Octubre en el Perú tiene un sabor inconfundible: el del turrón de Doña Pepa. Basta caminar por las calles de Lima para encontrar vitrinas repletas de este tradicional dulce cubierto de miel, grageas y confites multicolores. En las oficinas nunca falta quien lleva una caja para compartir, en las reuniones familiares se convierte en el gran protagonista y, por las tardes, un trozo parece el acompañamiento perfecto para el café.
Es uno de esos momentos del año en los que el placer y la tradición se encuentran alrededor de la mesa. Pero ¿qué ocurre cuando, después del último bocado, aparece un inesperado sentimiento de culpa?
Para muchas personas, el disfrute dura apenas unos minutos antes de dar paso a pensamientos como “no debí comer tanto”, “mañana empiezo la dieta” o “tengo que quemar estas calorías”. Y, con el verano a la vuelta de la esquina, la presión por lucir un cuerpo “perfecto” y el temor al juicio ajeno pueden intensificar todavía más ese remordimiento.
Cuando comer deja de ser un placer y se siente como una falta
Más allá de ser un postre, el turrón de Doña Pepa representa una tradición cargada de recuerdos, afecto y sentido de pertenencia. Sin embargo, ese vínculo emocional puede verse empañado cuando el placer de comer se enfrenta a una serie de reglas sobre lo que supuestamente deberíamos o no consumir.
Según la psicóloga Jane Cabrera, del Servicio Psicopedagógico de la Universidad de Piura, detrás de ese conflicto suele existir una forma rígida de clasificar los alimentos como buenos o malos. Cuando una persona come convencida de que está cometiendo una falta, deja de concentrarse en el sabor y el disfrute para anticipar las consecuencias de su elección. Así, la experiencia se transforma en una lucha entre el deseo y el remordimiento.
La diferencia, explicó en conversación con Somos, está en cómo interpretamos lo ocurrido. Pensar “comí demasiado turrón” supone reconocer una conducta y prestar atención a las sensaciones físicas, como la saciedad o la pesadez, para decidir cómo cuidarnos. En cambio, sentir que “hice algo mal” implica emitir un juicio sobre uno mismo, que puede despertar culpa y convertir una elección alimentaria en una medida del propio valor personal.
Esta asociación también se refleja en expresiones cotidianas como “pequé con el postre” o “mañana tengo que quemar lo que comí”. Aunque suelen pronunciarse casi automáticamente, estas frases revelan hasta qué punto hemos incorporado una dimensión moral a nuestra alimentación.
“Hemos convertido la alimentación en un código moral y religioso, donde comer se juzga como un pecado o una falta de virtud y donde el cuerpo es visto como un objeto que requiere castigo o penitencia”, advirtió.
De esta manera, la comida deja de vivirse como una fuente de nutrición, placer y cultura para convertirse en motivo de vigilancia constante. En lugar de escuchar las necesidades del cuerpo, terminamos relacionándonos con la alimentación desde el miedo y la exigencia.
El círculo de la prohibición
Cuando la comida empieza a dividirse entre lo permitido y lo prohibido, restringirse puede parecer la mejor manera de mantener el control. Sin embargo, esa rigidez puede provocar justamente el efecto contrario: intensificar los antojos y dificultar la regulación de lo que comemos.
Para la nutricionista Giulianna Saldarriaga, de Clínica Internacional, prohibirse constantemente determinados alimentos puede hacer que ocupen cada vez más espacio en nuestros pensamientos y aumente el deseo de consumirlos. A ello se suma un componente físico: comer muy poco o saltarse las comidas también puede incrementar el hambre y llevarnos a comer más de lo previsto.
“Me prohíbo comer, aumenta el deseo, termino comiendo más de lo pensado, siento culpa y vuelvo a restringirme para compensar”, señaló la especialista al describir una dinámica que no responde necesariamente a una falta de voluntad, sino que puede ser consecuencia de una restricción excesiva.
A este mecanismo se añade la manera en que interpretamos nuestras decisiones. De acuerdo con la doctora Nancy Vega, directora médica de Mapfre Perú, frases como “ya arruiné la dieta” o “el lunes empiezo de nuevo” reflejan un pensamiento polarizado de “todo o nada”, que cataloga las elecciones alimentarias en éxitos o fracasos.
Bajo esta lógica, comer algo considerado prohibido puede generar la sensación de haber echado a perder todo el esfuerzo. Y, si la dieta ya se percibe como un fracaso, la persona puede sentir la necesidad de seguir comiendo más de lo que había planeado, con la promesa de volver a restringirse después.
