Desde niña, cuando vivía en una ciudad de la selva peruana, rodeada de aviones que iban y venían y de la severidad de un padre que muchas veces le cortaba las alas, Sonia Oquendo encontraba un refugio en los libros de Agatha Christie. Los leía y releía y se imaginaba ella misma como Hércules Poirot, el gran detective de bigotes ideados por la escritora británica. “Siempre me he sentido así, siento que soy muy observadora, muy reflexiva y analítica. Siempre trato de anticiparme a lo que va a ocurrir”, dice ahora, sentada en una de las butacas del teatro del Centro Cultural de la Universidad de Lima. Estamos aquí porque Oquendo —primera actriz peruana, auténtica leyenda de la televisión nacional— confiesa que está a punto de cerrar un círculo. Va a interpretar, por primera vez, a un personaje salido de las páginas de Agatha Christie. Desde que le propusieron el papel de la princesa en la próxima obra, “Asesinato en el Expreso Oriente”, apenas ha podido contener su emoción. Era, dice, lo que siempre había querido.
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Esta no es la única felicidad en su vida por estos días. Sonia acaba de celebrar 50 años de matrimonio con el muy querido presentador de televisión Luis Ángel Pinasco, con quien forma una de las parejas más estables nacidas dentro de la pequeña pantalla. ‘Rulito’ y Sonia, dos instituciones, festejan sus bodas de oro de manera sencilla, rodeados de sus seres queridos, con una salida a un espectáculo musical. A Sonia le parece que fue ayer cuando ambos eran aún jovencitos y compartían canal y la conducción de un noticiero de América Televisión, todo bajo la enorme presión de una prensa y un público empeñados en emparejar a dos personajes que emanaban tanta química.
Pero la historia no fue sencilla. Para Pinasco, llegar al corazón de Oquendo significó una maratón, una carrera de largo aliento. Pasarían siete años hasta que ella dejó de verlo como un amigo y empezó a sentirlo como algo más. Sonia insiste en que el secreto de su longevo matrimonio no ha sido la pasión, sino un pacto de independencia trazado desde el mismo principio. “Yo le dije a Luis Ángel cuando empezamos: nosotros vamos a ir de la mano hacia adelante, pero cada uno en lo suyo. Hay una línea: tú no puedes pasar a mi lado, yo no puedo pasar al tuyo”. Y así ha sido siempre. Esa voluntad de independencia se entiende mejor cuando Sonia empieza a contar su historia.
Decíamos que Sonia creció entre aviones en la selva de Tingo María porque su padre, gerente de ventas de la aerolínea Faucett, fue trasladado ahí para instalar las oficinas de la compañía. En esos años, su normalidad transcurría entre pistas de aterrizaje y parrilladas de fin de semana al costado de los aviones. Los fines de semana se subía a las aeronaves vacías con sus amigos y jugaba con los controles de los bimotores, sin saber que aquel juego terminaría marcando, de alguna manera, su deseo de conocer el mundo y perderse en él. Ese gusto no se le ha ido: uno de sus mayores placeres sigue siendo armar las maletas y partir, muchas veces sola, fiel a una autonomía que ha defendido toda su vida. Así ha recorrido medio mundo, desde los desiertos más áridos hasta el mismo Polo Norte, al que llegó bien protegida del frío, solo para contemplar la aurora boreal.
Paradójicamente, fue ese mismo padre ligado a la aviación quien más intentó impedir que su hija volara por su cuenta. Eran otros tiempos y otras formas de entender la autoridad. Sonia sentía que quería escapar. Cuando se hizo aeromoza y soñaba con llegar a Europa, su padre se lo prohibía. “Tú solo haces vuelos nacionales y te vienes a dormir a la casa”, le decía. Otro choque que recuerda fue el día en que unos organizadores del concurso Miss Perú llegaron hasta su casa a buscarla. Ella no se había postulado, pero al parecer su belleza ya era legendaria en algunas playas de la ciudad. “Alguien me había sacado fotos ahí sin saberlo, así que las vieron y vinieron para invitarme. La verdad, no sé cómo consiguieron mi dirección pero me acuerdo mucho de que mi papá los botó. No quería saber nada de eso. Ese fue el año que ganó Frieda Holler”, recuerda.
Esa sensación de vivir bajo un manto autoritario que le recortaba cualquier posibilidad de realización personal la acompañó hasta los veinte años, cuando un enamorado publicista empezó a insistirle en que tenía condiciones para el espectáculo. Sonia entendió que, dadas las cartas que le habían tocado, la mejor manera de cortar las riendas y conquistar su libertad era casándose. “Yo desde niña quería actuar. De joven sentía que quería comerme el mundo”. Cuando finalmente se armó de valor y participó en un concurso de América TV para elegir a una modelo, terminó imponiéndose. Así empezó, con pequeñas apariciones, hasta que meses después el gerente de producción la llamó a su oficina. “Este programa no es para ti”, le dijo, antes de soltarle la verdadera noticia: “Tú vas a ser la primera mujer que lea noticias en este país”. Y así fue.
Se quedó cerca de doce años frente a las cámaras, leyendo noticias, aunque aquello significó postergar lo que realmente quería hacer. Sonia se había preparado para actuar, había tomado clases de dicción, pero las oportunidades no llegaban. “Me acuerdo mucho del día que vino Osvaldo Cattone a buscarme para ofrecerme un papel en una de sus obras. Yo me quería desmayar solo de verlo y escucharlo ahí”. Estaban las ganas, pero sus largos horarios en el noticiero resultaron una valla insalvable. “Yo no puedo levantar el telón si mis actores no están a las 7:30 de la noche”, le explicó Cattone. Con eso se esfumaba, por entonces, uno de sus grandes sueños. Antes de despedirse, sin embargo, el hombre de teatro le dejó una promesa: “Ya llegará el día”.
El primer matrimonio de Sonia no duró mucho. De esos tres años le quedó la alegría de su primera hija y una pena que lloró durante un fin de semana entero. “Ese fue mi duelo: me encerré a comer galletas con gaseosa, y lloré y lloré. Pero el lunes dije: hoy soy una Sonia nueva, aquí aparece una nueva mujer”, recuerda, en una actitud que asocia a su signo zodiacal —Capricornio, dice, siempre tira para adelante—. Esa misma determinación marcó los siguientes proyectos de su vida: dejó las noticias para dedicarse a la actuación, condujo programas como el recordado “Triki Trak”, armó junto a ‘Rulito’ espectáculos de café teatro tan exitosos que llegaban a provincias, incursionó en telenovelas, viajó, se endeudó y finalmente compró el terreno donde hoy se levanta su casa. Una casa que, admite, ahora le queda un poco grande porque sus hijas ya no viven ahí. “Pero Luis Ángel no quiere irse. Dice: ‘De acá no me muevo, este es mi palacio’. Y hay que respetarlo”, añade Sonia.
La historia de Sonia Oquendo se cierra con un detalle de “Asesinato en el Expreso Oriente”. Por una confusión, se preparó a fondo para un personaje que finalmente no era el suyo. Hasta aprendió a hablar con acento húngaro. Pero cuando descubrió que su papel era otro, no se deprimió. Solo lo asumió. No hubo tiempo para el pánico, solo para adaptarse una vez más a un nuevo escenario, como ha hecho en las tablas y en la vida. “La verdad, no siento que lo que hago sea un trabajo. Es un placer. Es mi diversión”. Y sobre su antiguo anhelo de comerse el mundo no puede ser más categórica: “Creo que me lo he comido. Ahora siento que me faltan los postres”. //
