Esta puede ser una escena cotidiana en muchas personas: se levantan, van al trabajo, regresan a casa y en lugar de descansar empiezan a avanzar pendientes, ordenan espacios que ya fueron acomodados previamente y que no lo necesitan o activan la lavadora de noche solo para sentir que no están desperdiciando el tiempo. Y es que muchas personas tienen la necesidad de distraerse todo el tiempo y parecen imparables. Aunque para algunos esto puede demostrar aburrimiento o energía excesiva, la verdad es otra. La psicología analizó qué hay detrás de este comportamiento y los expertos coinciden en que pueden estar reprimiendo emociones sin darse cuenta. Aquí te brindo más información.
Buscar evadirse o tener un refugio emocional
La psicología señala que la necesidad constante de distraerse o de mantener una ocupación permanente suele funcionar como un mecanismo de evitación frente a pensamientos, emociones o silencios incómodos.
Y es que mantener la mente ocupada con estímulos o tareas continuas evita conectar con preocupaciones postergadas, duelos, ansiedad o un malestar personal difícil de nombrar. El silencio o el tiempo libre obligan a la introspección, la cual puede resultar intimidante.
Además, estados de ansiedad elevada o falta de descanso crónico saturan la memoria de trabajo y dificultan que la persona permanezca presente en una sola actividad.
La psicóloga Erin Sánchez explicó en Psicología y Mente que este hábito se relaciona con el “síndrome de la vida ocupada”, el cual la persona se exige en ser mejor y siempre está atareado con distintas responsabilidades cada día.
“Es una afectación observada en un amplio número de personas que sienten la necesidad constante de tener que hacer algo, de no poder parar o descansar, de estar continuamente hiperestimuladas”, se lee.
Presión social y búsqueda de validación
El estar reprimiendo emociones sin darte cuenta también se puede manifestar con una dificultad para llorar o expresar vulnerabilidad, restar importancia a lo que duele o sentirte agotado sin entender por qué. Aquí se suma que mantener la mente ocupada se vuelve una forma de evitar conectar con lo que llevas dentro.
En muchas culturas, tener la agenda siempre llena o estar ocupado se interpreta erróneamente como un símbolo de estatus, ambición o alta capacidad, lo que refuerza el hábito externamente. Y es que se transmite la idea de que el aburrimiento o no hacer nada es sinónimo de fracaso.
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