Las ya álgidas relaciones entre la Unión Europea y Rusia han alcanzado un nuevo nivel desde el pasado 1 de setiembre, cuando Alemania atribuyó a Moscú un intento de atentado ocurrido a inicios de agosto contra el aeropuerto de Leipzig/Halle. El episodio, que involucró drones cargados con explosivos, ha provocado una nueva ronda de acusaciones, represalias diplomáticas y amenazas de mayores sanciones contra el Kremlin.
El intento de ataque al aeródromo, una infraestructura con un modesto tránsito civil pero clave para la OTAN y el apoyo logístico europeo a Ucrania, causó el despliegue de una serie de medidas por parte de Berlín, como el cierre del consulado general de Rusia en Bonn a partir del 18 de setiembre y la rescisión de un centro cultural ruso en Berlín.
Adicionalmente, anunciaron mayores restricciones a ciudadanos rusos que viajen a Alemania y medidas para poner mayor presión a la ‘flota fantasma’ rusa, una escuadra de barcos - principalmente petroleros - bajo el control del Kremlin que navegan bajo la bandera de terceros países para evadir las sanciones contra Moscú.
Consultado por El Comercio, Enrique Banús, director del Instituto de Estudios Europeos de la Universidad de Piura, indicó que el episodio debe ser entendido dentro de una estrategia rusa más amplia de guerra híbrida que busca, entre otras cosas, presionar a Europa para que detenga su apoyo a Ucrania.
“Se trata básicamente de una guerra psicológica, donde se busca sembrar miedo, inseguridad y la impresión de que en cualquier momento pueden intervenir también de una manera más brutal”, explicó.
Por su parte, el internacionalista Miguel Mackay, ex ministro de Relaciones Exteriores, consideró que más que apuntar a los países europeos, el propósito del ataque apunta a provocar una respuesta por parte de Washington.
“(Rusia) busca abrir un frente adicional al escenario de vulnerabilidad que ya existe, pensando en la política internacional del gobierno de Donald Trump, que está muy preocupado por acabar las guerras como la de Rusia con Ucrania y la del estrecho de Ormuz con Irán”, señaló. “Lo que ha hecho en Leipzig es crear una suerte de ámbito paralelo, un guión más para desestabilizar el frente europeo, que Estados Unidos tiene que atender como miembro líder de la OTAN y para eso ha elegido a Alemania como el espacio más importante de la Unión Europea”.
El incidente
El intento de atentado en el centro de todo este debate ocurrió el pasado 4 de agosto, cuando un dron con explosivos fue descubierto en la zona de carga del Aeropuerto de Leipzig/Halle, cerca a donde la aerolínea de carga ucraniana Antonov Airlines tenía estacionados cuatro de sus aviones. Una aparente falla en el detonador de la bomba evitó que el incidente pasara a mayores.
No fue el único dron encontrado ese día y las autoridades sospechan que un segundo vehículo aéreo no tripulado pudo haber colisionado con un avión de carga de DHL que se había visto obligado a abortar su aterrizaje después del cierre de las pistas. El aparato sufrió daños menores y tuvo que ser desviado. Adicionalmente, investigadores descubrieron un tercer dron con explosivos diez días más tarde, informaron medios alemanes.
Tras exhaustivas indagaciones, el gobierno alemán anunció el 1 de setiembre que Moscú estaba detrás del atentado. “Las investigaciones policiales, los métodos empleados y la información de los servicios de inteligencia demuestran una responsabilidad rusa en el intento de atentado contra el aeropuerto de Leipzig”, afirmó el ministro alemán del Interior, Alexander Dobrindt.
Si bien el gobierno alemán no ha revelado mucho sobre los culpables del incidente, medios del país como el diario Süddeutsche Zeitung reportaron que un ciudadano ruso con un pasaporte letón y un hombre bielorruso están bajo sospecha de haber participado en el incidente. El periódico señaló que las autoridades tienen pocas esperanzas de llevar a estos sospechosos ante los tribunales, ya que abandonaron rápidamente el territorio de la comunidad europea.
El incidente se suma a una larga lista de episodios similares que han aquejado al gobierno alemán y otros países europeos sobre los cuáles se sospecha la influencia de Moscú. Estos sucesos incluyen ciberataques, incursiones de drones e incluso el traspaso del espacio aéreo de la Unión Europea por aviones rusos.
Las negaciones de Putin
Moscú rápidamente rechazó la acusación en su contra. El presidente ruso Vladimir Putin afirmó que no existen pruebas que demuestren la responsabilidad de su país y acusó a las autoridades alemanas de utilizar el episodio con fines políticos. “El canciller se encuentra en una posición difícil a nivel político. No goza de la confianza de sus ciudadanos”, dijo el mandatario ruso al referirse a Friedrich Merz.
