicia e igualdad se expresa en el empoderamiento de mujeres en la política, donde debuta Deb Haaland, nativa americana, elegida gobernadora de Nuevo México. Al mismo tiempo, se visibilizan nuevos liderazgos con raíces profundas en la dramática historia de EE.UU., como el senador electo por Georgia, Jon Ossoff, formado en la tradición del movimiento de los derechos civiles. Y qué mejor manera de celebrar el simbólico meteorito de esta semana que recordando la hermosa frase del grandísimo Walt Whitman: “Mantén tu rostro siempre hacia la luz del sol y las sombras caerán detrás de ti”. El miedo dando paso a la esperanza.


