Entre agosto del 2025 y julio del 2026, el Ministerio Público registró 26.217 denuncias por extorsión, más de cinco veces las del 2021. Muchas describen un mismo esquema: bodegueros, transportistas y pequeños empresarios transfieren montos reducidos y periódicos a una misma cuenta. ¿Pueden las matemáticas encontrar ese patrón?
Imaginemos un mapa en el que cada cuenta es un punto y cada transferencia, una flecha que va de quien paga a quien recibe. En matemáticas, esta estructura se conoce como grafo. En él, el cobro de cupos dibuja la figura reconocible de una estrella. Decenas de flechas llegan desde víctimas distintas a una misma cuenta, siempre por montos similares y con regularidad. Esa cuenta no transfiere de vuelta, sino que reparte el dinero entre otras de sus cuentas para estratificar sus ilícitos capitales.
¿Cómo distinguir la estrella de un presunto extorsionador de la de una bodega, también receptora de muchos pagos? ¿Tiene sentido que esta cuenta reciba este dinero? La bodega recibe montos variados de vecinos y con esa misma cuenta paga a proveedores identificables. En cambio, la otra cuenta recibe montos casi idénticos, los reenvía a cuentas de paso y en ese flujo se trasluce su incompatibilidad con la actividad económica que declara el titular.
Los bancos ya tienen los datos para este análisis y la Unidad de Inteligencia Financiera recibe sus reportes. Lo que falta es sumar estas herramientas al criterio de sus investigadores para detectar antes estas redes y robustecer las pruebas que llegan al Ministerio Público.
Los extorsionadores pueden ocultar sus identidades, pero no el patrón que dibuja su dinero. Aprender a reconocerlo puede marcar la diferencia entre una denuncia estéril y la desarticulación sistemática de sus redes.


