Lula da Silva ganó las elecciones en Brasil, pero la victoria en las urnas es solo el comienzo de una etapa que se proyecta compleja. Tras imponerse a Flávio Bolsonaro por tres puntos, el líder izquierdista se prepara para asumir su cuarto mandato en un país profundamente polarizado, con un Congreso dominado por la derecha, una sociedad polarizada y el desafío de contener la inseguridad. A estos problemas internos se suma la difícil relación con el presidente estadounidense, Donald Trump, en una América Latina cada vez más inclinada hacia la derecha.
Bolsonaro se impuso en la primera vuelta con el 47% de los votos, casi dos puntos porcentuales por encima de Lula, y llegó a la segunda vuelta con una ventaja inicial reforzada por el respaldo de otros candidatos que, en conjunto, habían obtenido más del 5% de los sufragios.
Por ello, la victoria de Lula, de 81 años, marcó un hecho inédito en Brasil: por primera vez desde la instauración del actual sistema electoral, un candidato que terminó segundo en la primera vuelta logró remontar y ganar la presidencia en el balotaje.
Ahora la gran interrogante es cuánto margen de maniobra tendrá Lula para gobernar y cumplir sus promesas cuando inicie su nuevo gobierno a partir del próximo 5 de enero.
Estos son los retos de Lula:
El Partido Liberal de Bolsonaro será la principal fuerza del Congreso, con 121 diputados de 513 escaños y 28 senadores de 81.
Para tener una idea de lo que eso significa hay que recordar que en su primer mandato (2003-2006), la mayor fuerza opositora a Lula en el Congreso contaba con 84 diputados, en el segundo (2007-2010) con 66 y en la actual gestión (2023-2026) con 99. Tras las últimas elecciones, los partidos de izquierda unidos solo tendrán 15 senadores y 124 diputados.
Para que Lula pueda aprobar sus iniciativas dependerá del Centrão, un bloque de centroderecha con creciente poder sobre el presupuesto y mayor autonomía frente al Ejecutivo.
Para Franesco Tucci, director académico de Comunicación y Periodismo en Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), Lula tendrá un margen de maniobra muy reducido en el Congreso, porque deberá negociar prácticamente todas sus iniciativas y encontrar fórmulas para evitar que la división electoral desemboque en una crisis institucional. Agrega que las fuerzas de centroderecha y derecha podrían articular una amplia mayoría legislativa capaz de condicionar las decisiones del Ejecutivo.
“Lula ha ganado la presidencia, pero como no tiene mayoría ni del partido ni de coalición en el Congreso, no tiene el control del sistema político”, afirma.
“Lula prácticamente lo debe negociar todo. No puede impulsar ninguna política sin negociar con esta mayoría opositora”, sostiene.
Según Tucci, el problema no se limita a un eventual bloqueo de las iniciativas sociales y fiscales del mandatario. También existe el riesgo de que el Legislativo impulse medidas destinadas a reducir las atribuciones presidenciales, ejercer presión sobre el Supremo Tribunal Federal o modificar políticas ambientales y de derechos humanos promovidas por Lula. “Lo que le va a faltar a Lula es gobernabilidad parlamentaria. No la tiene”, enfatiza.
Para el analista, el éxito del cuarto mandato dependerá fundamentalmente de la capacidad del presidente para convertir su ajustada victoria en acuerdos políticos que hagan posible la gobernabilidad.
La politóloga brasileña Luciana Santana opina que Lula tendrá un margen limitado, pero no inexistente. “El desplazamiento del Congreso hacia la derecha eleva el costo de aprobar su agenda y fortalece la capacidad de bloqueo de la oposición. Sin embargo, sería un error considerar a toda la derecha parlamentaria como un bloque homogéneo: habrá sectores dispuestos a negociar y otros interesados en mantener una confrontación permanente”, dice a El Comercio.
