Hay silencios que duelen más que cualquier despedida. El de una casa donde ya no se escuchan sus pasos, el de una puerta que se abre sin que nadie corra a recibirnos o el de ese rincón que, aunque hayan pasado los años, seguimos mirando con una mezcla de nostalgia y ternura.
Cuando una mascota fallece, no solo perdemos su compañía, y es que también se va con ella una parte de nuestra propia historia. Sin embargo, hay algo que permanece más allá del tiempo: el amor incondicional que nos hacía sentir a salvo y que ni siquiera su ausencia consigue borrar.
Y, aun así, mientras para algunas personas significa despedirse de un hijo, un hermano o un integrante irremplazable de la familia, para otras sigue siendo “solo un animal”. Frases tan comunes como “no es para tanto” o “puedes adoptar a otro” pueden hacer que una pérdida profundamente dolorosa termine viviéndose en silencio y soledad.
Por eso, en el marco del 27 de octubre, fecha dedicada a recordar a las mascotas fallecidas, desde Somos buscamos comprender, junto a especialistas, por qué esta ausencia puede doler incluso décadas después y cómo aprender a convivir con ella sin culpa ni vergüenza.
Un vínculo que va más allá de las palabras
El amor por una mascota se construye en el día a día, entre pequeños gestos, experiencias compartidas y una presencia que, con los años, se vuelve parte esencial de nuestra historia. Esa cercanía, explicó Paola Peláez, psicóloga de Clínica Internacional, fortalece la confianza y la seguridad emocional que encontramos en ellos.
“No se trata solamente de alimentarlo o sacarlo a pasear, sino que genuinamente desarrollamos una relación afectiva”.
Y es que nuestras mascotas nos acompañan en distintas etapas de la vida, celebrando a su manera nuestras alegrías y permaneciendo a nuestro lado cuando atravesamos por momentos difíciles. Para quienes viven solos, incluso representan una fuente muy importante de compañía y bienestar emocional. Por eso, cuando parten, no solo perdemos su presencia, sino también a un ser único e irremplazable.
Sin embargo, esa ausencia se nota tanto en los grandes momentos como en los detalles más cotidianos. Salir a caminar o recibir su saludo al abrir la puerta son actividades que, con el tiempo, adquieren un profundo significado afectivo. Como señaló Amandy Díaz, psicóloga del Centro Médico MAPFRE Magdalena, “extrañamos la rutina con ellos, sus gestos y su personalidad”.
Al final, nuestra mente ha asociado muchos de esos momentos con su compañía, por lo que repetirlos sin ellos puede despertar una profunda tristeza. Así, el duelo por una mascota implica aprender a vivir sin quien tanto amamos y, a la vez, acostumbrarnos a una cotidianidad que ya no será la misma.
“Era solo un animal”: el duelo que la sociedad todavía no reconoce
A ese vacío puede sumarse otro dolor difícil de sobrellevar: sentir que nadie comprende por qué sufrimos tanto. Mientras para algunos significa despedirse de un integrante de la familia, para otros sigue siendo una pérdida menor, algo que debería superarse rápidamente.
Detrás de esta incomprensión, según Díaz, suele existir una dificultad para reconocer la profundidad del vínculo afectivo que podemos desarrollar con un animal. Por eso, comentarios aparentemente inofensivos como “no es para tanto” o “solo es un perro” pueden despertar vergüenza, culpa y frustración, además de intensificar la soledad de quien atraviesa la pérdida.
Sin embargo, la invalidación no siempre llega en forma de palabras. También se manifiesta en la falta de espacios para expresar el sufrimiento. Mientras la muerte de un familiar suele contar con rituales de despedida, acompañamiento social y, en determinadas circunstancias, permisos laborales, quien pierde a una mascota puede verse obligado a retomar sus responsabilidades como si nada hubiera ocurrido.
De hecho, esta falta de reconocimiento se relaciona con lo que en psicología se conoce como duelo desautorizado, un concepto que se utiliza para describir a aquellas pérdidas que no reciben suficiente validación social.
“Sentir que debemos ocultar nuestra tristeza o continuar con la rutina sin procesar lo ocurrido puede llevarnos a reprimir emociones, aislarnos e incluso cuestionar nuestro derecho a sufrir. De ahí la importancia de comprender que una persona no necesita justificar su dolor ni compararla con otras pérdidas para que sea válida”, enfatizó Liliana García, psicóloga de la Clínica Stella Maris.
Entre la culpa, el miedo y los “qué hubiera pasado si…”
El sufrimiento no siempre comienza cuando una mascota fallece. A veces aparece mucho antes, cuando envejece o enfrenta una enfermedad grave y el temor a perderla se instala incluso en los momentos que todavía compartimos. Amandy Díaz explicó que este fenómeno, conocido como duelo anticipado, puede despertar tristeza e incertidumbre ante una ausencia que aún no ocurre.
Por ello, resulta fundamental “buscar un equilibrio entre prepararnos emocionalmente para la despedida y seguir compartiendo momentos de cariño y compañía, respetando siempre las necesidades de nuestra mascota”.
