Una semana antes del 30 de agosto, las filas para ingresar al Convento de Santa Rosa de Lima, en el Centro Histórico, ya ocupan todo el patio y alcanzan el pórtico de este templo de la fe, construido por la Orden de los Dominicos en 1669. La mayoría de visitantes son escolares que proceden de distintos puntos de la capital: Breña, Comas, San Juan de Lurigancho. Todos llegan con una carta bajo el brazo y la ilusión de que la primera santa de América les conceda un deseo.
La imagen, más allá del contexto festivo, habla de la vigencia y trascendencia de una mujer que, casi cinco siglos después de su nacimiento, sigue convocando multitudes en busca de consuelo, esperanza y la posibilidad de que sus plegarias sean escuchadas.
LA FE INTACTA
Dentro del Santuario y Casa Museo de Santa Rosa de Lima, en la primera cuadra de la avenida Tacna, sobreviven los espacios donde la religiosa pasó buena parte de su vida y que hoy permiten acercarse a su historia de una manera íntima. Allí están la ermita, un pequeño lugar de retiro y oración que construyó junto a su hermano Hernando; su habitación y la antigua enfermería, donde atendía a los enfermos; además de una capilla que conserva objetos de uso cotidiano, altares ornamentados y obras de arte virreinal inspiradas en su vida.
El lugar que concentra la mayor atención es el pozo de los deseos. Tiene unos 20 metros de profundidad y, desde hace siglos, los fieles arrojan allí cartas con sus peticiones y agradecimientos. Niños y adultos viven la experiencia con la misma emoción: se acercan, dejan caer sus escritos, se toman fotos y continúan con su recorrido. Un ritual que, en tiempos de Internet, se resiste a desaparecer.
Para fray Alejandro Maquera, religioso de la Orden Dominica y director de radio Santa Rosa, la devoción hacia la santa limeña no ha perdido fuerza con el paso del tiempo. Por el contrario, considera que su figura sigue ofreciendo respuestas en una sociedad que atraviesa momentos de incertidumbre. “La fe de nuestro pueblo se mantiene”, sostiene.
En Santa Rosa reconoce, además, a una persona que fue capaz de desafiar las circunstancias de su tiempo y convertirse en una figura de unión. “Más allá de la santa mística y penitente, fue una mujer cercana al prójimo, compasiva y decidida a seguir su vocación en una época en la que el papel de la mujer estaba relegado a un segundo plano”, afirma fray Alejandro.
Recorrer el convento nos permite conocer una parte fundamental de la historia del Perú virreinal. Maquera comenta que este no es únicamente un legado religioso, sino un patrimonio de la ciudad y del país, pues Santa Rosa se ha convertido, dice, en una de sus grandes embajadoras. “Conservar este lugar es conservar uno de los lugares emblemáticos, creo yo, de nuestra patria”, afirma.
En ese sentido, destaca el reciente descubrimiento del antiguo Hospital del Espíritu Santo, cuyas estructuras son incluso anteriores a las actuales construcciones del santuario (más información en el recuadro). Hoy, la comunidad busca abrir esos tesoros al público a través del museo, mientras se realizan trabajos de recuperación y puesta en valor.
ROSA Y LA CIUDAD
Existen otros lugares en el cuadrante del Centro Histórico que nos transportan a distintos pasajes de la vida de Isabel Flores de Oliva. En el cruce de los jirones Ica y Chancay, se levanta la Iglesia de San Sebastián, donde Santa Rosa fue bautizada en su histórica pila bautismal. Este elemento es uno de los tesoros más valorados del templo, porque allí también se bautizó a San Martín de Porres y otros ilustres personajes peruanos, como Francisco Bolognesi. Un lugar que conecta los primeros pasos de la santa limeña con el camino que la llevaría a convertirse en patrona de América y las Filipinas.
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El recorrido nos conduce luego al cruce de los jirones Camaná y Conde de Superunda, donde se ubica la Basílica y Convento de Santo Domingo, que culminó hace tan solo un año un proceso de restauración. En este lugar reposan los restos de Santa Rosa, en un mausoleo subterráneo ubicado dentro del convento. Como última voluntad, la figura religiosa expresó su deseo de unirse a la Orden Dominica: “Hago donación de mi cuerpo a mis hermanos dominicos”. Hoy, siglos después, ese deseo permanece intacto.
La ruta culmina muy cerca de la Plaza de Armas, en el remozado Pasaje Santa Rosa. Construido en la década de 1940, este paseo peatonal ha atravesado distintas etapas y usos hasta recuperar hoy parte de su antiguo esplendor. Sus cafés y restaurantes lo han convertido en un punto de encuentro para limeños y visitantes, ideal para hacer una pausa y cerrar esta caminata tras las huellas de Santa Rosa por el Centro Histórico. //
