Por: Ian Urbina
A fines de octubre de 2022, cientos de directivos de empresas de todo el mundo llegaron a Lima para la conferencia anual de la IFFO, la asociación internacional de productores de harina y aceite de pescado, insumos clave para la industria de la acuicultura. Discurso tras discurso, los ponentes del evento insistían en un mensaje claro: su producto no solo es esencial para la seguridad alimentaria mundial al proporcionar proteína sostenible a una población global en crecimiento, sino que además protege los océanos al impulsar la piscicultura.
El Perú era el lugar lógico para el evento, ya que es el mayor productor mundial de harina de pescado y aporta más del 20% del suministro global. Y los ejecutivos tenían motivos de sobra para felicitarse, ya que su materia prima es una de las principales razones por las que la industria mundial de la acuicultura, valorada en 313.000 millones de dólares, es actualmente el sector alimentario de más rápido crecimiento. Además, la mitad de los productos de mar que se consumen en el mundo provienen hoy de criaderos en lugar de capturas en el mar. Durante el evento, Gonzalo de Romaña, presidente de la IFFO, felicitó a sus colegas: Se trata de una contribución enorme a la producción de alimentos azules y a la seguridad alimentaria mundial en un momento en que no solo se trata de alimentar a una población en crecimiento, sino de brindar nutrientes ricos en proteínas a miles de millones de personas.
Aproximadamente 10 meses después, en agosto de 2023, tres enormes explosiones en una planta de harina de pescado en la ciudad costera de Chimbote, en el norte del Perú, hicieron estallar ventanas y lanzaron densas columnas de humo negro. Más de dos decenas de residentes enfurecidos salieron a las calles a protestar.
"La contaminación nos está matando", dijo un hombre a los periodistas, mientras agentes de policía, vestidos de negro y con escudos, permanecían cerca. No se trataba de una nueva crisis. Entre 2018 y 2025, las fábricas de harina de pescado en el Perú fueron escenario de al menos 40 episodios de conflicto social, generalmente protestas de residentes cercanos por el hedor a descomposición o por preocupaciones relacionadas con la sobrepesca.
El Perú es el mayor productor mundial de harina de pescado y aporta más del 20% del suministro global. Foto: difusiónEl costo que no se ve
Durante años, los habitantes de Chimbote, que alberga al menos 40 de las aproximadamente 160 plantas de harina de pescado del país, habían denunciado vertidos de aguas residuales sanguinolentas, olores nauseabundos, tránsito de camiones las 24 horas y un patrón de lesiones y muertes laborales que, según afirmaban, estaba arruinando sus vidas.
Tanto los directivos internacionales reunidos en Lima como los manifestantes locales en Chimbote tenían razón.
La industria de la harina de pescado ha generado millones de dólares en ingresos fiscales y miles de empleos en el Perú, además de contribuir a aumentar la producción de productos de mar para satisfacer la creciente demanda mundial. Y, sin embargo, los manifestantes también tenían razón al señalar que, si bien la industria ha beneficiado enormemente a algunos, también ha perjudicado claramente a otros. La cuestión que separa a ambos grupos no es si la harina de pescado y la acuicultura tienen beneficios, sino para quién. ¿Y quién paga los costos ocultos?
Una exhaustiva investigación de cinco años realizada por The Outlaw Ocean Project, una organización periodística con sede en Washington D. C., sacó a la luz diversos costos asociados a esta industria, entre ellos la pérdida de empleos en la pesca artesanal, la exposición crónica a sustancias químicas, muertes laborales evitables, protestas violentas, generalmente provocadas por el insoportable hedor de las plantas de harina de pescado, y el aumento de tensiones geopolíticas a medida que los países compiten por fuentes de proteína cada vez más escasas.
La investigación concluyó que estos impactos sociales y ambientales imponen un costo que recae principalmente en los países más pobres donde se captura y procesa este insumo, lejos de los lugares donde se consumen los productos de mar considerados de lujo.
En el Perú, la industria impone su mayor carga sobre los residentes que viven más cerca de las plantas. El olor que emana de las fábricas de harina de pescado no es solo una molestia; deteriora activamente la economía local al ahuyentar a los visitantes de las playas, a los clientes de restaurantes y socavar el turismo.
Una embarcación pesquera se hunde con sus trabajadores frente a Barranca (provincia de Lima), el tres de mayo de 2024. Foto: DifusiónMalos olores mortales
“Mi casa está llena de moscas. Cuando fumigan, entra todo el humo”, comentó un residente de Nuevo Chimbote sobre la harina de pescado almacenada al lado de su vivienda. El hedor también evidencia la liberación de sustancias nocivas como amoníaco, sulfuro de hidrógeno, cianuro y metano. Estas sustancias se han vinculado con graves problemas de salud, como náuseas, edema pulmonar e incluso la muerte entre trabajadores de las plantas y vecinos.
La principal fuente del olor a pescado es la trimetilamina (TMA), un gas incoloro identificado como altamente tóxico y carcinogénico por la Society of Chemical Industry en 2021. Más de 939.000 personas en el Perú, incluidos más de 199.700 niños menores de 15 años, vivían a menos de una milla de una planta de harina de pescado.
La investigación también reveló que la flota pesquera vinculada a la producción de harina de pescado es poco transparente y propensa a conductas ilegales.
Más de 300 embarcaciones peruanas operan en aguas costeras capturando anchoveta, que luego se transforma en harina de pescado de alto contenido proteico en polvo o en pellets. Al menos 140 de estos buques (46%) estuvieron involucrados en diversas infracciones de pesca ilegal entre 2018 y 2025, según 'Desde el anzuelo al plato' (Bait to Plate), una herramienta creada por The Outlaw Ocean Project para rastrear la industria pesquera y de productos de mar a nivel mundial. Estas embarcaciones participaron en al menos 150 casos de pesca ilegal, entre ellos el sobrepaso de cuotas, la captura de ejemplares juveniles y la incursión en áreas marinas protegidas.
La producción de harina de pescado es beneficiosa pero también es causante de la pérdida de empleos en la pesca artesanal, de la exposición crónica a sustancias químicas y de muertes laborales evitables. Foto: DifusiónEn las entrañas de la industria
Con el objetivo de obtener el panorama más completo posible, la investigación cartografió prácticamente toda la industria mundial de la harina de pescado, incluidas más de 1.400 plantas en 64 países, y rastreó las cadenas de suministro desde los buques pesqueros hasta las plantas de procesamiento, las fábricas de ración, las piscifactorías y los minoristas de productos de mar.
El trabajo periodístico involucró a decenas de periodistas en igual número de países, quienes realizaron visitas a fábricas y establecimientos, e incluso abordaron buques de producción de harina de pescado en alta mar. El objetivo era documentar lo que los economistas denominan “externalidades”: los costos sociales ocultos y desplazados de producir este insumo, que rara vez aparecen en los balances de las empresas de productos de mar que dependen de él.
Mucho más allá del Perú, la investigación reveló una sorprendente diversidad de otros costos sociales.
Esta historia continúa.
(La elaboración de este reportaje formó parte de una investigación más amplia realizada por un equipo internacional de periodistas de The Outlaw Ocean Project.)