Cuando finalmente llega el momento de decir adiós, ese miedo puede dar paso a preguntas difíciles de silenciar: “¿Debí llevarlo antes al veterinario?” o “¿Pude haber hecho algo más?”. Y es que la culpa suele surgir de la responsabilidad que sentimos por su bienestar y de la necesidad de encontrar explicaciones, incluso cuando muchas circunstancias escapaban de nuestro control.
Estas dudas pueden volverse especialmente dolorosas cuando debemos considerar la eutanasia, ya que tomar esta decisión puede generar angustia, incertidumbre y remordimiento, sobre todo cuando nos preguntamos si fue el momento adecuado.
Por eso, frente a estos reproches, es clave comprender que las decisiones se tomaron con la información y los recursos disponibles en aquel momento. Para la especialista “también ayuda recordar los cuidados, el cariño y la atención que recibió nuestra mascota durante toda su vida, en lugar de concentrarnos únicamente en sus últimos días”.
¿El duelo por una mascota tiene fecha de vencimiento?
¿Qué ocurre cuando pasan los meses, incluso los años, y todavía sentimos un nudo en la garganta al recordarlos? Suele existir una presión silenciosa por dejar de llorar, guardar los recuerdos y demostrar que hemos “superado” una pérdida.
Sin embargo, el duelo tampoco sigue un calendario, por lo que una fotografía, una canción o una fecha especial pueden reavivar la tristeza mucho tiempo después.
Tampoco hay que olvidar que el dolor se expresa únicamente a través de las lágrimas. De acuerdo con la psicóloga María Vittoria Passaro, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), también es común experimentar rabia, ansiedad, confusión, soledad, sensación de vacío, cambios en el sueño o el apetito y dificultad para concentrarse.
Cada persona vive este proceso a su propio ritmo, según su historia y la profundidad del vínculo. Por eso, mientras para algunos el dolor más intenso disminuye en semanas o meses, para otros puede prolongarse. Y eso no significa, en absoluto, que exista un problema.
“El amor no desaparece porque el dolor cambie, y tampoco tenemos que demostrar que hemos superado una pérdida dejando de hablar de ella. Sin embargo, cuando el sufrimiento se vuelve difícil de manejar o afecta significativamente la vida cotidiana, buscar acompañamiento psicológico también es una forma de cuidarnos”, destacó Paola Peláez.
Esta permanencia del afecto se relaciona con lo que en psicología se conoce como vínculos continuos: la posibilidad de mantener una conexión emocional y simbólica con quien ya no está. Desde esta perspectiva, recordar no es lo opuesto a avanzar. Como resaltó Liliana García, “el objetivo no es dejar de extrañar, sino aprender a convivir con la ausencia sin que el dolor determine toda la vida cotidiana”.
Con el tiempo, muchas personas consiguen integrar esos recuerdos en su historia y evocarlos con mayor tranquilidad, sin que eso implique olvidar. En este camino, los objetos cotidianos juegan un rol clave: un collar, una cama o un juguete pueden convertirse para algunos en refugios de memoria, mientras que para otros verlos resulta tan doloroso que prefieren guardarlos.
“Ninguna de estas reacciones es mejor que la otra”, aclaró García. Lo importante es reconocer lo que sentimos frente a esos objetos y entender que no debemos desprendernos de ellos ni tomar decisiones apresuradas solo para demostrar que hemos seguido adelante.
La misma mirada aplica cuando surge la idea de adoptar nuevamente. Hay quienes se sienten listos al poco tiempo, mientras que otros necesitan años. La realidad es que no existe un plazo correcto. Lo esencial es tener la disposición emocional para cuidar a un nuevo animal y comprender que este lazo será único. Después de todo, un nuevo compañero jamás reemplaza al que se fue, por lo que volver a querer no significa olvidar.
Aprender a vivir con su ausencia
Si no existe una única manera de vivir el duelo, tampoco hay una fórmula para aliviarlo. Lo que sí podemos hacer es darnos permiso para sentir, sin exigirnos una fortaleza que quizá todavía no tenemos. Como nos recuerda Peláez, “no tenemos que aparentar fortaleza ni obligarnos a estar bien rápidamente”. Llorar, hablar de nuestra mascota y reconocer cuánto la extrañamos también forman parte esencial de este proceso.
A veces, encontrar un espacio o un ritual de despedida puede ayudarnos a darle un lugar a esa pérdida. Escribir una carta, compartir recuerdos en familia o crear un momento especial para decir adiós son gestos que cobran un significado muy profundo en fechas como el 27 de octubre, día en que muchas personas recuerdan y homenajean a sus mascotas fallecidas.
“No tienen que ser ceremonias elaboradas, pues su valor está en el significado que le atribuye cada persona”, recalcó García.
Porque, al final, aprender a vivir con su ausencia no significa dejar de extrañarlos. Quizá ya no escuchemos sus pasos ni los veamos correr hacia la puerta, pero su presencia permanece en los recuerdos, en las costumbres y en esa parte de nosotros que ayudaron a construir.
Hay despedidas que cambian nuestra vida para siempre, pero ninguna puede borrar el amor ni la historia que tuvimos la fortuna de compartir.


