Hoy resulta habitual que los pasajeros de un vuelo comercial puedan conectarse a internet a miles de metros de altura. Sin embargo, conseguir que la señal inalámbrica funcione dentro de una aeronave representa un desafío mucho más complicado de lo que parece. La presencia de decenas o cientos de personas modifica la manera en que las ondas electromagnéticas se desplazan por la cabina, lo que puede generar diferencias en la calidad de la conexión según la ubicación de los asientos. Para estudiar este fenómeno sin depender de voluntarios durante largas jornadas, los ingenieros de Boeing idearon en 2012 un método tan extraño como ingenioso: utilizar miles de kilos de papas para simular a los pasajeros y comprobar cómo se comportaba la red en condiciones similares a las de un vuelo real.
¿Por qué los pasajeros pueden afectar la señal de internet?
Aunque muchas personas lo desconocen, los cuerpos humanos influyen en la propagación de las ondas electromagnéticas. Esto ocurre porque contienen una elevada proporción de agua, capaz de interactuar con la energía de las señales inalámbricas. En una cabina repleta, esta característica puede alterar la distribución de la cobertura y provocar que algunas zonas reciban una conexión más débil que otras.
El problema no termina con los pasajeros sentados. Según explicó el ingeniero Dennis Lewis en una entrevista con WIRED, incluso el movimiento de los carritos de servicio puede modificar la distribución de la señal dentro del avión. Por ello, los especialistas necesitaban estudiar el comportamiento de la conectividad en un entorno que reprodujera las condiciones habituales de una aeronave ocupada, pero sin depender de las variables impredecibles de un grupo de personas.
La extraña idea que llevó toneladas de papas a un avión
Realizar las pruebas con pasajeros reales suponía una operación complicada: había que reunir voluntarios, mantenerlos en sus asientos durante horas y repetir los ensayos para detectar los puntos donde la señal presentaba dificultades. Frente a este escenario, los investigadores buscaron un material que tuviera propiedades físicas semejantes a las del cuerpo humano y permitiera realizar mediciones controladas.
La respuesta apareció en un alimento cotidiano. Debido a su elevado contenido de agua y a sus propiedades dieléctricas, las papas podían absorber y reflejar las ondas electromagnéticas de una forma útil para simular la presencia humana. Así, Boeing decidió probar una alternativa poco convencional que permitiría estudiar la distribución de la señal sin llenar el avión de voluntarios. La ocurrencia podía parecer una broma, pero detrás había un objetivo científico concreto: reproducir las condiciones de una cabina ocupada de manera más práctica.
9.072 kilos de papas para poner a prueba el wifi
El experimento se llevó a cabo en una aeronave retirada del servicio, cuyos asientos fueron ocupados por sacos de papas. En total, Boeing utilizó unas 20.000 libras de este alimento, equivalentes a aproximadamente 9.072 kilos. Con esta peculiar carga a bordo, los ingenieros pudieron realizar mediciones durante periodos prolongados y analizar cómo se distribuían las señales inalámbricas en distintas partes del avión.
El proyecto recibió el nombre de SPUDS, siglas en inglés de Synthetic Personnel Using Dielectric Substitution, una denominación que hace referencia al uso de materiales sustitutos para simular personas y que juega con la palabra inglesa spuds, empleada coloquialmente para hablar de las papas. Los resultados obtenidos mediante este método se contrastaron posteriormente con mediciones realizadas con personas reales, a fin de comprobar si la simulación ofrecía datos suficientemente fiables para el trabajo de ingeniería.
De más de dos semanas a solo diez horas
La principal ventaja del procedimiento fue la reducción del tiempo necesario para completar las pruebas. En diciembre de 2012, Boeing informó que su metodología permitía realizar en aproximadamente diez horas ensayos que antes podían requerir más de dos semanas. La posibilidad de repetir las mediciones bajo condiciones controladas facilitó la identificación de sectores con cobertura deficiente y el análisis de posibles ajustes en los sistemas de conectividad.
Este método no significaba que las papas, por sí solas, mejoraran la conexión a internet de los aviones. Su función era servir como herramienta de simulación para que los especialistas pudieran estudiar el comportamiento de las ondas y perfeccionar sus diseños antes de aplicarlos en condiciones reales. Todo ello debía hacerse respetando los requisitos de seguridad aeronáutica, incluidos aquellos destinados a evitar interferencias con los equipos electrónicos esenciales de la aeronave.
La experiencia dejó una de las anécdotas más curiosas de la ingeniería aeronáutica moderna. Lo que comenzó como una dificultad técnica relacionada con la presencia de pasajeros terminó convirtiéndose en una prueba con miles de kilos de alimento y un nombre tan peculiar como su ejecución. Detrás de la imagen de un avión cargado de papas había un trabajo meticuloso de medición, análisis y comprobación. Una idea poco habitual que ayudó a simplificar las pruebas de conectividad y demostró que, en ocasiones, resolver un problema tecnológico exige mirar más allá de las soluciones convencionales.


