En los pasillos de un colegio hay situaciones que muchos conocen, pero de las que pocos se atreven a hablar. Agresiones que se presencian en silencio, burlas que nadie cuestiona y compañeros que prefieren mirar hacia otro lado. Detrás de ese silencio suele esconderse una regla no escrita que puede llegar a tener más peso que cualquier norma escolar: “el que avisa es un soplón”.
Cuando la necesidad de pertenecer y sentirse aceptado cobra especial importancia, contar lo que ocurre puede interpretarse como una traición. Así, tanto las víctimas como los testigos pueden optar por guardar silencio, incluso frente a situaciones graves de violencia.
Quien busca ayuda termina, en ocasiones, sintiéndose más expuesto que quien agrede. Y cuando hablar se convierte en motivo de rechazo, el silencio deja de ser únicamente una decisión individual para convertirse en un problema que involucra a toda la comunidad escolar.
¿Por qué ser un soplón puede dar más miedo que sufrir bullying?
Detrás de la frase “el que avisa es un soplón” hay mucho más que una simple expresión entre compañeros. Según el psicólogo Jeffry Montenegro, de la Unidad de Salud Mental de la Universidad de Piura, se trata de un mecanismo de presión social que busca preservar las reglas implícitas del grupo y mantener el silencio frente a determinadas conductas, incluso cuando estas implican violencia.
Durante la adolescencia, pertenecer a un grupo va más allá de la popularidad, y es que responde a una necesidad esencial para la construcción de la identidad, la autoestima y el reconocimiento. Por ello, para quien sufre bullying, contar lo que ocurre implica exponerse a nuevas agresiones y, al mismo tiempo, arriesgar los vínculos y la aceptación de sus compañeros.
“El miedo a quedarse solo puede pesar más que la convicción de hacer lo correcto”, destacó el psicólogo en conversación con Somos. Y es que el temor no responde solo a las posibles represalias; además abarca la pérdida de amistades, la exclusión de actividades o el riesgo de ser señalado como conflictivo o desleal. Las burlas, los rumores y el aislamiento se convierten así en mecanismos de control que refuerzan el pacto de silencio.
A esta aprensión se suman otras emociones. Como señaló Paola Peláez, psicóloga de Clínica Internacional, algunas víctimas sienten vergüenza, culpa o incluso llegan a creer que merecen el maltrato. Otras prefieren callar porque temen que denunciar empeore la situación o asumen que los adultos no les creerán y minimizarán lo ocurrido.
En este contexto, el silencio termina convirtiéndose en una estrategia de autoprotección, especialmente cuando la violencia se ha normalizado. Así, la responsabilidad acaba invirtiéndose, ya que en lugar de cuestionar a quien agrede, el grupo puede señalar a quien se atreve a hablar, transformando la búsqueda de ayuda en un nuevo motivo de rechazo.
Cuando el miedo convierte a los testigos en espectadores
El silencio frente al bullying no siempre proviene de quienes sufren las agresiones. También se instala entre quienes las presencian y que, aun reconociendo que algo está mal, no se atreven a intervenir. Más allá del temor a las represalias o a ser etiquetados como “soplones”, existe un fenómeno psicológico que ayuda a comprender esta conducta: el efecto espectador.
De acuerdo con el psicólogo y docente Miguel Flores, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), cuando varias personas presencian una agresión, la probabilidad de que alguna intervenga disminuye en comparación con una situación donde hay un único testigo. Esto ocurre porque la responsabilidad se diluye entre los presentes y cada uno puede pensar que “otro lo hará”.
Sin embargo, no debemos olvidar que en el acoso escolar no solo existen agresores y víctimas. También están quienes defienden a la persona afectada, quienes permanecen como espectadores pasivos y quienes refuerzan la violencia, incluso mediante gestos aparentemente inofensivos, como reírse de una humillación o celebrar las burlas.
