«Un hombre, después de haberse sacudido el polvo y las astillas de su vida, solo tendrá una pregunta dura y limpia: ¿Fue el bien o fue el mal? ¿He obrado bien o mal?" Es una de las reflexiones que propone John Steinbeck en “Al Este del Edén”, una novela donde se encargó de explorar los aspectos más oscuros de la condición humana. Catalogada por él mismo como su primer libro, a pesar de no serlo, le permitió al autor llevarnos por los vericuetos del mal, pero también por su íntima relación con el libre albedrío, que define el experimento humano. A partir de la reconstrucción del alma “malformada” del tortuoso personaje de Cathy Ames, el Premio Nobel estadounidense retrató a la maldad encarnada en un personaje sin reparos, capaz de manipular e incluso asesinar. Cathy, quien según Steinbeck, poseía una seria carencia emocional que le impedía sentir, en la reciente versión de Netflix, se presenta dentro de un contexto traumático donde ella es el producto más trágico y acabado.
Pero, más allá de la ficción, lo importante es recordar que “Al Este del Edén” no fue muy bien recibida por la crítica, debido a los niveles de perversidad de la protagonista, quien incluso asesinó a sus propios padres. A pesar de ello, la clásica obra de Steinbeck ahora es estudiada como un temprano tratado sobre la personalidad psicopática. Y es importante mencionar los recientes aportes de Vicente Garrido Genovés, un referente mundial en estudios de psicopatía criminal. Para Garrido, el “psicópata integrado” –que representa el 1% de la población mundial– lleva una máscara permanente con la que oculta una absoluta y peligrosa falta de empatía. En efecto, personas aparentemente encantadoras esconden una personalidad fría y calculadora, dispuesta a desplegar, en cualquier momento, su lado más cruel. El problema es que a estos “integrados” ahora los tenemos en las escuelas. Y el verdadero peligro es su extraordinaria capacidad, no solo de manipular a los demás, sino de interpretar emociones de las que carecen. Estos grandes simuladores, que roban, violan y matan sin piedad alguna, están marcados por una carga genética definida, pero también por la ausencia de afecto en su infancia. Así se vuelven depredadores natos, capaces de imponer su obsesión por el poder.
El horror nos acompañó esta semana en el Perú y el mundo entero. Ucrania fue atacada brutalmente por Rusia y el presidente de los Estados Unidos afirmó que la destrucción de Los Ángeles y San Diego significa un “pequeño precio a pagar” en la guerra de Oriente Medio, que, en sus palabras, debe acabar muy pronto. Respecto a nuestro desventurado país, que forma parte del Escudo de las Américas, donde un estado norteamericano tan importante como California parece ser descartable, la deshumanización sigue avanzando. Desde un chofer quemado vivo mientras dormía en el vehículo donde se ganaba honradamente la vida hasta la tragedia de una mujer drogada, violada y luego asesinada por un anestesiólogo en Amazonas, sin olvidar los crímenes diarios y el reciente hallazgo de un cadáver mutilado que, a estas alturas, ya a nadie le causa emoción alguna. Sin embargo, lo más impactante es la execrable reincidencia, otro intento de violación, nuevamente con un objeto de madera, en Maranguita. El perpetrador, al igual que el anestesiólogo asesino o la banda de escolares que apuñalaron a su compañero de 12 años, luego de torturarlo psicológicamente durante meses, exhibe los rasgos de un psicópata, integrado por años, y ahora fuera de control. Hay que volver a recordar que esa condición se va extendiendo, como un incendio forestal, por el Planeta de la inteligencia artificial, la robótica, las adicciones múltiples y la obsesión por la eterna juventud. Regresando a Steinbeck, el único camino para romper el círculo de la violencia, que viaja a lo largo de generaciones, es enfrentar lo que duele y, para ello, es necesario tomar decisiones drásticas. Más aún, no se puede vivir bajo el peso del pasado y solo se escapa de sus designios –en este caso, psicopáticos– entendiendo su dinámica y castigando al victimario, pero aún más entrenando las mentes de los niños para apostar por la vida y la creatividad, si aún nos queda tiempo suficiente para hacerlo.


