Recientemente el Sr. Rafael Santos citó en redes un estudio de 2025 para intentar justificar su afirmación de que quienes viven en los Andes rinden peor cognitivamente. La fuente sí existe; apareció en High Altitude Medicine & Biology, el problema es que el tuit y el artículo cuentan historias bastante distintas.
Empecemos por lo básico. El mensaje habla de personas que viven “a más de 2,000 metros”, pero los 48 participantes del estudio residían en Cerro de Pasco, a unos 4,340. La diferencia importa, porque los efectos de la hipoxemia crecen con la altura y nada en el estudio autoriza a extrapolarlos hacia abajo. Tampoco se trata de “los andinos” en general, son residentes de toda la vida de una sola ciudad, reclutados con volantes y de boca en boca. Los propios autores lo describen como un estudio piloto.
Por otro lado, el estudio no puso a los pasqueños frente a poblaciones de menor altitud. Miró la variación dentro del mismo grupo y encontró que quienes pasaban más tiempo con baja saturación de oxígeno durante el sueño, o tenían un hematocrito más alto, respondían con mayor lentitud en algunas pruebas. Esa es una diferencia entre individuos, no entre poblaciones, y cambia por completo lo que se puede decir.
Donde el tuit se aleja más del paper es en la toma de riesgos. Afirma un peor desempeño, pero la prueba utilizada, la BART, consiste en inflar un globo virtual; cada bombeo suma puntos y cada bombeo aumenta la probabilidad de que reviente. Los autores analizaron cuánto acumulaban los participantes y no encontraron relación alguna con la hipoxemia nocturna.
Lo que sí se alargó fue el tiempo de reacción. Tardar más en responder puede ser clínicamente relevante, pero no equivale a haber tomado peores decisiones. En esta prueba, de hecho, la hipoxemia no se relacionó con la cantidad de recompensa obtenida.
Correlación y causalidad
Además, queda la cuestión de la causalidad. El diseño es observacional, una fotografía en un momento dado, y una fotografía muestra que dos cosas aparecen juntas, no que una produzca la otra.
Tampoco conviene confundir estas variables con una enfermedad. La hipoxemia nocturna es una medida de cuánto cae la saturación de oxígeno durante el sueño, mientras que el hematocrito indica qué proporción de la sangre está ocupada por glóbulos rojos. En la muestra, solo una minoría cumplía los criterios utilizados para eritrocitosis excesiva o síndrome de montaña crónico. No estamos, por tanto, ante una población formada por personas con una misma condición médica.
El valor del estudio está en otro lado. Si la hipoxemia durante el sueño se relaciona con respuestas más lentas, estamos ante un problema de salud que merece ser medido y atendido en las zonas de altura. Lo que el trabajo plantea es una tarea para el sistema de salud, no un ranking de capacidades.
Para ser justos, existen experimentos de laboratorio donde personas de nivel del mar, expuestas brevemente a hipoxia leve, tienden a asumir más riesgo. Pero eso describe a gente no aclimatada sometida a una exposición aguda, que poco se parece a quien lleva generaciones viviendo en altura. Mezclar ambos escenarios sería cometer el mismo error en sentido contrario.
Convertir una asociación preliminar en un veredicto sobre millones de peruanos es usar el nombre de la ciencia sin haber pasado de la primera línea.