“Aunque guardar silencio por miedo no equivale necesariamente a aprobar la agresión, resulta fundamental enseñarles a los estudiantes a asumir responsabilidad por lo que observan y buscar formas seguras de ayudar”, recalcó el especialista.
Esta presión también puede extenderse al entorno digital, donde las consecuencias de hablar parecen todavía más difíciles de controlar. Como explicó Nandy Vega, directora médica de Mapfre Perú, a diferencia del pasado—cuando la salida del colegio representaba una tregua para la víctima y los testigos—,hoy las agresiones pueden continuar mediante fotografías, mensajes o comentarios que se difunden rápidamente.
Por eso, algunos adolescentes pueden interpretar el silencio como una manera de evitar que el problema empeore, aunque callar no garantice que la violencia termine.
¿Privacidad o miedo? Las señales de que tu hijo está ocultando algo
Que un adolescente deje de contarles todo a sus padres no significa necesariamente que esté atravesando un problema. Buscar mayor autonomía, proteger su intimidad y dar más importancia a sus amistades forma parte natural del desarrollo de su identidad.
Sin embargo, la preocupación debe surgir cuando ese silencio está acompañado de miedo, sufrimiento o cambios significativos en su comportamiento.
Para la psicóloga Paola Peláez, algunas señales de alerta que no debemos ignorar son la irritabilidad, la ansiedad, el aislamiento o las excusas frecuentes para no asistir al colegio. A ellas pueden sumarse alteraciones del sueño y la alimentación, pérdida de interés por actividades habituales y molestias físicas recurrentes—como dolores de cabeza, náuseas o dolor de estómago—, especialmente antes de ir a clases.
En el ámbito social y escolar, también conviene observar cambios repentinos en las amistades, una necesidad excesiva de aceptación, una caída del rendimiento académico o el temor hacia determinados compañeros y espacios, como los recreos.
El entorno digital ofrece otras pistas relevantes que hay que atender, como sobresaltarse ante las notificaciones, revisar constantemente los mensajes, abandonar repentinamente las redes sociales o angustiarse por fotografías y comentarios que puedan circular entre compañeros.
Pese a ello, “una sola señal no es prueba de que exista acoso escolar”, advirtió Montenegro. Lo importante es observar estos cambios en conjunto, sobre todo si aparecen de manera repentina, persisten o afectan su bienestar cotidiano.
Ante esto, respetar la privacidad no significa dejar de prestar atención. Se trata de acercarse con calma, sin invadir ni presionar y ofrecer un espacio seguro. Y es que el objetivo como padres no es conocer cada detalle de la vida de los hijos, sino construir la confianza necesaria para que puedan hablar cuando algo les esté haciendo daño.
Cómo lograr que tu hijo hable sin que sienta que lo estás interrogando
Reconocer que algo le preocupa a un adolescente es solo el primer paso. Conseguir que se sienta seguro para hablar requiere acercarse desde la preocupación genuina y no desde la sospecha. Para Jeffry Montenegro, insistir en obtener explicaciones o convertir la conversación en un interrogatorio puede generar desconfianza y hacer que se cierre todavía más.
Por eso, en lugar de preguntar “¿por qué estás tan raro?”, es recomendable expresar lo observado: “He notado que últimamente estás más callado y eso me preocupa”. Asimismo, resulta muy efectivo formular preguntas abiertas sobre cómo se siente en el colegio, la relación con sus compañeros o si existe algo en internet que le inquiete.
En esa misma línea, transmitir paciencia es vital. Frases como “No tienes que contármelo todo ahora; lo importante es que sepas que estoy aquí para escucharte cuando quieras hablar”, son fundamentales, pues respetar los tiempos y evitar exigir respuestas inmediatas también forma parte de la escucha activa.
Ahora bien, cuando finalmente decide abrirse, la primera reacción del adulto resulta clave. Una respuesta como “Gracias por confiar en mí y por contarme esto” reconoce su esfuerzo y le demuestra de inmediato que no está solo.
