Se ha dicho, como si fuera un demérito, que Horacio Melgarejo recién se convirtió en entrenador de un club a los 53 años. Eso no es verdad. Ya en el 2013, se hizo cargo del Tomelloso, un cuadro de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha que desapareció dos años después. Luego dirigió al también español Atlético Baleares de la segunda división B y tras años de navegar en el cuasi anonimato, acompañó a Ángel Comizzo en su regreso a Universitario en el 2021. Con Grau y Cienciano volvió a ser técnico principal. Experiencia, pues, tenía, aunque no sirvió de mucho. Pese a que con los cusqueños estuvo a un pasito de hacer historia, han sido sus exabruptos más que sus éxitos deportivos los que le han dado relevancia mediática.
Las actitudes de Melgarejo le hacen daño al fútbol peruano. Sus gestos fuera de lugar hacia la tribuna, después de ser expulsado en el encuentro entre el ‘Papá’ y Alianza Lima, fueron una clara incitación a la violencia que, afortunadamente, no derivaron en una tragedia. Llamarlo ‘folclor’, como algunos han querido disfrazarlo, es ponerse una venda sobre los ojos. Además, usó como instrumento a Universitario sin tener ningún vínculo con esa institución, lo que constituyó una falta de respeto a Cienciano, el club que lo alberga como profesional y le paga su sueldo.
No fue el único que metió las cuatro en los últimos días. En el ránking de disparates muy cerquita quedó Pablo Guede, protagonista de un penoso altercado con Hernán Barcos en el Alianza-Cristal; Javier Rabanal, quien respondió groseramente a una pregunta poco feliz de un periodista cusqueño, y los Navarro, que a punto estuvieron de irse encima de Melgarejo muy molestos por sus desatinos.
Quienes hicimos periodismo deportivo en la década del 90 tenemos vivo el recuerdo de los altos niveles de violencia que se vivieron por esos años. Las barras bravas hacían lo que querían en estadios y calles, las dirigencias -con Alfredo González a la cabeza- intercambiaban agravios y vilezas, con el eco cómplice de un sector de la prensa. Fueron tiempos virulentos y desgastantes, acicateados por los fracasos que acompañaron a la selección.
Quiero creer que nadie desea que esa historia se repita. Por eso es necesario parar en seco estos arrebatos y evitar que la situación se descamine. La tarea no es solo de las dirigencias, a través de sus comisiones disciplinarias, o de los clubes a partir de su responsabilidad con la sociedad. El periodismo también tiene mucho que ver.
En los últimos años, el chacoteo -a veces aniñado- ha derivado en violencia verbal, en nombre de una supuesta frontalidad, como si el castellano no fuera lo suficientemente amplio y variado para decir las cosas. “Hay que hacer show”, dicen aquellos que enarbolan la bandera del ‘brutality’, un subgénero que en lugar de hacer reír, debería solo darnos vergüenza.
Si quienes tenemos por función comunicar no hacemos también un mea culpa, las consecuencias pueden ser nefastas. Porque quizás, cuando queramos desandar el camino, ya sea demasiado tarde.
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