Putin también sostuvo que Berlín habría “plantado unas pruebas” para culpar a Moscú y vinculó las acusaciones con las próximas campañas electorales regionales, incluida la de Sajonia-Anhalt, donde las encuestas dan la ventaja al partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD).
Para Banús, precisamente el contexto político alemán puede ser una de las claves para comprender el episodio, con el experto recordando que en el este de Alemania, donde se vio ubicado el aeropuerto de Leipzig, existen fuerzas de extrema derecha que mantienen posiciones más favorables a Rusia.
“Con sus declaraciones (en torno a la popularidad de Merz) quizá Putin se está delatando y revelando su deseo de intervenir en las elecciones, porque le conviene un gobierno (de la ultraderecha) en la región, que además de sus simpatías hacia Rusia sería también un factor desestabilizador muy fuerte para el país”, planteó Banús.
La respuesta europea
La acusación también ha causado el despliegue de toda la maquinaria política de la Unión Europea y la OTAN, con mandatarios de países desde Francia hasta Finlandia condenando el incidente. Incluso Hungría, cuya condición como uno de los socios más cercanos de Rusia en la alianza se revirtió durante las últimas elecciones, resaltó el peligro creciente de las acciones de Moscú.
“Los incidentes ocurridos recientemente en Alemania muestran un patrón de un comportamiento cada vez más peligroso e imprudente, que supone una seria amenaza para la seguridad y la resiliencia europeas”, señaló la ministra de Exteriores de Hungría, Anita Orbán, en la red social X.
No solo han sido posturas políticas, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en conjunto con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, aseguraron que la presión contra Moscú continuará o incluso podría “aumentar” en los próximos días mientras advertían que este tipo de ataques a estructuras críticas formaban parte de “una nueva normalidad” que tendrá que lidiar la UE.
“Son ataques cada vez más peligrosos: incursiones recurrentes en nuestro espacio aéreo, drones que paralizan nuestros aeropuertos, interferencias en nuestras infraestructuras críticas”, indicó la presidenta de la Comisión Europea. “Los europeos nos enfrentamos a la dura realidad de que esta es la nueva normalidad. Debemos dar un paso adelante. Y eso significa estar preparados para responder a la temeridad de Rusia con mayor rapidez y eficacia”.
La forma en que las naciones europeas responderán ante las amenazas rusas fue entrando en forma el miércoles en la tarde, cuando la alta representante de la UE para la Política Exterior y Seguridad, Kaja Kallas, reveló que la unión de naciones está preparando su “mayor paquete de sanciones” hasta la fecha, con 1.600 medidas dirigidas contra el complejo militar-industrial de Rusia que buscarán “impedir que puedan fabricar los misiles que matan a ucranianos cada día”. La alta funcionaria confió en poder presentarlas el próximo octubre.
El incidente también ha vuelto a poner sobre la mesa una de las medidas más delicadas a disposición de la Unión Europea, que es el eventual uso de los activos rusos congelados para apoyar a Ucrania. La propuesta cuenta con respaldo de algunos gobiernos, pero continúa siendo objeto de debate dentro de la UE.
Para Banús, el problema europeo en cómo lidiar con Rusia sigue siendo el grado de consenso. “Todo el mundo está de acuerdo (sobre las represalias), pero en grados diferentes”, explicó. Las diferencias entre los gobiernos hacen que la Unión Europea tenga dificultades para reaccionar con la rapidez necesaria ante las acciones de Moscú.
“La Unión Europea entra ahora en la ronda número 22 de sanciones y resulta preocupante que lleven ya tantas rondas sin entrar todavía en algunos temas más sensibles”, notó.
Las opciones de Moscú
La respuesta de Rusia puede producirse en varios niveles. El primero sería diplomático, donde Moscú podría aplicar una política de reciprocidad y cerrar instalaciones alemanas en territorio ruso, como el consulado alemán en San Petersburgo.
Para los expertos, el escenario más preocupante es que el Kremlin continúe profundizando las operaciones de guerra híbrida, algo que ya hemos visto en los últimos meses. Alemania y otros países europeos han denunciado ciberataques, sabotajes, incendios, incursiones de drones y violaciones de su espacio aéreo que atribuyen a Rusia. El mismo 1 de setiembre, drones de origen desconocido ingresaron al espacio aéreo de Estonia y Letonia y provocaron la movilización de cazas de la OTAN.
Para Banús, existe un elemento novedoso en este nuevo conflicto, que es la la pérdida de la ambigüedad que tradicionalmente ha acompañado a estas operaciones.