Santana remarca que Lula deberá construir mayorías distintas según el tema, establecer prioridades y negociar el alcance y los plazos de sus promesas. Las iniciativas que requieran cambios constitucionales, nuevos ingresos o una ampliación importante del gasto encontrarán mayores obstáculos, advierte. También podrá mejorar la ejecución de políticas existentes, dentro de las atribuciones del Ejecutivo y del presupuesto disponible.
“La victoria le da legitimidad para impulsar su programa, pero convertirlo en decisiones dependerá de su articulación parlamentaria y de su capacidad de sostener apoyo social”, precisa Santana.
Otro de los desafíos de Lula es la fortaleza ciudadana que conserva el bolsonarismo.
Tucci señala que el ajustado resultado refleja la profunda división política del país, agravada por la decisión de Flávio Bolsonaro de no reconocer la victoria de Lula y solicitar la anulación de los resultados.
Esta situación plantea un desafío institucional que Lula deberá manejar con cautela para evitar una escalada de las tensiones, anota.
“La crisis institucional está detrás de la esquina”, advierte. Agrega que Lula también tendrá que impedir que la confrontación entre sus seguidores y los del bolsonarismo se convierta en un conflicto permanente. “Brasil está partido en dos”, resume.
Tucci considera que el mandatario deberá combinar una posición firme frente a eventuales ataques antidemocráticos con una estrategia de reconciliación dirigida especialmente a los votantes moderados que se alejaron del Partido de los Trabajadores.
Explica que parte de ese electorado respaldó a Bolsonaro por preocupaciones relacionadas con la economía, la inseguridad y cuestiones de identidad cultural.
“Lula debe, a toda costa, evitar que esta polarización se convierta en un conflicto permanente”, señala. “Él ha ganado la presidencia en una posición minoritaria”, remarca.
“Este cuarto mandato va a ser extremadamente difícil. Probablemente el más difícil que tuvo que enfrentar”, sentencia.
Santana sostiene que el 48,21 % obtenido por Bolsonaro confirma que existe una base electoral muy amplia frente al gobierno. “Sin embargo, ese porcentaje no equivale automáticamente a una adhesión uniforme al bolsonarismo: también reúne distintas expresiones de conservadurismo, antipetismo e insatisfacción con la gestión”, precisa.
La politóloga estima que esta división puede aumentar el costo político de las decisiones difíciles y ofrecer a la oposición una base para movilizar el descontento. “Lula necesitará dialogar con esos electores mediante respuestas concretas sobre ingresos, seguridad y servicios públicos. No basta con convocar a la unidad nacional: deberá generar razones para que quienes no lo votaron reconozcan resultados positivos en su gobierno”.
Santana cree que su desafío será ampliar la confianza sin desmovilizar a la coalición que lo eligió. Eso requiere negociación, comunicación clara y firmeza ante cualquier intento de desconocer las reglas democráticas, anota.
Brasil lidia con la expansión de poderosas organizaciones criminales como el Primeiro Comando da Capital (PCC) y el Comando Vermelho (CV). Un informe del Senado identificó 90 organizaciones criminales en el territorio, mientras que un estudio de Datafolha estimó que al menos 28,5 millones de personas conviven con la presencia de facciones o milicias en sus barrios.
La violencia es la principal preocupación ciudadana en Brasil. Lula tendrá que combatir a las facciones criminales y milicias que controlan territorios. Además, deberá enfrentar el debate sobre la reducción de la edad de responsabilidad penal y las tensiones con Washington por la designación de las principales organizaciones criminales brasileñas como terroristas.
Santana indica que el primer desafío es coordinar una respuesta nacional en un sistema donde las responsabilidades están distribuidas. “El gobierno federal tiene funciones de coordinación y de combate a delitos de alcance interestatal e internacional; necesita articularlas con los gobiernos estatales y sus policías. Las competencias federales incluyen también la lucha contra el lavado de dinero y el crimen organizado transnacional”, aclara.
