En agosto de 1991, un niño de dos años de Pichanaqui, en Junín, perdió para siempre el movimiento de las piernas. Se llamaba Luis Fermín Tenorio Cortez. Su centro de salud había sufrido daños por el conflicto de aquellos años y no pudo completar su vacunación. Fue el último caso de poliomielitis por virus salvaje en las Américas.
Tres años después, la región fue certificada libre de polio. La enfermedad que antes dejaba a miles de niños paralizados cada año desapareció de la experiencia cotidiana. Esa desaparición es el mayor éxito de la salud pública. También, paradójicamente, es el origen de otro problema.
El precio de lo invisible
Una enfermedad que no se ve deja de preocupar. Una generación creció sin conocer el sarampión, la polio ni la difteria, y sin la urgencia que esas enfermedades imponían. La vacunación funcionó tan bien que quitó la razón visible para sostenerla en el imaginario popular.
Los datos de hoy muestran el costo. Al corte del 21 de octubre, el Perú acumula 2,707 casos de sarampión en 22 regiones y el Callao, y el CDC ya reporta transmisión comunitaria. Ninguna vacuna del esquema regular llega a la meta de 95 % y solo 48 % de los niños tiene la segunda dosis contra el sarampión.
En este caso, al menos, no se trata de rechazo, sino de un esquema que se empieza y no se termina. Las razones han cambiado, en 1991 fue un centro de salud dañado; hoy, son las dosis pendientes. Sin embargo, el mecanismo es el mismo; la protección se desgasta cuando nadie la sostiene.
El dengue muestra el mismo riesgo desde otro lado. El CDC alertó que El Niño 2026-2027 podría impulsar una segunda ola; en lo que va del año hay 82,554 casos y 91 fallecidos, 153 % más casos y 78 % más muertes que en el mismo periodo de 2025. Aquí la primera defensa es la menos vistosa (eliminar criaderos y controlar el vector); la vacuna complementa esas medidas en la población que defina el MINSA, pero no las reemplaza.
Lo que une ambos casos es lo mismo: lo que no se ve no se prioriza, y lo que no se prioriza no se presupuesta, no se mide y no se corrige a tiempo.
Quién sostiene lo que no se ve
La polio tampoco es solo historia. En 2023, un bebé de un año en Loreto obligó a emitir una alerta epidemiológica; sus tutores habían postergado la vacunación. Casi treinta y dos años después del caso de Fermín, el escenario de fondo era el mismo, un niño sin vacunar y un sistema que llegó tarde.
Sostener lo que no se ve no es tarea de un solo ministerio. Al Estado en su conjunto, con gobiernos regionales y municipalidades, le toca acercar la vacunación a la población; a colegios, universidades, iglesias, empleadores y medios, llegar a quienes el sistema de salud no siempre alcanza. Además es deber de cada persona, revisar su carné y el de su familia y conversar con quienes dudan desde la información y no desde el reproche.
Fermín es el nombre con el que se cerró un capítulo de nuestra historia sanitaria. Depende de nosotros que no sea el nombre de un capítulo que olvidamos. Revisar el carné de vacunación y acudir al establecimiento de salud para completar lo que falte es lo mínimo que le debemos a esa memoria.


