Las democracias no se definen solo el día de la elección, sino en los días de en medio. ¿Cómo se usa el poder si se ganó y cómo se trata a quienes perdieron? Esta semana tuvimos tres claros ejemplos de cómo se responde a estas preguntas en nuestro país y ninguno de ellos debe dejarnos tranquilos.
La Cámara de Diputados aprobó delegar facultades al Gobierno de Keiko Fujimori por 90 días, solo en seguridad ciudadana y en la respuesta al fenómeno de El Niño. Fueron 66 votos a favor, 34 en contra y 24 abstenciones. El pedido original era mucho más ambicioso: 120 días y un menú de materias que iba mucho más allá de cualquier emergencia. En el camino se cayeron propuestas como tipificar a las bandas criminales como terroristas o ampliar la legítima defensa. ¿Cuáles van a ser las consecuencias de conceder estas facultades? ¿No hubiera sido mejor rechazar de plano el pedido, por excesivo y a la vez impreciso?
Ahora el texto pasa al Senado, y ya hay voces que sugieren que la Cámara Alta podría "rectificar" y devolverle al Ejecutivo todo lo que pidió. Y acá corresponde recordar que en el referéndum de diciembre de 2018, más del 90 % de los votos válidos rechazó volver a la bicameralidad. El Congreso la restituyó igual. Si su primera decisión de peso es convertirse en la cámara de rescate del Ejecutivo (y de desaparición de facto de la Cámara de Diputados), confirmará lo que temían nueve de cada diez votantes: que una segunda cámara solo sería una segunda ventanilla para lo mismo.
Y acá pasamos a repasar qué pasó en las últimas elecciones en Lima con el virtual primer lugar de Renovación Popular. La Constitución prohíbe la reelección inmediata de alcaldes y se ha usado algunos vacíos en la ley para lograr exactamente lo que la Constitución quiso impedir. Se ha logrado una reelección que no tiene nada de encubierta, que es abierta, pública, notoria y está absolutamente prohibida.
En noticias más felices, en Cusco Verónika Mendoza quedó primera en la contienda por el gobierno regional con poco más del 30 % de los votos válidos. La respuesta de una parte de Lima fue el racismo: en redes sociales y en medios tradicionales subsiste el racismo contra el sur del país cada vez que el voto de las regiones no le gusta al mainstream limeño. Como si no fuera visible la situación de Lima, desordenada y peligrosa. ¿Qué bien votamos, no?
Cuando quien gana no gusta a ciertos sectores, se le discute el derecho a ganar, aunque sea una candidatura totalmente ajustada a la ley. Lo que molesta no es el porcentaje. Es quién vota. Adam Przeworski definió la democracia como un sistema en el que los partidos pierden elecciones. Parece obvio, pero no lo es. Esta visión obliga al que gana a no arrasar y al que pierde a no desaparecer. Quien gana no gana para borrar al otro. Quien pierde no pierde para callarse, sino para fiscalizar y poner límites. Pero, en nuestra (in)cultura política, el disenso se lee como desobediencia, y la desobediencia como subversión. Votar contra las facultades se tacha de intransigencia. Votar distinto en el sur se responde con insultos. Protestar se responde con el terruqueo. Pero, otra vez, una democracia no se mide solo por el día en que se cuentan los votos. Se mide en lo que pasa en medio: en cómo se usa el poder ganado y en cómo se trata a quienes perdieron.


