Vivimos obsesionados con no envejecer. Cremas antiarrugas, suplementos ‘antiaging’, tratamientos, ‘biohacking’ y cuanto consejo aparezca prometiendo mantenernos jóvenes eternamente. Pero hay una noticia: envejecer va a pasar. Y, en realidad, qué suerte que ocurra.
La conversación interesante no debería ser cómo evitar el envejecimiento, sino cómo queremos llegar a esos años. Ahí entra la longevidad. Porque longevidad no significa simplemente vivir hasta los 90 o 100 años. Significa intentar que la mayor cantidad posible de esos años transcurran con salud, autonomía, energía y capacidad para seguir haciendo las cosas que disfrutamos.
En ciencia se habla cada vez más de ‘healthspan’ —los años que vivimos con buena salud— en contraste con ‘lifespan’ —que simplemente describe cuántos años vivimos—. Porque llegar a los 95 suena maravilloso, pero la verdadera pregunta es: ¿cómo queremos llegar? Y aquí viene quizás la parte menos sexy de la longevidad: no existe un alimento, suplemento o rutina mágica que la garantice. La mayor parte de lo que podemos hacer hoy sigue estando en hábitos bastante básicos. Sí, esos que probablemente ya conoces, pero que a veces ignoramos buscando algo más sofisticado.
El primero es la alimentación. Una dieta orientada a la longevidad no necesita llamarse ‘antiaging’. Necesita aportar suficientes nutrientes. Verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos, pescado, grasas saludables y proteínas de calidad deberían aparecer con frecuencia. La fibra ayuda a cuidar la microbiota y la salud metabólica; las proteínas contribuyen a preservar el músculo; y los alimentos vegetales aportan vitaminas, minerales y compuestos como los polifenoles.
Y hablando de músculo: llegar fuerte importa. Con los años perdemos progresivamente masa muscular si no hacemos nada para conservarla. Por eso caminar es maravilloso, pero no suficiente. El entrenamiento de fuerza debería formar parte de cualquier estrategia de longevidad. Tener músculo favorece la sensibilidad a la insulina, protege los huesos y, sobre todo, ayuda a conservar algo que con los años se vuelve invaluable: independencia.
Después está el sueño. Dormir no es tiempo perdido. Durante la noche regulamos hormonas, consolidamos memoria, recuperamos tejidos y apoyamos funciones metabólicas e inmunológicas. Puedes comer perfecto y entrenar cinco veces por semana, pero si duermes cinco horas y vives agotado, falta una pieza importante del rompecabezas.
También necesitamos cuidar la salud metabólica antes de que aparezca una enfermedad. Presión arterial, glucosa, colesterol, composición corporal y controles médicos periódicos nos permiten detectar cambios temprano. Prevenir también es longevidad. Y aquí los chequeos anuales con biomarcadores son una pieza clave porque lo que no se puede medir no se puede mejorar. Finalmente, está algo que ninguna cápsula puede reemplazar: las relaciones, el propósito y la conexión. Mantener vínculos sociales, seguir aprendiendo, tener proyectos y sentir que nuestra vida tiene sentido también forman parte de un envejecimiento saludable.
Quizás necesitamos dejar de pensar en la longevidad como algo que resolveremos cuando seamos mayores. La salud de los 70 se empieza a construir mucho antes. Come para nutrirte. Entrena para conservar músculo. Duerme para recuperarte. Muévete todos los días. Haz tus chequeos. Cuida a tu gente y encuentra cosas que te den ganas de levantarte por la mañana. Porque vivir más puede ser el objetivo. Pero tener un cuerpo y una mente que te permitan disfrutar esos años es el verdadero logro.
