Hubo una época en la que quienes tenían problemas de salud mental no eran considerados personas, no gozaban de derechos y podían ser privados de su libertad arbitrariamente. Ahora es difícil de imaginar, pero es sabido que la sociedad colonial y religiosa, por ejemplo, catalogaba a los pacientes mentales como seres endemoniados o poseídos a los que debían ingresar a las “loquerías” de los hospitales, para quedarse encerrados sin ningún tratamiento.
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“Con los años se hizo algo más científico. Enviaron personal médico a especializarse en Europa, que era el centro de la cultura. El doctor José Casimiro Ulloa, junto a un grupo de médicos, profundizó en temas de salud mental y, tal como en el Viejo Continente, adecuó un manicomio o albergue exclusivo en un edificio que todavía existe en el Cercado de Lima”, refiere el Dr. Luis Vílchez Salcedo, médico psiquiatra del hospital Larco Herrera, sobre la evolución de la psiquiatría en nuestro país.
Desde 1859 hasta 1918, funcionó el Hospital de la Misericordia, conocido como el Manicomio del Cercado, fundado por Casimiro Ulloa, adonde llegaban los pacientes trasladados desde las “loquerías”. No había psiquiatría, pero estaban sus predecesores, los ‘alienistas’, personas que buscaban lo mejor para los pacientes con pócimas extrañas, cuidados y herramientas de control de la época como cujas, grilletes o camisas de fuerza que se pueden reconocer en el Museo de Historia de la Psiquiatría del Hospital Víctor Larco Herrera.
A quienes estaban descontrolados, con agitación psicomotora y sumamente violentos los metían en estas especies de jaulas llamadas “cujas” y se les encerraba con candado hasta que se calmaran. Recibían sus alimentos por las rendijas y hacían sus necesidades por un pequeño orificio. Había salones llenos de cujas y eran espacios radicalmente antihigiénicos e indignos.
Cuando el Manicomio del Cercado quedó chico, se mudaron al actual recinto del hospital Víctor Larco Herrera, ideado como un centro moderno y un asilo alejado de la ciudad. Se fundó en 1918 con el nombre de Asilo Colonia de la Magdalena. “Con el doctor Honorio Delgado aquí se instauran por primera vez tratamientos formales, farmacoterapéuticos e inclusive algunos como terapia del arte. Esto hizo que se humanizara, profesionalizara y medicalizara la atención de la salud mental”, dice el especialista, situándonos en las primeras décadas del siglo XX. Aparecieron el electroshock y las insulinoterapias. El Dr. Vílchez destaca que en el hospital Víctor Larco Herrera nunca se usaron camisas de fuerza ni grilletes, pues esas prácticas habían quedado en el pasado. “El primer director, Hermilio Valdizán, proscribe ese tipo de tratos bajo una mirada más humana, como era él mismo. El cientificismo lo pone el Dr. Honorio Delgado. Aquí se usó el primer medicamento psiquiátrico, la clorpromazina, y se desarrollaron otras técnicas de ese tipo, no tan avanzadas como ahora, pero que eran un hito para la época”.
Recuperar el legadoEsta historia de la atención psiquiátrica y de la evolución de sus tratamientos se puede recorrer con los instrumentos, archivos fotográficos y materiales que resguarda desde hace más de 100 años el Museo de Historia de la Psiquiatría del Hospital Víctor Larco Herrera. La museóloga Diana Bustamante es la curadora del patrimonio histórico del hospital desde hace 18 años. Tanto este museo como su biblioteca fueron creados por Víctor Larco Herrera junto a psiquiatras de la época para conservar la memoria. Un propósito compartido por los antiguos directores, los doctores Enrique Bojórquez y Carlos Ramos, ahora jubilados, quienes dieron pase a la recuperación del legado histórico y científico del hospital.
Según la curadora, los tres ejes que sostienen el patrimonio del hospital son los registros de admisión (voluminosos cuadernos con el detalle escrito de la situación de cada paciente con un registro fotográfico), los instrumentos de contención y la pinacoteca con las piezas de arte elaboradas por los propios pacientes. La fotografía es también importante: se tienen registros en blanco y negro que dan cuenta tanto de la historia del hospital como de la historia de la fotografía en la psiquiatría: “La modalidad para hacer la ficha del registro de admisión tenía que ser retrato de frente y de perfil en el siglo XIX, y después, en el XX, era también de cuerpo entero. Era un material utilizado por los médicos como una herramienta para interpretar la fotografía y para otros temas”, explica Bustamante. En la primera sala de la exposición, están los instrumentos más impactantes como la cuja y los grilletes que les colocaban en las manos y los pies. También antiguos equipos de electroanestesia y decenas de frascos con etiquetas de valerianato, calomel, Neurosedan o un elixir paregórico. En el recorrido del museo, se puede ver de cerca la que es quizá la única camisa de fuerza que existe actualmente: es del siglo XIX y era usada en el Manicomio del Cercado. Está junto al diván, elemento asociado a la terapia psicoanalítica. Otra habitación está llena de los registros de admisión que menciona la curadora, hay pinturas en las paredes y fotografías de una antigua exposición de Morgana Vargas Llosa.
Las pinturas son otro mundo. Una gran sala reúne las manifestaciones de la mente. Son el resultado de los talleres de psicopatología de la expresión, instaurados por el médico Honorio Delgado, en los que los pacientes pintaban sin tener una formación académica. Ahí se muestra el inconsciente, como en el caso del arequipeño Arturo Madueño, un joyero que ingresó en 1931 por padecer melancolía y cuyo deterioro mental se evidencia en los cuadros del museo.
Esta es una visita obligatoria para quienes buscan enriquecer la memoria, conocer más sobre la sociedad peruana de los siglos XIX y XX y los cambios en la perspectiva científica, y ejercitar la empatía hacia quienes padecieron las circunstancias de su tiempo. //