“Mi evaluación es que la prioridad debe ser debilitar la capacidad económica y operativa de las organizaciones criminales: investigar sus finanzas, confiscar activos conforme a la ley, combatir la corrupción que las protege e interrumpir las redes de armas y lavado. Eso exige inteligencia compartida, investigaciones sostenidas y coordinación entre policías, fiscalías y autoridades penitenciarias”, manifiesta la politóloga.
Agrega que el gobierno debe responder a la inseguridad cotidiana con protección de las víctimas, prevención y mejor capacidad para esclarecer delitos. “La eficacia debe medirse por la reducción de la violencia y del poder de las organizaciones criminales, con metas públicas y resultados verificables. Lula necesitará combinar medidas inmediatas con una estrategia sostenida, porque el problema no se resolverá dentro del calendario de una campaña electoral”, indica.
Tucci dice que la lucha contra el crimen organizado es uno de los asuntos que podrían ser determinantes para la estabilidad política del próximo gobierno.
Explica que la inseguridad tuvo un peso importante en la campaña de Bolsonaro, quien consiguió conectar con sectores del electorado preocupados por la expansión de la delincuencia y las organizaciones criminales.
El analista sostiene que una respuesta eficaz frente a este problema podría ayudar a Lula a recuperar parte del respaldo de los votantes moderados y, al mismo tiempo, reducir la polarización.
Sin embargo, advierte que una estrategia basada exclusivamente en el uso de la fuerza sería insuficiente. Cree quedeberá fortalecer los servicios de inteligencia policial y combinar acciones de prevención, investigación y represión del delito, según las circunstancias.
La crisis fiscal es el problema económico más urgente. Brasil gasta más de lo que recauda, su deuda pública supera el 80% del PBI y mantiene elevadas tasas de interés. Lula deberá aplicar ajustes potencialmente impopulares, sin comprometer sus programas sociales ni enfrentarse a una crisis económica.
En política exterior, Tucci anticipa una relación complicada entre Lula y Donald Trump, debido a las diferencias políticas entre ambos, al respaldo que Washington ha expresado hacia el bolsonarismo y a la imposición de aranceles.
Recuerda que Trump cuestionó las acciones judiciales contra Jair Bolsonaro y ejerció presiones sobre las instituciones brasileñas. Asimismo, señala que durante la reciente campaña presidencial hubo expresiones favorables hacia Flávio Bolsonaro, aunque sin un respaldo electoral oficial.
“Trump y Lula no combinan”, afirma el analista al describir las dificultades que podrían surgir entre ambos gobiernos.
Frente a este escenario, considera que Lula deberá adoptar una política exterior basada en lo que denominó una “autonomía pragmática”, que le permita preservar los intereses nacionales sin profundizar innecesariamente los enfrentamientos con Washington.
Explica que esa estrategia debería concentrarse en la defensa de la soberanía comercial y judicial de Brasil, especialmente ante las presiones estadounidenses y los aranceles impuestos a los productos brasileños.
También recomienda continuar diversificando las relaciones económicas y diplomáticas del país, aprovechando espacios multilaterales como los BRICS.
Santana indica que Brasil necesita combinar firmeza en la defensa de su soberanía con una negociación pragmática. Agrega que las conversaciones entre Washington y Brasilia sobre las tarifas muestran que existen canales diplomáticos incluso en un contexto de tensiones políticas.
“Lula debería buscar acuerdos concretos para reducir las barreras comerciales, movilizando a la diplomacia, los equipos técnicos y los sectores empresariales afectados. Al mismo tiempo, diversificar mercados y fortalecer vínculos con América Latina, Europa, Asia y África puede ampliar la capacidad negociadora brasileña. Esa diversificación debe evitar que una dependencia sea simplemente sustituida por otra”, propone.
La politóloga remarca que en una región con gobiernos de distintas orientaciones, Brasil tendrá que organizar la cooperación alrededor de intereses compartidos, como infraestructura, comercio y combate al crimen transnacional. “La autonomía se preserva aumentando las opciones del país y negociando desde ellas. La relación personal entre presidentes puede ayudar, pero debe apoyarse en canales institucionales estables”, enfatiza.