A partir de ese momento, hay que estar atentos a cómo relatan los hechos. Como mencionó el especialista Miguel Flores, los adolescentes suelen contar situaciones graves de manera atenuada. Por ello, conviene profundizar con delicadeza y sin minimizar lo sucedido con comentarios como “no es para tanto” o “ya pasará”, y evitando culpabilizarlos con preguntas como “¿por qué recién me dices? o “¿qué hiciste para que te trataran así?”
Tampoco conviene apresurarse a imponer soluciones. Como enfatizó Montenegro: “Muchas veces, los adolescentes saben qué podrían hacer, pero temen las represalias o las consecuencias que podría tener contar lo sucedido. Escuchar sus inquietudes antes de tomar decisiones ayuda a preservar la confianza, sin dejar de intervenir cuando su seguridad está en riesgo”.
Más allá del espacio familiar, también resulta fundamental mantener un canal abierto con el colegio y asumir al centro educativo como un aliado, incluso para mediar en el contacto con la familia del agresor. De ser necesario, se debe buscar orientación psicológica y, dependiendo de la gravedad, considerar un cambio de institución.
Sin duda, escuchar sin juzgar es el pilar de este proceso, pero ante situaciones de violencia o amenazas, proteger al adolescente exige actuar oportunamente. Y para que esa protección sea realmente efectiva, tanto la familias como los colegios deben enseñar que comunicar una agresión no es lo mismo que traicionar a un compañero.
Cómo romper el pacto de silencio en el colegio
Desde pequeños, muchos niños escuchan que no deben ser “chismosos” ni acusar a sus compañeros por cualquier desacuerdo. Sin embargo, ese mensaje puede tener una consecuencia inesperada: que terminen confundiendo pedir ayuda con traicionar a alguien. Según Montenegro, esto forma parte del llamado currículum oculto, es decir, aquello que los adultos transmiten, incluso sin proponérselo, a través de sus palabras y actitudes.
Y es que el problema no está en enseñarles a resolver sus diferencias, sino en explicarles cuándo una situación requiere intervención. Delatar suele asociarse con buscar el castigo de otra persona, mientras que pedir ayuda significa comunicar algo porque alguien está sufriendo o necesita protección.
Una discusión por un juguete, por ejemplo, puede resolverse conversando; sin embargo, los golpes, las amenazas o las humillaciones requieren atención adulta. Incluso una agresión aislada puede justificar pedir ayuda si es grave.
Para identificar estas situaciones, el especialista nos propone tres preguntas básicas:
- ¿Alguien está siendo lastimado o amenazado?
- ¿La conducta continúa pese a que le han pedido que se detenga?
- ¿Alguno de los involucrados necesita ayuda para estar seguro?
Si la respuesta a cualquiera de estas interrogantes es afirmativa, sí o sí corresponde acudir a un adulto.
“Podemos resumir esta enseñanza en una regla sencilla: “Si algo te hace daño, te genera miedo o pone en riesgo a otra persona, no lo guardes en secreto; busca ayuda”. Esto también vale para quienes presencian una agresión, ya que no tienen que enfrentar al agresor ni resolver el problema por su cuenta”, precisó Peláez.
Pero enseñar a hablar no basta si el colegio no ofrece condiciones para hacerlo sin miedo. Para ello, es indispensable contar con adultos preparados, canales claros de comunicación y garantías de confidencialidad. Cada reporte debe evaluarse, atenderse oportunamente y recibir seguimiento, protegiendo así al estudiante de posibles represalias y evitando exponerlo frente a sus compañeros.
Al final, romper el pacto de silencio exige algo más que pedir valentía a los estudiantes: requiere adultos dispuestos a escuchar y colegios capaces de proteger. Porque mientras hablar signifique arriesgarse a quedar solo, el miedo seguirá imponiendo sus reglas. Y ningún niño debería tener que elegir entre pertenecer a su grupo y protegerse a sí mismo o a los demás.


