“El Niño estaría en franca retirada”, anunciaba el diario “El Tiempo” de Piura el 24 de marzo de 1998, pese a que el sol atacaba con fuerza y las lluvias dejaban los caminos anegados. Dos semanas más tarde, Alianza Atlético recibía a Universitario en el estadio Miguel Grau y el sol terco se inmiscuía hasta en los pliegues más pudorosos de los hinchas que desafiaron el barro seco de las calles. Los periodistas que estuvimos ahí descubrimos un campo inesperadamente en buen estado. Solo detrás de uno de los arcos la devastación había dejado su huella: los túneles que conducían a los vestuarios estaban inundados. El Niño quería quedarse a vivir en Piura.
Aquella vez, las inclemencias climatológicas dejaron más de 350 muertos, unos 500 mil damnificados, 3,500 millones de dólares en pérdidas y una laguna nacida en pleno desierto bautizada como La Niña.
El Niño actual, ese que ya sofoca nuestras noches, dicen en que será lo más parecido al infierno. Algunas autoridades lo comparan con el que azotó el país en 1877-1878, destruyó la ciudad de Zaña y dejó seco al sur. Los dramáticos episodios del 2017 durante El Niño costero, cuando el Huaycoloro aterrorizó Lima y una mujer bañada en barro sobrevivió a un huaico en Punta Hermosa, parecerán minucias frente a lo que viviremos en verano.
El 2027 nuestro país organizará el evento deportivo más importante de su historia: la XX edición de los Juegos Panamericanos. La responsabilidad de superar la cima de excelencia alcanzada en Lima 2019 obliga a extremar precauciones. ¿Corre peligro? Fuentes cercanas al evento no lo creen porque para julio, cuando se tiene prevista su inauguración, se espera que lo peor haya pasado.
El verdadero riesgo lo afrontará nuestra mal querida Liga 1, cuya primera fecha se jugaría en la última semana de enero, en pleno pico del horror.
Por lo pronto, afirman desde la organización, ya representantes de la comisión de infraestructura recorren diversos estadios para encontrar alternativas, en caso los de Piura o Cajamarca no puedan ser utilizados. Chimbote es una de ellas. Los ‘cooling breaks’, que en el torneo actual se usan en función al buen criterio del árbitro de turno, asoman como obligatorios. El Senamhi estima que la temperatura podría llegar a 40 grados en la costa norte y a 36 en Lima (con sensación térmica de 38). Ojalá prime la cordura y no aparezca un genio desalmado tratando de buscar ventajas deportivas.
Por lo pronto, para que el suelo esté parejo y no surjan sorpresas, se debería proscribir las programaciones en horarios malsanos -como las 11 a.m. o la 1 p.m.- y jugar en lo posible de noche. Asimismo, garantizar que haya agua en todos los estadios -no solo en los camarines, a ver si por fin se acuerdan de los sufridos hinchas- y se permita el ingreso con gorros y lentes oscuros. Finalmente, la posibilidad de aeropuertos y carreteras cerrados por huaicos o lluvias intensas debería abrir las puertas a un fixture flexible en la Liga 1, adecuado a la gravedad de las circunstancias.
Lo que se viene superará cualquier expectativa. El país no está para juegos.