La necesidad de compensar
Sin embargo, la culpa no siempre termina en el remordimiento. Para algunas personas, comer algo que consideran prohibido despierta la necesidad de corregir una supuesta falta, como saltarse el desayuno, reducir drásticamente lo que comen al día siguiente o hacer ejercicio en exceso para compensar las calorías consumidas.
Según Jane Cabrera, detrás de estas conductas existe una lógica de castigo que busca recuperar el control y aliviar la ansiedad. Lo que aparentemente podría interpretarse como disciplina o autocuidado se convierte en una forma de penitencia que puede reforzar el mismo ciclo de privación y malestar.
En esta misma línea, la psicoterapeuta Liliana Tuñoque explicó que estas respuestas también pueden ser impulsadas por el miedo a subir de peso. Además, advirtió que, cuando estas conductas se vuelven recurrentes, pueden constituir señales de riesgo de trastornos de la conducta alimentaria, como la bulimia nerviosa.
“El problema es que ese castigo suele aumentar el malestar emocional y cuando estamos angustiados, podemos buscar alivio en la comida y experimentar nuevamente culpa”.
Así, el intento de reparar lo que se comió puede terminar alimentando aquello que se pretendía evitar: una relación con la comida marcada por la ansiedad, el control y el autocastigo.
Cuando el miedo a engordar se sienta a la mesa
A esta relación conflictiva con la comida se suma un factor que cobra especial fuerza en octubre: la proximidad del verano. Mientras el turrón ocupa las mesas peruanas, también comienzan a multiplicarse los comentarios sobre las dietas, el gimnasio y la necesidad de “ponerse en forma” para lucir ropa de baño.
Para Jane Cabrera, esta presión estacional intensifica la culpa al enfrentar dos mensajes contradictorios: una tradición que invita al disfrute y una exigencia social de ajustarse a determinados estándares físicos. Así, el turrón puede dejar de percibirse como parte de una celebración y convertirse en una amenaza para la propia imagen corporal, alimentando el miedo al cambio físico o al rechazo de los demás.
A esta visión se suma María Vittoria Passaro, docente de Psicología en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), quien advirtió que las expectativas sobre el cuerpo en verano suelen condicionar nuestras decisiones al comer. Sin embargo, enfatizó que disfrutar de un turrón ocasional no define nuestros hábitos de salud, ya que la clave está en elegir con consciencia, sin culpa y conectando con el placer del momento.
Cómo romper el ciclo y recuperar una relación más saludable con la comida
Disfrutar de una porción adicional de turrón durante una celebración no significa necesariamente tener una relación problemática con la alimentación. De acuerdo con Cabrera, la diferencia está en la flexibilidad con la que vivimos estas experiencias y en cuánto llegan a condicionar nuestro bienestar.
Las señales de alerta aparecen cuando los pensamientos sobre qué comer, qué evitar o cómo compensar lo consumido ocupan buena parte del día. También cuando surge ansiedad antes de una reunión social por miedo a perder el control o se recurre repetidamente a la comida para intentar aliviar el malestar emocional.
Pero ¿por dónde empezar si llevamos meses repitiendo el mismo ciclo de restricción, antojo, culpa y castigo?
Para la psicóloga, “el primer paso para romper este ciclo no es cambiar de dieta, sino de actitud hacia uno mismo”.
Esto supone, en primer lugar, detener el impulso de compensar lo que se ha comido y cuestionar la idea de que cada elección alimentaria debe ser un éxito o un fracaso. Y es que disfrutar de algo que nos gusta no debería convertirse en un privilegio que tengamos que merecer ni en una deuda que debamos pagar después.
También nos invita a mirar más allá del plato. En lugar de preguntarnos “¿por qué no me controlé?”, podemos hacerlo desde la curiosidad y la autocompasión: “¿qué necesitaba en ese momento?”. Reconocer las emociones, incluso las desagradables, y aprender a gestionarlas sin recurrir constantemente a la restricción o a la comida como única fuente de alivio permite recuperar una mayor libertad de elección.
No debemos olvidar que, si la ansiedad, las prohibiciones o las conductas compensatorias persisten y comienzan a afectar nuestra vida cotidiana, buscar acompañamiento profesional resulta importante para recuperar una relación más saludable con la alimentación y con el propio cuerpo.
Porque hoy puede ser un pedazo de turrón y en diciembre una tajada de panetón. Cambiarán las celebraciones, los sabores y las excusas para reunirnos alrededor de la mesa, pero el verdadero desafío seguirá siendo el mismo: aprender a disfrutar de la comida sin convertir cada gusto en una culpa ni cada bocado en una deuda con nuestro cuerpo.