“Es como si ambas partes estuvieran diciendo: ‘Sí, somos nosotros’”, remarcó. Previamente, Rusia solía negar su participación y los gobiernos occidentales eran cautelosos a la hora de atribuir directamente las operaciones a Moscú. Ahora, en cambio, Alemania ha señalado públicamente a Rusia y el Kremlin ha respondido de manera igualmente directa.
“Se están quitando una cierta máscara y ya no necesitan recurrir tanto a la retórica de la no escalada”, añade Banús. Para el experto, esa mayor claridad puede ser útil para identificar al responsable, pero también representa un riesgo porque elimina parte de los mecanismos de contención diplomática.
El aparente silencio desde Washington
El papel de Estados Unidos es, precisamente, una de las principales incógnitas en esta situación, ya que mientras Alemania, la UE y la OTAN han reaccionado con dureza a las acciones rusas, Washington no ha mostrado hasta ahora una respuesta pública de la misma magnitud.
Para Mackay, esto puede ser deliberado, señalando que la administración de Donald Trump tiene como una de sus prioridades poner fin a los conflictos internacionales, particularmente la guerra entre Rusia y Ucrania y la confrontación en Medio Oriente contra Irán, algo que requiere una mano cauta.
“Estados Unidos seguramente debe medir a discreción y no asumir ningún vector confrontacional, porque eso es lo que menos quiere”, consideró el experto, quien señaló que las próximas elecciones estadounidenses de término medio en octubre, donde se decidirá la composición del Congreso y el Senado, crean otro punto de presión contra la actual administración de Trump.
Moscú conocería esa necesidad. Por ello, según Mackay, si bien Alemania fue el blanco inmediato del ataque, la mira de Rusia era crear un nuevo foco de tensión en Europa que pueda convertirse en una herramienta para presionar a Washington.
“El objetivo de Moscú es crear un frente que pueda provocar a Estados Unidos, llamar su atención y crear las condiciones para conseguir una verdadera mesa de negociación donde obtenga resultados no solamente militares, sino también geopolíticos”, consideró Mackay. “Para ello recurre a un blanco vulnerable como la Unión Europea y, dentro de ella, al país más importante de todos, Alemania”.
La reciente visita del director de la CIA a Moscú para advertirle al Kremlin que no debe atacar a miembros de la OTAN adquiere especial relevancia dentro de este escenario, ya que muestra no solo que Washington mantiene canales de comunicación abiertos con el Moscú, sino también que a pesar de las tensiones entre Estados Unidos y las naciones europeas, la seguridad de los miembros de la alianza sigue siendo una prioridad para los estadounidenses.
Es algo que también notó Banús, quien destacó que bajo la administración de Donald Trump la política exterior estadounidense parece marcada de señales contradictorias donde un día va a lanzar advertencias a Moscú y en otro lo invita a reuniones de alto nivel como el G20 al ministro de Finanzas ruso, Anton Siluanov.
“La impresión que da, salvo por el hecho de que el jefe de la CIA haya viajado a Moscú, es que Trump se está desentendiendo del conflicto en Europa y está ocupado con otras confrontaciones, particularmente con Irán, donde la situación se ha vuelto muy complicada”, consideró el experto. “No parece que haya una línea clara sino acciones que una vez van en una dirección y otra vez en otra”.
El problema para Europa no es solo el carácter mercurial de Donald Trump, que no solo remueve los cimientos de alianzas de décadas, sino que hace posible un previamente impensable acercamiento entre Washington y Moscú que los dejaría vulnerables. Y si bien desde el inicio de la invasión a Ucrania en el 2022 los gobiernos europeos han hecho esfuerzos para aumentar su capacidad militar, todavía dependen considerablemente de Estados Unidos, algo que Rusia tiene muy presente.
Es por eso que para Mackay el incidente dependerá mucho del resultado de la diplomacia tras bambalinas no entre Rusia y Europa, sino entre Washington y Moscú, donde ve dos escenarios posibles:
“Uno es una reafirmación de la pretensión rusa de demostrar que sigue ganando la guerra y, por tanto, imponiendo condiciones. El otro es que Estados Unidos salga de frente y no se deje amedrentar por una Rusia que se presenta como victoriosa.”, señaló. “Si uno se muestra como victorioso, el otro aparece como derrotado. Esa es una lectura que a Donald Trump no le va a gustar, especialmente mirando las elecciones de noviembre. Pero mientras las guerras continúan, tanto Irán como Rusia buscan quitarle poder a Donald Trump en el frente político interno, ya que una reducción de este se traduciría también quitarle posibilidades en el frente político externo.”
