El avance exponencial de la IA está materializando el giro más radical de la historia del trabajo. En lo que va del año, más de 123.000 puestos fueron recortados por la automatización en EE.UU., donde la IA ya es el principal argumento detrás de los despidos corporativos. A diferencia de ciclos anteriores, esta tendencia no cederá: el FMI estima que al menos el 40% de los empleos globales están significativamente expuestos a la IA. Pero existe otra obsolescencia de la que no se habla y que podría comprometer la viabilidad misma de la economía peruana. Si la IA puede dejar obsoletos a ciertos trabajadores, ¿también podría dejar obsoletos a los países?
Nuestra matriz económica es primario-exportadora: el cobre, el oro y el agro no tradicional son los pilares que sostienen las divisas y el empleo de millones de peruanos. Nuestra ventaja comparativa ha sido siempre el territorio y lo que su geología y sus diversos climas hicieron posible. Sin embargo, la IA ha empezado a hacerlos prescindibles. En ingeniería de semillas, por ejemplo, plataformas como SEEDesign de Inari Agriculture ya combinan IA con edición genómica para diseñar cultivos con rendimientos equivalentes usando 40% menos de agua, en climas distintos a los de origen.
En ciencia de materiales, el proyecto GNoME de DeepMind identificó 2,2 millones de nuevos cristales, entre ellos conductores que podrían igualar o superar al cobre. Northwestern e IBM ya identificaron con IA compuestos capaces de reemplazarlo en nanocircuitos. Si el Perú fuera un trabajador, ¿estaría listo para añadir nuevas competencias a su currículum? Mejor discutirlo antes de que el futuro nos sorprenda en la orilla más precaria de una brecha insalvable.
